jueves, 16 de mayo de 2013

Entre Ciudad Bolívar, Meissen y México


Los huecos eran más grandes, las montañas más cercanas, los caminos más angostos. Aún así caminó como si estuviera en casa, sus pisadas sonaban diferentes en este piso de aguas reposadas  y olvidadas que cayeron hace años y nunca pensaron en recorrer, navegar y erosionar las grandes montañas de nuestro vetusto hogar.
Atravesó la calle cuando los escombros, las basuras y la mierda de las zorras lo pusieron nervioso. Viendo caminos riesgosos, suicidas se acobardó de las luces y subió por el puente de serpiente y chillidos de gotas que nunca pusieron terminar de caer. Cuando bajó, sus lagrimas ya se habían sumado al coro perpetuo de lluvias sin punto de destino.
Nunca pudo describirlo como una jungla de cemento ya que siempre le pareció un racimo de cuevas cavadas en el suelo, con ojos que se confundían en el cielo con cuervos de carroña y basura. Jamás una lucha, dijo igualmente, más que solidaridad que la montaña siempre ensombrecía.
Los agujeros de grandes pisadas de gigantes lo condujeron hacia un hormiguero, conoció ahí a los zánganos…. Las aguas son algo misteriosas en esta playa, la tranquilidad se aleja y las olas chocan con grandes pirámides de acero y pólvora. Al oír eso, él miró de lejos y se dio cuenta de los náufragos que yacían descubiertos al lado de las tumbas de pequeñas hormigas.
¿De quién son las pirámides? Se preguntó, cuando no tuvo la respuesta, caminó de vuelta a casa.


-AC-

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