viernes, 13 de diciembre de 2013

Una invitación más

Pensamos en nostálgicos, en perdidos y en solitarios cuando en la vida —tal vez en un momento caminando, o en una fila interminable o en un trancón insoportable— nos preguntamos sobre aquellas personas que tienen el tiempo suficiente para "resolver el mundo". Son aquellos incansables artistas que para nosotros se convierten en gente aparte de esta existencia, son verdaderos incunables en un montón de libros abiertos, de novelas ya contadas y repasadas por gurús auto-ayudantes. Pero no quiero pensar en ellos,  no quiero imaginar que existen miradas, que por darse perdidas ser encuentran alejadas de la normalidad del mundo que construimos, me niego a entender que puedan existir personas que por amor a la vida, a la belleza y a la estética, puedan desligarse del mundo para encontrarlo fuera de lo que somos. Por eso vivo mejor en una conversación nivolesca de aquellas que no se dan con las personas, sino que se entretienen con las ideas, con la belleza de los sinónimos, con las disputas de los antagonismos, con la música de los hiatos; invito por este medio entonces a mirar al conocimiento como una forma más allá de la pesadez de los argumentos—aquellos que se inventan para distraer a las personas que quieren acceder a éstos, como rompecabezas indefendibles para aquellos que llegan con la estética intacta de la vida, del nacimiento, de saber que existe la realidad más allá de ellos mismos—más allá de los gritos cuando éstos no existen—inentendible forma humana de defensa (Yo siempre me pregunto, ¿defensa a qué? si aquel que más sabe no es más que por gracia de entender lo que en confianza mutua se crea anteriormente) ante la imposibilidad de entenderse a uno mismo—.
Si, invito a todos a que miren a la vida como una estética, como una forma de dibujar lo que se quiere, lo que por mucho tiempo se ha pensado y por último, lo que deseamos. Mi insistencia es la  de entender que el conocimiento no es nostálgico, no hace perder de la vida a aquellos que tanto se hunden en percibirla, es saber que la vida se puede dibujar, es inclusiva con los demás—no en uno—, con todos aquellos que son lo suficientemente descarados para mirarle el ombligo a la luna, de entender que existen miradas para las cuales no existen discrepancias, y de saber que una vida sana es conversación, es creación de lo que existe pero no es entendible.

jueves, 5 de diciembre de 2013

¿En qué piensas entonces?

Si alzo la vista no veo nada aparte de colores superpuestos, manchas blancas, terrenos azules y caminantes vestidos de sombreros amarillos, que caminan sin descanso entre el desierto sin oasis y sin direcciones estelares. Hago este ejercicio constantemente, esperando a que un día el reposo llegue para el vaquero incesante, que se quite el sombrero y empiece a ver a la distancia como las fogatas se extienden en el camino, entre lagunas de sombras de distancias. Cuando veo esto, espero pacientemente a que empiece a contar sus historias, a veces se demora horas, esperando a que los otros hayan terminado de contar las suyas, sin afán de empezar a inventar, sino con ansias de sentarse a recordar los eventos que pasan a sus pies, entre pasos del tiempo que el desierto refleja tan intensamente.
Es entonces en ese momento —cuando el frío más penetrante de la noche hace su llegada a la instancia rodeada de fuegos perpetuos y distantes— cuando el silencio se hace más estático y los cigarrillos (en el reflejo del desierto) se hacen más abundantes, que el vagabundo cuenta sus historias. Habla de "pillajes", de robos, de besos indeseados, de pérdidas sin retorno; cuenta historias de hombres más perdidos que él —ya que según él, él tiene un destino, un camino que llega cada día de su vida, que se extiende ante sí. Sin demora. Sin prisa—define perdidos a aquellos que con luz se pierden en la vida, que escogen vivir sin extenderse más allá de sí mismos, están perdidos en sus sombras y se ven a sí mismos constantemente tratando de aprobarse, de sentirse bien aún cuando la noche que se acerca los envuelve en una niebla; aquellos que sin ser alguien piensan ser otro más, una marioneta pobre de una intención sin fábula, sin objetivo más allá de crear la sombra que van a ver a la distancia de sus pies.
Escucho atentamente, sintiendo el frío tan particular de esta ciudad tan interminable como sus historias, es por eso que cada momento que reposa el caminante, yo me siento. Pienso en mis historias, y creo que estar perdido invoca algo más que no saber. El camino que uno invoca ante sí en los momentos de desespero más intensos, puede llegar a desencadenar dragones, que nacen de las montañas que al Oriente reposan. El camino —como la verdad en la vida y la felicidad en los ojos de quienes esperamos, me dijo el caminante mientras limpiaba su sombrero—lo elige uno, y es reflejado entre las emociones de perseverancia y persistencia que existen en la visión del camino —al ir diciendo estas palabras, el caminante se va con su caballo, va a su destino, me dice mientras me levanta la mano y siento que el calor despunta—, mientras uno va con las ganas de seguir adelante. Estar perdido no es no mirar el camino, es saber que se está en un camino distinto.

martes, 26 de noviembre de 2013

Ahora sí, escribe

Las palabras no duelen. No solo sientes que te crean tu vida, o que te la destrozan en dos sílabas. No,  me duele es sentir que existan palabras que existen porque sí; porque no encuentran un lugar donde más meterse en la vida, para ellas no existen grietas ni caminos, no existen miradas que invitan a que vengan.
No hablo de las mentiras, de esas palabras que llenas de sentido se destruyen por la obstinación de querer pretender que existe más de un mundo. Aquellos que crean con los sueños perdidos, caminando entre vagas realidades, aquellas que se parecen a los caminos que se rompen con pisadas suaves en sus peldaños de cera; con el susurro suave y solitario de la sombra sumida en la esquina de sus vidas; o con el perfumado canto de una verdad que llega en la brizna de las miradas exactas.
Hablo de palabras que no muestran la vida , ni se dirigen hacia el final de ella. No son simples sílabas escalonadas, o como formidables discursos inalcanzables, o sobre todo como letras compasadas en cuadros semánticos. Hablo de las onomatopeyas del sin sabor, de un limbo inalcanzable entre lo que es  y lo que no es.  Son expresiones que están dentro de lo que no está. Es por eso que no duelen. Es porque no existen.

