martes, 26 de noviembre de 2013

Ahora sí, escribe

Las palabras no duelen. No solo sientes que te crean tu vida, o que te la destrozan en dos sílabas. No,  me duele es sentir que existan palabras que existen porque sí; porque no encuentran un lugar donde más meterse en la vida, para ellas no existen grietas ni caminos, no existen miradas que invitan a que vengan.
No hablo de las mentiras, de esas palabras que llenas de sentido se destruyen por la obstinación de querer pretender que existe más de un mundo. Aquellos que crean con los sueños perdidos, caminando entre vagas realidades, aquellas que se parecen a los caminos que se rompen con pisadas suaves en sus peldaños de cera; con el susurro suave y solitario de la sombra sumida en la esquina de sus vidas; o con el perfumado canto de una verdad que llega en la brizna de las miradas exactas.
Hablo de palabras que no muestran la vida , ni se dirigen hacia el final de ella. No son simples sílabas escalonadas, o como formidables discursos inalcanzables, o sobre todo como letras compasadas en cuadros semánticos. Hablo de las onomatopeyas del sin sabor, de un limbo inalcanzable entre lo que es  y lo que no es.  Son expresiones que están dentro de lo que no está. Es por eso que no duelen. Es porque no existen.

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