domingo, 22 de septiembre de 2013

Tiberio

Hacía sol y las ventanas portátiles del techo reflejaban los rayos que caían filtrados por el nuevo domo que su padre había mandado a construir el año pasado y que hasta hace poco lo habían podido estrenar. Él, acostado en el plástico extenso que quedaba regado en el suelo, dejaba que el calor le llegara a la cara. No estaba acostumbrado a descansar de esta manera, usualmente se pasaba sus días fuera de la casa, caminando de un lado a otro buscando donde trabajar, pero últimamente los paros sistemáticos en todas las empresas estatales habían detenido la producción de todos los nuevos posibles bienes y con eso, las posibilidades de unos nuevos empleos, en este último año había aprendido a detestar vivir en la zona industrial de la región, y en uno de los pueblos más pequeños del país, aquí la vida se daba porque el Estado lo permitía y para él pareciera que sus posibilidades no llegaran, y gracias a ésto se había resignado a mirar al cielo, como si quisiera reservar un puesto desde ya para poder dormir cómodamente entre rayos y nubes de colores.
Hoy entonces, había decidido no salir de su casa y aprovechando esto, su padre le había pedido que lo ayudara a arreglar un pedazo del fluido eléctrico de la casa. Caminó por eso hacia la bodega de la casa para buscar las antiguas herramientas de su padre, encontró la habitación muy ordenada como para ser una pieza descuidada y olvidada al reposo, debido claramente a las pocas cosas que allí se guardaban. Cuando se abría la puerta aparecía una biblioteca que no alcanzaba a las rodillas de quien entraba, a su lado se encontraba un pequeño espacio vacío, de hecho, lo único que había en esa habitación aparte de ese mueble era que en una de las esquinas se dejaban las herramientas que había podido conseguir su papá hace muchos años.
Sin embargo, antes de dirigirse hacia la caja, se fijó en el cable que recorría la habitación, se dio cuenta que nunca antes había mirado con detenimiento cómo estaba configurada esta habitación y observó que en realidad habían dos cables que al ir juntos siempre le habían parecido que eran el mismo. Siguió el camino del nuevo cable hacia la biblioteca, la movió a un lado y miró algo que nunca antes había encontrado. Era un pequeño cofre, pegado a la pared que estaba detrás del mueble, el cofre estaba hecho en madera; oscuro y con  sus esquinas partidas se encontraba como flotando en la pared, en su cara visible había una pequeña hendidura superficial, él agarró el cofre por ahí y lo abrió.
Dentro, en uno de sus lados se encontraba un pequeño bombillo, de esos que apenas dejan ver alguna cosa, éste estaba mohoso, acabado, desgastado y sucio al mismo tiempo, pero seguía prendido. En ese momento se le ocurrió pensar en la antigüedad de su casa, por lo que él sabía, su vida la había disfrutado completa únicamente en este lugar, pero nunca se le había ocurrido preguntarle a sus padres cuándo se habían mudado a este lugar, o si ellos mismos lo habían construido, pero ahora miraba un bombillo que podría haber durado flotando en esta pared más de sus mismos años, e incluso muchos más que la frágil pared que en este momento lo sostenía.
Sin embargo, dejó esas preguntas para después, porque en ese momento sus ojos enfocaban, no sin dificultad gracias a la poca luz que allí había, en lo que en primer lugar pensó que era un recorte de un periódico, vio en este pedazo cuadrado unas líneas negras y otras muchas amarillas, pero se dio cuenta que no podía ser, se fijó entonces en que era una caratula de un libro, con manchas amarillas acompasadas con unas imágenes negras dispares para protagonizar una escena famosa de la novela, o el cuento que allí se presentaba.
Quiso cogerlo, pero no pudo, fue en ese momento que se le ocurrió utilizar la linterna de su padre, así que fue hasta la esquina donde estaba la caja de herramientas. La abrió y vio encima de todas las herramientas la linterna que usaba su padre en la cabeza cuando quería llegar a una esquina o a un techo oscuro, se la puso y miró de nuevo el cofre.
Encontró como ya había visto antes, un cuadrado con manchas amarillas y negras, pero en él no habían escenas de imaginaciones ya olvidadas, o noticias de personas que por un momento de sus vidas fueron famosas, encontró solo a una persona y una sola escena, sin periódicos ni novelas conoció en ese momento a alguien, un señor amarillento lo saludó con la mirada, y con una decencia de antaño se quitó su sombrero para dejar ver ese pelo echado para atrás que tenía, después de los protocolos dejó que su boca se abriera para dar paso a un saludo sutil, encausado por medio de su bigote firme e inmortal que mantenía. Con sus ojos miró de arriba hacia abajo esa cabeza con luz que se le acercaba monstruosamente sin despegar palabra, lo regañó con la mirada, pidiendo un poco de respeto a quien ahora tan pausadamente y sin remordimientos le pedía una explicación a su falta de caballerosidad. Se plantó entonces firme, alzó el pecho y se ajustó la corbata de puntos que tenía, esa que su padre le había comprado hace rato y que él se la había robado cuando éste había muerto. Abrió la boca para decir algo, pero sus ojos se hincharon, naturalmente no iba a aguantar tanta fanfarronearía de aquel que venia a distraerlo de sus pensamientos y recuerdos de unas varias vidas pasadas perdidas en aquel cofre que preservaba.

La luz se apagó y el cofre se cerró, Tiberio se despidió, él se arrodilló, olía a naranjas.

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