martes, 19 de noviembre de 2013

Sobremesa

-Tómame la mano- dije mientras lo hacía. No necesitaba pedir permiso, pero igual lo dije, por pena tal vez, o cortesía, puede ser.
-Claro-me respondió. No necesitaba confirmación, ya lo había hecho.
En la cuadra que caminábamos no había porterías, en la esquina se percibía a medias lo que yo creía era un parque. La luz no me permitía ver con claridad. Los andenes eran angostos y rotos, de esos en los que uno no podía ver al frente sin tropezar tres veces en tres pasos y a veces caer al suelo, para que sin ver, la acompañante sienta el calor en las mejillas y el sudor en los dedos que levantan del suelo pequeñas memorias de basuras, ¿es lo que se pierde algo realmente perdido? o pueden ser descuidos, cayéndose desde los bolsillos vamos olvidando pequeños recuerdos, o grandes afectos que sin querer se quedan sin luz, entre la mirada sin querer de recicladores, y las manos raspadas de tropiezos en el camino. Por eso caminábamos despacio, concentrados en estar de pié, evitando recordar objetos que pisados se encuentran lastimados, por ahí dejados. Por eso no lo vimos llegar.
No había luna, nuestras voces resonaban entre las paredes de las casas y las calles largas. No oí sus pasos, no vi el reflejo de su reloj cuando alzó su mano. ¿Lo quería ver? no, lo más probable es que aunque fuera de día, y el reflejo de la correa me hubiera pegado en la mitad de los ojos, la hubiera ignorado, porque ni la mitad de la intensidad del sol es comparable con la intensidad de una conversación alegre, esas que mientras hablas te hacen pensar en lo imposible de haberse podido encontrar con ellas, que te hacen olvidar en las mil conversaciones que contaron para que te pudieran presentarla, en la cantidad de plata que has gastado para llegar allá y sobre todo, que te hacen imaginar en el sabor de sus labios después de comprarle un helado de la próxima esquina.
-¿Tienes frío?- le pregunté mientras sentía que una corriente de viendo de noche nos alcanzaba. Fue ahí cuando me di cuenta que había acertado, lo que había visto sí era un parque, esos pequeños de barrios comunes, de aquellos que no alcanzaban a tener una caja de arena. Yo siempre los he llamado parques de perros cuando es de noche, cuando la única actividad que puede encontrarse se pierde en la bolsa de los que paciente e impulsivamente salen con pijama y saco largo. Y parques de micro, por el día, cuando al almuerzo se escuchan los disparos dirigidos a los metales sin red y a los carros estacionados.
-No tranquilo, he sentido noches peores- me dijo sin mirarme. Con la cabeza dirigida al cielo siguió diciendo -En Bogotá se tiene que acostumbrarse a esto- la última sílaba la alargó en un suspiro prolongado, mientras bajaba la cabeza y me hacía una mueca de comedia gringa, parecida a cuando los actores llegaban a una casa nevada a pasar un invierno con sus suegros malos, fastidiosos y cómicos, mientras se frotaba con las manos los antebrazos. Todo un amor.

Así estaba yo perdido, pensando en las casualidades de encontrarme perdido, porque las calles se me hacían meros caminos, trochas que al caminar muestran el siguiente paso, pero que carecen de señales para saber dónde se está, solo una mirada hacia delante puede delatar algo que con los pies carecemos: las ganas de llegar. Aventurero aquel que escribe sin utilizar las manos, ni un teclado, porque es la vista y el sentimiento la cualidad primaria de estar. Escribir no es más que estar perdido, sentir con la planta del pie la realidad de estar en un camino sin saber a donde llegar, y pensar que la vida aunque esté a unos pasos más allá, necesita saber cómo llegar. Así que escribí al verte y me perdí contigo. Me olvidé que un camino no llega si no existen otros, millones de sentimientos que se pierden porque en la periferia de la sombra del camino se olvidan más que la propia existencia de estar caminando. Uno de ellos es el miedo.

Ese día caminé por las esquinas de mi vida, estaba experimentando de nuevo la mirada de una mujer que andaba igual de perdida que yo, y me di cuenta que entre los grandes orificios de los caminos y las calles, contienen visiones que se quedan suspendidas, realidades creadas por seres que desconocidos han vivido antes que tú y que se acuerdan de estar en la misma sensación. Fue mirando por los agujeros de esa esquina que lo vi, en ese momento no me fijé en nada más que su silueta, que oscura caminaba por una sombra menos oscura del barrio. Sus brazos se notaban cuando los alzaba, pero a 30 metros los guardó debajo de un gabán largo, para ese momento había atravesado una pequeña luz. Me fijé en su barba, que contrastaba con la mía, poblada, grande y se podría decir protuberante, por lo largo que era.
La ráfaga de millones de gritos vinieron a mí, supe en ese momento que en el lugar que estaba de pie habían pasado generaciones de impulsos negativos, montones de ideas perdidas en segundos de cuchillos y fierros largos, incontables sentimientos que quedan perdidos por siempre al ser borrados por la pisada inquisidora de un intruso en incontables vías, era el lugar de llegada de caminos largos, cortos y la inexistencia de un pensamiento racional que coincidiera con todas ellas. No sabía por qué lo sentía, ya lo habían atracado una vez, pero ya no pensaba en eso cuando caminaba, el peso inmoral del odio ya había dejado huella. Después me di cuenta que fue la intermitencia de la luz, y la percepción de no saber quién era lo que me hicieron saber en ese momento lo que nunca hubiera pensado a la luz del día, la sensación de odio y miedo que desbordan la capacidad humana de caminar pensando.

-Tómame la mano- dije mientras lo hacía. No quería pedir permiso, no había necesidad para pensar algo más.
No me respondió, simplemente agarró mi mano con fuerza mientras veíamos que él llegaba.
Nunca le vi sus ojos, para mí quedó como el hombre de la barba y el gabán largo que pasó por nuestro lado una noche fría en Bogotá. A él lo saludo, por mostrarme que mi camino tiene vergonzosos límites.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Menudencias (Selección de poemas cortos)

I

No pude salir del salón,
afuera había quedado la razón
de querer estar en otro lugar,
que no sea donde tu estás.

II

¿Ves la luz
que despega de la luna
y que a través del coche azul,
no encuentra silla?

III

No me lo digas.
No existe, ni quiero que exista
la verdad de tus ojos
que tu cuerpo contiene con daño.

IV

Ahí viene y se acerca a mí
la sombra del miedo en el camino.
¿Te alejas sin conocerlo?
Del primero que tienes pavor,
y el último que vez en ti.

domingo, 27 de octubre de 2013

Señas

Se despidió y dijo gracias. Ella se volteó al oír esa palabra-fue la única vez-miró al piso y su semblante se tensionó, como cuando una persona lucha por intentar no decir lo que está pensando, frunció las cejas-¿estaba enojada?-pero se volteó de nuevo, no dijo nada y se fue. No la volvió a ver nunca más, pero sus sueños seguirían perdiéndose entre la tormenta de angustia y soledad, hasta que pudo seguir adelante, el navegante que llega al mar y ve por fin un pescado en su red.
Nunca supo por qué dijo gracias, estuvo pensando durante largo tiempo después de esa noche. Estuvo desvelándose meses completos, ignorando conversaciones, volando entre fiestas sin importancia y olvidando a personas recién conocidas. Pero durante todo ese tiempo pudo darse cuenta de algo, muchas veces las palabras están vacías de significado simples, son en este estado, una simpleza indiscutible.
El gracias no es gracias, no significó agradecer algo, la palabra se convierte en muchos casos en una expresión de emoción inconsciente, como un gran suspiro que es alcanzado por una mente ajena, y es percibido como un insulto, un sentimiento de impotencia y debilidad que escapa al momento y a la discusión previa, es entonces visto como una escapatoria a la presión de las olas que se alzan una y otra vez para ahogarte y dejarte vagando entre leguas de intolerancia y enfado.
Se dio cuenta que él no dijo nada, él simplemente sintió la brisa enfriar sus lágrimas y dejó escapar un suspiro, una emoción contenida que era imposible de decir, y una vida que lentamente desaparece con sus pasos.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Mírame

Parpadea y sigue caminando. Rutina del día, pereza de noche. Igual sigo haciéndolo, como cualquier otro, transporte,estudio, transporte de nuevo y casa (mas bien un otro, una serie de eventos, una línea que a través del día se encorva, que cuando se encuentra se vuelve a alargar, vuelve a empezar). Existe otra manera de ver la vida, una que no implica estar acosando a la mirada en la búsqueda de una silla vacía, ni la de esforzar al cuerpo a tener pereza de una clase que ya la ves perdida o sobre todo, condenar al corazón a esperar una respuesta que nunca llega.
Yo te digo, es hora de que al caminar no tengas que mirar para abajo durante todo el recorrido, y perderte aquella mirada que te espera sonriendo al lado tuyo, y que en realidad, el único movimiento que debes hacer para darte cuenta de ello es levantar la cabeza, y darte cuenta de lo que te rodea, una mano y un corazón expectantes. Porque si caminas y parpadeas mirando hacia abajo, verás el reflejo de cómo la otra persona se va caminando hacia el otro lado.
No es solo eso, existe en realidad otras maneras de enfocarte en lo que quieres mirar, créeme, los charcos y las líneas partidas de los andenes no te pueden decir donde ir, ni cómo caminar a donde quieres llegar. Tu destino está al frente tuyo y eres aún muy débil para levantar la cabeza. ¿Quieres vivir? el mundo y la vida no te aparecen como personajes inventados en una serie, en el momento oportuno y donde deberían estar, pero mira hacia delante y búscala, tal vez te des cuenta que los caminos son más cortos y que la persona que caminaba contigo sigue estando ahí, y fíjate, te puede estar sonriendo...

¿Y tú?

Mira como no soy,
no me conozcas
y si no estoy,
no corras

Créeme, existo
dentro de la imagen
que te muestro.

Un sutil parpadeo,
sonrisas discretas.
Yo las manejo,
montón de mentiras.

¿Existe la verdad?
Se que vivo
¿Y los demás?
Eso creo...

Hay un brillo
en tu ser,
ese que miro
¿Y lo que eres?

Si te veo,
y te siento
¿Por qué no estás?
no estás...

jueves, 3 de octubre de 2013

Buscando un clima

La luz es una condición que en esta ciudad no puede darse por obtenida tan fácilmente, es una ventaja que en Bogotá, en realidad, toca buscarla entre días perdidos, escondidos entre tareas imposibles de llevar a cabo, viajes interminables entre sus extremos y tiempos de espera infinitos ante el recibidor de muertes anunciadas. Así he vivido toda mi existencia, he buscado la luz entre reflejos de ventanas y relámpagos de agua que salen de los charcos permanentes asentados en las calles de siglos pasados.

La he encontrado mirándome por la noche, estancada en postes, aquellos que por arte de magia se convierten en caminos de milagros entre callejones y parques inciertos, pero no ha sido suficiente, es una luz que no alcanza a cubrir la distancia de una calle y no logra cruzar las esquinas peligrosas de la inmensidad estacionada en metales con mangos de plástico.

Igualmente he tratado de crearla, me he sentado en el centro de la oscuridad encontrada en el parque—que no es ni mucho menos parecida a la de la calle, ésta oscuridad se encuentra en movimiento con el viento y transforma los sentidos, te invita a oler, te invita a respirar y te permite saborear la profundidad de la soledad—y sentado he abierto mis ojos tratando de encontrar un catalizador, cualquier elemento, algo, ya sea pequeño, grande o monstruosamente invisible que sirva como ignición ante el cual pueda yo arrojarme para prender la luz, pero no he encontrado ninguno.

En la lluvia he encontrado destellos diminutos , y aquí en Bogotá, he podido encontrar millones diarios, pero son sonrisas efímeras en mis ojos, aquellas que apenas tocan el suelo se estallan para dejar una mancha temporal pero molesta en la cara y en la ropa, pero que al cabo de un tiempo se secan, dejan de existir y solo con un acto de recuerdo intenso, podemos saber que en algún momento llovió y que alguna vez pudimos encontrar un destello bajando hacia nosotros.

Y me decepciono al notar que los milagrosos días de sol son aquí dolorosos, tanto que en los puentes la reflexión es tan intensa que las personas deben caminar con los ojos cerrados, buscando una persona a la cual agarrarse para siquiera caminar, igualmente, sin estar caminando el dolor empieza a invadir y a desbordad las capacidades humanas para soportarlo, es entonces una  luz dañina, que no sirve para nada en la vida diaria, retrasa las capacidades del hombre para pensar e imaginar, pero sobre todo, genera en cada uno de nosotros las ganas de acostarnos para buscar la oscuridad personal del sueño.

Renuncié entonces a la luz en Bogotá, me refugié entre árboles grandes y me he dedicado a cerrar los ojos y pensar en ella, porque aún así tenga los ojos cerrados, sé que en realidad, el reflejo de esa memoria me puede dar la capacidad de encontrar más allá de un destello, un roto entre estas nubes grises para seguir viviendo.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Sin título

Existe una penumbra que nubla la distancia, una oscuridad que invade la vida más cercana a las estrellas, y unas nubes que cubren la mirada de quien intenta descansar en una noche sin distancias, sin verdaderos amores, sin consideraciones y sin motivos más allá de tomar un buen vodka al lado de una chimenea.
Sin embargo ve a la distancia unas luces que sabiéndose estáticas, reaccionan a la mirada inquisidora de una noche extraña, inalcanzable, y sobre todo mágica de miradas desesperadas, que dicen entre palabras sin sonidos que el deseo existe, un sueño imposible, un sueño que no existe.
El presente se encuentra distante, perdida en la distancia de la boca a la esquina del vaso, olvidado en las conversaciones que vuelan con el vodka, el ahora no existe, el pasado existe en las miradas, ¿el futuro? se encuentra perdido en la vida ya rota de la distancia y el dolor de unas miradas. ¿Las sonrisas? Ya no existen, ya no existo. 
Que el vodka me recoja y me eleve en la distancia de la noche que ya las nubes cubren a la distancia de un balcón, kilómetros de luces que intercaladas me muestran la distancia de las intermitencias de unas miradas que no se mantienen, que no tienen sentido, que no llegan, existen en el pasado, pero ese tampoco existe ya. 

domingo, 22 de septiembre de 2013

Tiberio

Hacía sol y las ventanas portátiles del techo reflejaban los rayos que caían filtrados por el nuevo domo que su padre había mandado a construir el año pasado y que hasta hace poco lo habían podido estrenar. Él, acostado en el plástico extenso que quedaba regado en el suelo, dejaba que el calor le llegara a la cara. No estaba acostumbrado a descansar de esta manera, usualmente se pasaba sus días fuera de la casa, caminando de un lado a otro buscando donde trabajar, pero últimamente los paros sistemáticos en todas las empresas estatales habían detenido la producción de todos los nuevos posibles bienes y con eso, las posibilidades de unos nuevos empleos, en este último año había aprendido a detestar vivir en la zona industrial de la región, y en uno de los pueblos más pequeños del país, aquí la vida se daba porque el Estado lo permitía y para él pareciera que sus posibilidades no llegaran, y gracias a ésto se había resignado a mirar al cielo, como si quisiera reservar un puesto desde ya para poder dormir cómodamente entre rayos y nubes de colores.
Hoy entonces, había decidido no salir de su casa y aprovechando esto, su padre le había pedido que lo ayudara a arreglar un pedazo del fluido eléctrico de la casa. Caminó por eso hacia la bodega de la casa para buscar las antiguas herramientas de su padre, encontró la habitación muy ordenada como para ser una pieza descuidada y olvidada al reposo, debido claramente a las pocas cosas que allí se guardaban. Cuando se abría la puerta aparecía una biblioteca que no alcanzaba a las rodillas de quien entraba, a su lado se encontraba un pequeño espacio vacío, de hecho, lo único que había en esa habitación aparte de ese mueble era que en una de las esquinas se dejaban las herramientas que había podido conseguir su papá hace muchos años.
Sin embargo, antes de dirigirse hacia la caja, se fijó en el cable que recorría la habitación, se dio cuenta que nunca antes había mirado con detenimiento cómo estaba configurada esta habitación y observó que en realidad habían dos cables que al ir juntos siempre le habían parecido que eran el mismo. Siguió el camino del nuevo cable hacia la biblioteca, la movió a un lado y miró algo que nunca antes había encontrado. Era un pequeño cofre, pegado a la pared que estaba detrás del mueble, el cofre estaba hecho en madera; oscuro y con  sus esquinas partidas se encontraba como flotando en la pared, en su cara visible había una pequeña hendidura superficial, él agarró el cofre por ahí y lo abrió.
Dentro, en uno de sus lados se encontraba un pequeño bombillo, de esos que apenas dejan ver alguna cosa, éste estaba mohoso, acabado, desgastado y sucio al mismo tiempo, pero seguía prendido. En ese momento se le ocurrió pensar en la antigüedad de su casa, por lo que él sabía, su vida la había disfrutado completa únicamente en este lugar, pero nunca se le había ocurrido preguntarle a sus padres cuándo se habían mudado a este lugar, o si ellos mismos lo habían construido, pero ahora miraba un bombillo que podría haber durado flotando en esta pared más de sus mismos años, e incluso muchos más que la frágil pared que en este momento lo sostenía.
Sin embargo, dejó esas preguntas para después, porque en ese momento sus ojos enfocaban, no sin dificultad gracias a la poca luz que allí había, en lo que en primer lugar pensó que era un recorte de un periódico, vio en este pedazo cuadrado unas líneas negras y otras muchas amarillas, pero se dio cuenta que no podía ser, se fijó entonces en que era una caratula de un libro, con manchas amarillas acompasadas con unas imágenes negras dispares para protagonizar una escena famosa de la novela, o el cuento que allí se presentaba.
Quiso cogerlo, pero no pudo, fue en ese momento que se le ocurrió utilizar la linterna de su padre, así que fue hasta la esquina donde estaba la caja de herramientas. La abrió y vio encima de todas las herramientas la linterna que usaba su padre en la cabeza cuando quería llegar a una esquina o a un techo oscuro, se la puso y miró de nuevo el cofre.
Encontró como ya había visto antes, un cuadrado con manchas amarillas y negras, pero en él no habían escenas de imaginaciones ya olvidadas, o noticias de personas que por un momento de sus vidas fueron famosas, encontró solo a una persona y una sola escena, sin periódicos ni novelas conoció en ese momento a alguien, un señor amarillento lo saludó con la mirada, y con una decencia de antaño se quitó su sombrero para dejar ver ese pelo echado para atrás que tenía, después de los protocolos dejó que su boca se abriera para dar paso a un saludo sutil, encausado por medio de su bigote firme e inmortal que mantenía. Con sus ojos miró de arriba hacia abajo esa cabeza con luz que se le acercaba monstruosamente sin despegar palabra, lo regañó con la mirada, pidiendo un poco de respeto a quien ahora tan pausadamente y sin remordimientos le pedía una explicación a su falta de caballerosidad. Se plantó entonces firme, alzó el pecho y se ajustó la corbata de puntos que tenía, esa que su padre le había comprado hace rato y que él se la había robado cuando éste había muerto. Abrió la boca para decir algo, pero sus ojos se hincharon, naturalmente no iba a aguantar tanta fanfarronearía de aquel que venia a distraerlo de sus pensamientos y recuerdos de unas varias vidas pasadas perdidas en aquel cofre que preservaba.

La luz se apagó y el cofre se cerró, Tiberio se despidió, él se arrodilló, olía a naranjas.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Para ti

Lento caminando voy,
y en mi espalda llevo una sonrisa
que aprendiendo a transportarla me encuentro,
mientras el tiempo me deja perplejo
de las personas que a mí me animan,
en esta hora de ensueño.

¿Cuándo se expresa
esta verdad externa
que exprime al verdad
que en mí se encuentra?

Es la distancia,
la infelicidad de estar,
y en un momento no pensar
en las lagrimas que se van.

¿Demuestras por eso
la felicidad que encuentras,
en la máscara que mantienes
en el día, no en la vida?
No, escucho la voz que me indica lo contrario
experimento en esta vida la felicidad que me encuentro,
porque la existencia me permite pensar
en que lo que existe, no se me irá
permanece, se encuentra en la realidad
y no se me va a escapar.

martes, 10 de septiembre de 2013

Pantallazo.

Escribo con el corazón ausente
mientras escucho una canción alegre
que no me invita a respirar
sino que me niega a pensar,
en la muerte de aquel que se despidió de mi
pero que me habla sin importarle el fin.

Y mientras una sonrisa me despierta,
una tristeza me aqueja,
es que no existe una pena completa
que no termine en la vida ajena
que te invita a la existencia,
de una felicidad plena.

Pero mientras esta rima no encaja
en la pantalla una conversación no se extraña,
mas bien la luz se apaga
y el sueño llama,
pero quien sabe.
¿Es que el amor ya se escapa?

jueves, 29 de agosto de 2013

Sal

Y en ese momento gritó:
-¡Que esto se vaya, me rehúso a seguir pensando en que existe un mañana, niego a la vida como niego al amor!-
Tomó luego un largo respiro antes de seguir, pero su voz no se ocultó, sino que se hizo llegar más lejos. Las vibraciones se abrieron como montañas en el día de la palabra y exhibieron lo siguiente:
-¡¿Para qué sentir?! No existe  ninguna condición para poder seguir la vida que nos obligue a tener que sufrir el ahogo de un sentimiento. No he sentido la muerte pero la presiento cada vez que mi estomago se cierra y mi respiración se acorta y se agota. Es por eso que no le temo a la muerte, porque el verdadero dolor lo vivimos a diario y lo tragamos con lo que comemos esos días.-
Pero cuando volvió a mirar por la ventana, ya el sol había salido y su despertador estaba sonando. ¿Pero qué falta hacía? Siendo estos días aquellos donde una noche se convierte en un tiempo más de tortura pensativa y el sueño se vuelve otra oportunidad perdida.
Empezó a escribir, sentado todavía en la cama, y esto fue lo que pudo expresar:

Salen lentamente de mí
alcanzando las palabras de la pared
aquellas razones que no te dí
pero que siguen atormentando mi ser.

Y si miro para atrás,
no es para recordar un jamás,
es para acordar
un futuro que no pudo llegar.

Pero ahora no hay lugar
para aquel que sentimiento que voló,
porque ha olvidado la realidad
y me ha dejado un lugar para llorar.


Al acabar de escribir lloró un poco, pero terminó botando aquellas frases en pedazos pequeños por la ventana de su cuarto, fue ahí cuando se levantó y fue caminando hacia la salida. Decidió salir para lavarse de la inmundicia que sentía desde el día anterior. La últimas palabras que le escuché decir jamás fue cuando en el umbral de la puerta se volteó y me dijo: -Hasta aquí he decidido llegar-

miércoles, 14 de agosto de 2013

Hielo

Me siento a esperar a que una luz aparezca, en la oscuridad de un día que está pero que no ha llegado. Esa obsesión lingüística de determinar con palabras análogas cualquier fenómeno que sucede a diario, pero que rara vez somos capaces de identificar, ya sea porque no lo alcanzamos a concebir aún este afuera de nuestras ventanas, o sea tal vez, porque las regulaciones que desde los inicios de nuestra existencia han determinado las posibilidades de la reproducción de lo que somos, han determinado que no podamos apreciar con suficiente detenimiento aquella situación a la que nos ocultamos a diario, la madrugada.
¿Qué encuentran de "mañana" a una profunda noche en la que el frío se siente pero no se ve? No son como copos de nueve que caen plácidamente cuando son iluminados por las pequeñas pero abundantes farolas de los parques, donde podrían jugar fútbol un grupos de amigos del barrio, si no fueran porque las amenazas de esas leyes que existen pero que nadie se atreve a pronunciar, proscriben los bullicios innecesarios, ésos que convierten los sueños en cartas imposibles de leer. Tampoco como cubos de granizos, que se ven cuando las tejas del barrio se van rompiendo, o cuando con el golpe de la ventana despiertan a aquellos que serán los encargados de limpiarlas el día siguiente.
Es que la madrugada en Bogotá se demora en avisar, y la falta de luz no es en este caso un indicador suficiente para que nos demos cuenta que la hora de dormir ya pasada está. Son las lluvias plácidas que sirven de canto para dormir, son los programas de otra época que les recuerdan a los pocos nostálgicos y desocupados que todavía hay espacio en este mundo para ellos, y que les dan razones para pensar que todo tiempo pasado fue mejor, claro que eso también se explica por su desgano y su falta de fuerzas, cuando la verdadera mañana despierta, y también están los celadores con bufanda, que se resguardan en cubículos y ruanas a escuchar esos comentarios de generaciones pasadas, y se pierden nostálgicamente cuando ven un Renault 4, y se ocultan en la mística de una ciudad que parece no envejecer.
Pero yo les digo una cosa, para sentir la noche de Bogotá, no hace más falta que recordar cómo un amante nos pone un hielo en la nuca, que suavemente se va desplazando "hacia ese roto donde ya la espalda cambia de nombre", que va dejando un líquido que invade todos los pliegos de nuestra piel. Es por eso que la noche encuentro la pasión de alguien que puede ya no estar.

sábado, 10 de agosto de 2013

-¿Podrías esperarme una vez más?-
Esa frase fue la última que se le quedó en la memoria, mucho después  de que hubieran hablado y que él hubiera llegado a su casa. El bus no había ayudado, como era tan de noche no habían más de dos personas sentadas, incluyéndolo a él. El silencio de la noche parece agradable al lado de la desesperanza del conductor por recoger personas y el chirrido agónico que es la carranga y el vallenato que acompaña la trayectoria.
EL dolor de cabeza se había vuelto normal esta semana y los huecos en el camino no hacían más que aumentarlo cada vez más, además que no lo dejaban dormir. Su primer plan era ir a su casa, tomarse un dolex, ver una película y acostarse a dormir, o así era la rutina que había adquirido después de darse cuenta que estaba solo y que estaba empezando a dormirse una hora más tarde cada día que pasaba.
Pero cuando el bus se detuvo en un semáforo, vio por la ventana que en una pared había una cara alegre, era un hombre de no más de 40 años, tenía un gorro viejo en la cabeza y un vello facial de no menos de 3 semanas. Aunque estaba en la calle tan tarde, se veía tranquilo y alegre. Para este hombre no se movía el tiempo porque no le importaba la imagen exterior, yo no le importaba, ni cuántos buses pasaran por la calle.
Por eso se bajó, la anormalidad de lo que veía le impedía seguir sentado en el bus, quiso preguntarle muchas cosas, quiso tocarlo y sacudirlo para que pudiera parpadear, pero no se atrevió a atravesar el pasto que lo separaba de él. Simplemente lo miró hasta que sus ojos se cansaron de parpadear y su cuello dejara de moverse cuando oía cualquier carro pasar. Pensó en la conversación que había tenido unas horas antes y le preguntó:
-¿Te irás?-
Al oír su respuesta, trató de mirar si venía un bus. La calle estaba oscura. Empezó a caminar hacia su casa, pasó por el lugar que años atrás lo habían atracado y le habían quitado hasta los zapatos, pero pasó igualmente, la paranoia y el miedo se le habían desvanecido. Se alegró de sentir eso, al igual que lo sorprendió.

Hoy es un día para renacer, pensó mientras dictaba su monólogo antes de dormir, mañana puede que tenga confidencia en mí mismo. Tal vez es mejor no imaginar que el cielo se queme o que la luna nazca. No, las ganas de que algo suceda no significan nada, puede que la mente, al final de todo, no pueda mover para nada la materia.

domingo, 4 de agosto de 2013

Soneto sin título


Entonces me vi brillar solo, sin pensar
en la mirada del mar. ¿En dónde parar
cuando la vida no me deja parar?
Frente a un mundo lateral, bipolar.

En la hora donde la verdad vetusta
se desnuda, se despeina, se pierde
en la oscuridad aparente, total,
en la reflexión de la luz que no llega.

Mírame entonar la canción final
la que solo tu sabes cantar y bailar,
cuando ahora el dueto no está.

Y el sonido que la lluvia tapa,
se desvanece entre las calles largas.

Mientras corro sin lugar donde llegar.


-AC-

sábado, 27 de julio de 2013

I.III

No existe ni jamás existió otro espacio menos adecuado para la vida que aquella cueva, y así lo documentarán tiempo después, en la proximidad de un futuro sin acabar, o más probable, de un pasado que sigue sin envejecer. Pero para la criatura que allí se encontraba el mundo era aquella pequeña hendidura de forma irregular en la profundidad que no abarcaba más de 15 metros cuadrados, y que no tenía ningún tipo de cámaras, habitaciones, baños o comedores. Un hueco en donde el viento y la luz se rehusaban a llegar y donde el tiempo era un visitante extraño, y en ningún momento extrañado o esperado. Un así existía ahí un sentimiento de levedad comparable tal vez con el alma humana que permeaba la conciencia de todas las partículas que paseaban por este pequeño lugar, ninguna palabra o pensamiento podrán alguna vez transferir esta realidad a razonamientos, estudios o conocimiento alguno, eterna dificultad en la búsqueda del conocimiento.

Y sin embargo no existía nada
Pero aún así, todo se encontraba
Todo se sabía
Aunque todo se perdía.

Entre la estrechez de conciencia y realidad que habitaban ese lugar se encontraba el. Respirando hondo como si fuera la última vez que vería la instancia en la que se encontraba se sentó en el piso. El vio hacia sus lados pero sin embargo no alcanzó a mirar nada. El vio hacia arriba y hacia abajo, igualmente no encontró nada, sin embargo mantuvo la mirada hacia abajo y sintió el piso. Sintió frío pero no sufrió. Se mantuvo así unos miles de años, o así lo pudo percibir el, esperando a que tal vez la tierra se moviera, o que el piso temblara y se llevara con el todo lo que para el existía, o muy probablemente pensando en quién era el.




-AC-

viernes, 12 de julio de 2013

I.II

Bajo los escombros de la vetusta edificación que milagrosamente se mantenía en pie, en la cual Hefesto podría mirarla en el epílogo del tiempo, en la vejez de la razón, en donde ni los hombres ni la historia se encuentran sino que la razón y el pensamiento se separan de la fijación física,  franquean el mundo de las ideas, destruyen las figuras entre sombras, y se conjuran en la inmensidad perpetua de una nada colosal, se hallaban unas escaleras ocultadas por una trampilla de madera sin cerrojo. Las escaleras bajaban en forma de caracol, eran en total 30 escalones que a diferencia de sus pares exteriores se mantenían intactos en el tiempo, salvo las decoraciones que hace rato se habían despedido de todo el edificio. Terremotos, inundaciones y remolinos, parecía que no había poder humano, sobrehumano o natural que pudiera derrotar a estas simples escaleras, tiempo después se dirá que Horus se desencantó de la realidad de este pequeño orificio de tal manera que lo dejó a la merced de su propia existencia. Un pequeño hueco se encontraba al final del último escalón, el cual desembocaba en un largo túnel, si de mediciones se entendiera en esta oscuridad se podría imaginar una distancia de medio kilómetro horizontal.



-AC-

viernes, 5 de julio de 2013

I.I

Suave como si no quisiera que nadie lo notara, como un extraño que entra en una casa ajena por primera vez y espera a que el dueño le indique el lugar adecuado por donde va a transcurrir la velada anunciada, va el viento caminando por entre las esquinas del olvidado edificio una, entra en el pequeño vestíbulo que en tiempos ancestrales servía como entrada y salida de cientos de personas al día, personas de una diversidad no muy diferente a la otra, podría decirse que todos iban a la misma dirección, o no muy lejos el uno del otro, todos sin excepción  vestidos con una ropa oscura y formal que simbolizaba la esclavitud hacia una figura mucho peor que la de un capataz o un dictador. Ahora el viento transcurre por los escasos escalones que quedan todavía sujetos a la estructura del edificio, tiene varios obstáculos que le van impidiendo su perfecta movilidad, unos escalones rotos, otros que ni siquiera existen, uno que otro tapiz que la gravedad del tiempo lo ha hecho partícipe de esta pista de obstáculos que no es problema alguno para algo tan poco denso que es el aire y no tan importante como para que se tome el tiempo de atascarse en el. La meta que el viento descubre es la mismísima eternidad, los escalones dan paso la misma realidad que el viento vio cuando entró a tan desolador paisaje de escombros y soledad, es la ausencia máxima de la nada; el cielo, las estrellas, el césped, la luz, las nubes, la tempestad, la calma, los sonidos y el viento.




Nota del autor: este es el comienzo de un proyecto que no tiene final, y que solo la escritura va a determinar qué es. Es un experimento creativo y narrativo, el cual espero que disfruten. Escribiré cuando mis habilidades den para escribir algo, así que no tendré el horario establecido de cada semana para escribir sobre este particular proyecto. Igualmente trataré de sacar otras cosas mientras tanto, podrán reconocer que se trata de esto por el título, el cual seguirá de forma numérica, como está este nominado.


-AC-

miércoles, 19 de junio de 2013

Sentimientos escalonados

Hoy dormí con un muerto, en mi cama acostado estaba
y mientras  yo lo miraba, las luces se apagaban.
Corazones que se manchan, desaparecen en el cofre.
Y mientras las palabras me evaden, él se abstuvo
de mirar a mi cara, cuando los ruidos cesaban
y las almohadas destrozaban, la felicidad que ahí guardé.
Encerrada en la saudade, que mi corazón construyó
y que no se fijó, que ya mi corazón no estaba.
Porque mientras pisoteaban, en el piso mi mente
no había pena suficiente, que el dolor de estar solo.
En este cuarto encerrado, mientras el muerto miraba,
cómo mi corazón estallaba, cuando tu no estabas, guardián.



-AC-

miércoles, 12 de junio de 2013

Sin título

Abro la puerta, y siento que el destino entra con los pasos del viento, y ya los viejos sabios del sentido común me reclaman, que la verdad no es como un soplo de viento, sino como una luz que ilumina hasta la más pequeña idea del pensamiento. Pero la verdad, al fin de cuentas, es que el pesado sentimiento del fin, no se puede delimitar a uno, o ni siquiera a dos fenómenos paranormales, para mí, el fin no es más que una sonrisa que se apaga y que se queda permanente en la memoria, como esa última mirada antes de la media vuelta y hasta luego.
La habitación se carga de un olor pesado, que recuerda a esos viajes interminables en carretera hacia tierras calientes, como Honda, o a paseos solitarios por lo parques, entre caños y charcos del ordenamiento catastrófico de la ciudad. Pero yo no me quejo, a mi sabio algún día le escuché que "el caos es un orden por descifrar", así que vivo en esta pocilga con la esperanza de que algún día el caño se llene de agua azul, en donde habiten peces y que nazca en la ciudad un nuevo aroma, aroma a destino de paz y de sosiego.
Una gota de sudor baja por mi mejilla, recojo el trapo que he utilizado estos últimos días y lo paso por mi cara, no va a tardar mucho tiempo para que todo esto termine, pienso. Miro la ventana y veo que una esquina todavía queda sucia, no ha pasado más de media hora y todavía sigo con la misma unidad, en el mismo piso, de la misma torre de trabajo, de esas en donde el viento grita cuando baja de la montaña y las calles se escuchan como remembranzas de conversaciones leídas.
La secretaria me regaña, su jefe me grita y mi jefe no hace más que disculparse con los anteriores, ofreciéndoles rebajas, garantías y demás promesas de que algún día podrán ver la fachada de su edificio como ellos algún día nunca pensaron tener. ¿Cómo les podré explicar que me distraje pensando en viajes a la costa?
Veo las ventanas pasar, y me alegro, porque cuando termine de verlas ya no tendré nada que explicar. Pareciera como si ese último grito me hubiera empujado, o habrá sido ese soplo del destino, pero ya no importa, ya veo el piso.


-AC-

miércoles, 5 de junio de 2013

A la mar las rapalas

Entre ola y ola, el mar reposa,
y las cosas que el mundo añora
dentro del barco perdonan,
esperan donde no les toca.

En la playa, una casa reflexiona
sobre el color con que llegan
las olas y la espuma,
este día sin lluvias.

Y el pescador, que su bagre espera
ve que una ola hunde su señuelo,
y que en la corriente un barco llega
atravesando la oscuridad del fondo.

Cuando la sirena llore,
le decía el pescador a sus hijos,
la vida no empieza, como un barco corre
sino que la vida se detiene, como un pescado en los ojos.

Y el enigma se resolvió,
cuando el barco con las olas llegó
y las olas de negro se pintaron,
cuando el pescador en su cama murió.



-AC-

martes, 28 de mayo de 2013

Rima sin son.


En tres cuartos de una canción,
la verdad me alcanzó.
En la mirada de horror,
de unos ojos sin dolor.

A la sinfonía del amor,
un violinista le faltó,
y el piano se quedó,
en la cornea de aquel señor.
Que un día esperó,
en la distancia, el reloj.

Un silbido a distancia,
me hizo acordar.
Y pensar que al fin,
la vida me iba a encontrar.

No esperes de mi jamás,
un adiós sin dudar.
Porque el tiempo me ayudará,
el viento me acordará,

De los ojos sin dolor,
de una viuda del corazón,
que cantó con horror
el final de una canción.




-AC-

miércoles, 22 de mayo de 2013

Canción de cuna


Entre el entender el ser,
Ver las posibilidades de observar,
Y el reír o pensar,
Sentir el vivir sin dudar,

Existe el vacío total,
En realidad el infinito, sin dudar
La existencia entera está
En los ojos del altar.

La creación de la oscuridad,
Bajo un espacio posible,
En la nada donde ella vive
Donde el vivir no llega jamás.

Y es que existe en la humanidad
Una observación que va más allá
Con sentir que no existe sin más
Entre las formas de estar.

El sosiego del placer y el amor,
Una noche donde la luna sirve de espejo
Y cuando una sabana ,
Es la barrera a nuestra cara.



-AC-

jueves, 16 de mayo de 2013

Entre Ciudad Bolívar, Meissen y México


Los huecos eran más grandes, las montañas más cercanas, los caminos más angostos. Aún así caminó como si estuviera en casa, sus pisadas sonaban diferentes en este piso de aguas reposadas  y olvidadas que cayeron hace años y nunca pensaron en recorrer, navegar y erosionar las grandes montañas de nuestro vetusto hogar.
Atravesó la calle cuando los escombros, las basuras y la mierda de las zorras lo pusieron nervioso. Viendo caminos riesgosos, suicidas se acobardó de las luces y subió por el puente de serpiente y chillidos de gotas que nunca pusieron terminar de caer. Cuando bajó, sus lagrimas ya se habían sumado al coro perpetuo de lluvias sin punto de destino.
Nunca pudo describirlo como una jungla de cemento ya que siempre le pareció un racimo de cuevas cavadas en el suelo, con ojos que se confundían en el cielo con cuervos de carroña y basura. Jamás una lucha, dijo igualmente, más que solidaridad que la montaña siempre ensombrecía.
Los agujeros de grandes pisadas de gigantes lo condujeron hacia un hormiguero, conoció ahí a los zánganos…. Las aguas son algo misteriosas en esta playa, la tranquilidad se aleja y las olas chocan con grandes pirámides de acero y pólvora. Al oír eso, él miró de lejos y se dio cuenta de los náufragos que yacían descubiertos al lado de las tumbas de pequeñas hormigas.
¿De quién son las pirámides? Se preguntó, cuando no tuvo la respuesta, caminó de vuelta a casa.


-AC-

viernes, 10 de mayo de 2013

22 heridas y una vida roja

Dedicado especialmente a 
Carlos Cortés, Daniel Osorio y Jorge Armando Castro Parrales


Miré hacia la izquierda y no había montañas, miré hacia arriba y no había nubes, miré hacia el frente y no había fin. En ese momento paré y le pedí a uno de mis compañeros que me diera un cigarrillo, lo dejé en mis dedos mientras esperaba a que las otras personas nos alcanzaran. Los caminantes éramos cuatro: un fraile, un egresado de mi colegio, mi amigo y yo y estábamos a cargo de una vereda del municipio de San Luis de Palenque, en Casanare. Nuestra misión consistía en tratar de reunir la mayor cantidad de personas que estuvieran dispuestas a hacer una procesión en el único colegio de la vereda. Cuando nos alcanzaron seguimos caminando a ver si en algún momento encontrábamos una casa, ya que no habíamos llevado ninguna comida y esperábamos que a donde llegáramos nos pudieran dar cualquier cosa. Además, llevábamos un par de días haciendo lo mismo y ya empezábamos a sentirnos bastante cansados, el calor nos impedía a veces mirar más allá de un par de pasos y el único refugio que encontrábamos en el llano perpetuo, era mojar nuestras camisas con los pocos riachuelos que encontrábamos  en el camino, para improvisar un turbante y desear que no se secara muy rápido.

Al finalizar la tarde ya habíamos visitado un par de casas y pudimos hablar con un par de familias, una de ellas nos invitó a rezar el rosario y nos ofreció un almuerzo que aunque escaso, nos permitía tener la oportunidad de llegar de nuevo a la escuela donde nos estábamos quedando sin desmayarnos en el camino.  Sin embargo aún nos quedaba un largo tramo que recorrer y varias casas más que visitar. Cuando llegamos a la siguiente casa nos recibió un señor mayor que estaba acompañado de su esposa, nos atendieron perfectamente, nos dieron chicha caliente y nos invitaron a sentar. Nosotros le empezamos a contar el mismo discurso que le dábamos a todas las personas que nos encontrábamos, pero el señor nos paró y nos dijo que el ya sabía para que habíamos venido, ya que la noticia de unos extranjeros de la capital caminando todo el día no era común en la vereda.

“No voy a ir” nos dijo, y nosotros nos quedábamos callados ya que hasta el momento nadie nos había dicho que no. “No voy a ir” siguió, “porque este pueblo está maldito de traidores, asesinos y torturadores”, Jorge (el fraile) le dijo: “señor, esta es una celebración para todos y nosotros no queremos que nadie quede por fuera” – “¿por fuera?” respondió el señor con una risa larga y aguda, “yo no soy más ajeno que ustedes a esta tierra, la gente a no me va a extrañar, se lo aseguro señor” – alguien de nosotros le dijo después “¿No hay nada que podamos hacer para convencerlo?” – “lo siento, pero no” respondió él “pero no se preocupen es una historia larga y antigua” – “¿qué pasó señor?” preguntó Carlos, mi amigo.
El sol estaba ya rojo al final del horizonte cuando el señor se levantó de donde estaba sentado, nos dio la espalda y se subió lentamente la camiseta con ayuda de su esposa. Cuando se la quitó por completo pudimos ver su espalda, y nos sorprendimos porque aunque su piel en su cuerpo se intuía moreno, esta parte tenía muchos espacios completamente blancos, que su esposa numeró con cuidado: “22 cicatrices” nos dijo y se fue de la casa con los ojos aguados.

Cuando se volvió a poner la camiseta, se sentó y nos empezó a contar su historia: “hace ya varios años, el vecino empezó a molestar con mi finca, me mandaba las vacas y a mí me tocaba ir a sacarlas. Después de un tiempo, vinieron personas extrañas a mover las cercas que había puesto ahí, traté de hablar con ellos pero me amenazaron diciéndome que no me metiera. Esa misma noche vinieron a mi casa a decirme que eran parte de las FARC y que no querían verme otra vez” en ese momento se levantó y nos señaló una valla que apenas se podía ver y nos dijo “Allá se quedaron esa noche mientras yo buscaba a unos amigos que tenían problemas con esas mismas personas, uno de ellos se hablaba con los paramilitares de la zona y por la mañana ya estaban acá”.

Prendí el cigarrillo que había guardado desde la mañana mientras el tomaba un trago de chicha y seguía con su historia “ese día nos alistamos con las armas y caminamos a la valla, y mientras la empezamos a mover a donde era llegaron los otros. Cuando nos vieron empezaron a dispararnos, nosotros se los devolvimos mientras nos acostábamos en el piso. Ese día mataron a dos amigos míos y yo empecé a correr a mi casa para ver cómo estaba mi esposa. Cuando corría me dispararon tantas veces que me levanté 5 días después en mi cama, con mi esposa al lado. ¿Ganamos? Pregunté y me dijeron que no tendría muchos más problemas”. Dijo eso último mientras me fumaba el último cacho del cigarrillo con el cuncho de chicha que quedaba en mi vaso.

Mi amigo y yo aún seguíamos pálidos cuando llegamos a la escuela para dormir, el señor finalmente nos había invitado a comer pero todos nos rehusamos. Jorge nos mandó a dormir y yo me acosté en mi sleeping. No podía dejar de pensar en las cicatrices, las veía sangrar, veía la espalda roja, veía el cuerpo en el piso, veía a la esposa salir de su casa y correr a abrazarlo, veía los brazos de su esposa rojos, hasta que vi el amanecer rojo salir de nuevo por la planicie.

domingo, 5 de mayo de 2013

Cinco aguardientes

Entrando en razón,
Mirando la pasión
De algo tan lejano
Como el amor sin dios
Encuentro en mi vida
La pasión de aquello que está,
Pero que la vida,
Se dedica a alejar
Ese momento en mi
Donde el corazón se pierde,
En la mirada de la perdición
Donde te encuentras tú.

-AC-

viernes, 26 de abril de 2013

El señor


Recuerdo una ciudad en la que el color no le importaba aparecer, por eso llegaba de manera distante y apenas recordaba un sentimiento de discordia perpetua entre los seres que allí se encontraban. Sentados al lado del aroma nacional se oían las soluciones a este inconsciente mar negro que no se alejaba de la disparidad del lago central. Sentados en las sillas de metal no se escuchaba sino el susurro de la ausencia de color en letras. Al lado de las fuentes se oían pasar las máquinas que levitando llevaban el futuro de todos nosotros.
Recuerdo caminar por el paso real y sentirme un dios, mirar las ventas y sentirme el dueño de todas o ver a las personas que con sus ruanas intentaban escapar de esta ciudad lúgubre y permanente, "Yo soy el señor" me decía, razonando sobre mi capacidad de aguantar las heladas de la mañana y de la tarde. Pero cuando pasaba por las plazas de los grandes maestros me sentía como lo que en realidad soy, una persona más con sombrero.


-AC-

martes, 16 de abril de 2013

Des y haz


Sin ser lo que he querido ser
Se ha manifestado en mi
Aquello querer
Para mi desfallecer
¡No otro más que la eternidad!
Sin repercusión  en la realidad
Solo la inmensa levedad
De este nada prodigioso andar

Si mi vida alguna vez tu quisieras regalarme
Ni en las palomas podrás encontrar
El sonido de la eternidad
Que conmigo he de llevar
Para siempre en el trasegar
Por el camino del chamán
Y las ardientes rocas del Indostán
Que las pisadas taparán.

-AC-

jueves, 11 de abril de 2013

De vuelta

Si he de llegar a la eternidad,
Acompañaré a la muerte en su responsabilidad,
No podrá, de mi escapar
Cuando le diga no más

Cómplice de mi ha de ser,
La más bella mujer
Si de mi vida llega a crear,
La verdadera realidad

Solitario en esta noche vagabunda,
De extrañas muertes,
De indiferentes sesiones,
Mi cuerpo no puede descansar.

¡Levántate si tu vida deseas!
Que tu mente no te impida la tarea
Que tu corazón ha de maquinar,
Y tus deseos llegan a imaginar,

Ya que la vida, solitaria se maneja
Y meciendo entre barrancos juega
La eternidad ha de cumplir su tarea
Que no es más que esta horrible vuelta.


-AC-