martes, 19 de noviembre de 2013

Sobremesa

-Tómame la mano- dije mientras lo hacía. No necesitaba pedir permiso, pero igual lo dije, por pena tal vez, o cortesía, puede ser.
-Claro-me respondió. No necesitaba confirmación, ya lo había hecho.
En la cuadra que caminábamos no había porterías, en la esquina se percibía a medias lo que yo creía era un parque. La luz no me permitía ver con claridad. Los andenes eran angostos y rotos, de esos en los que uno no podía ver al frente sin tropezar tres veces en tres pasos y a veces caer al suelo, para que sin ver, la acompañante sienta el calor en las mejillas y el sudor en los dedos que levantan del suelo pequeñas memorias de basuras, ¿es lo que se pierde algo realmente perdido? o pueden ser descuidos, cayéndose desde los bolsillos vamos olvidando pequeños recuerdos, o grandes afectos que sin querer se quedan sin luz, entre la mirada sin querer de recicladores, y las manos raspadas de tropiezos en el camino. Por eso caminábamos despacio, concentrados en estar de pié, evitando recordar objetos que pisados se encuentran lastimados, por ahí dejados. Por eso no lo vimos llegar.
No había luna, nuestras voces resonaban entre las paredes de las casas y las calles largas. No oí sus pasos, no vi el reflejo de su reloj cuando alzó su mano. ¿Lo quería ver? no, lo más probable es que aunque fuera de día, y el reflejo de la correa me hubiera pegado en la mitad de los ojos, la hubiera ignorado, porque ni la mitad de la intensidad del sol es comparable con la intensidad de una conversación alegre, esas que mientras hablas te hacen pensar en lo imposible de haberse podido encontrar con ellas, que te hacen olvidar en las mil conversaciones que contaron para que te pudieran presentarla, en la cantidad de plata que has gastado para llegar allá y sobre todo, que te hacen imaginar en el sabor de sus labios después de comprarle un helado de la próxima esquina.
-¿Tienes frío?- le pregunté mientras sentía que una corriente de viendo de noche nos alcanzaba. Fue ahí cuando me di cuenta que había acertado, lo que había visto sí era un parque, esos pequeños de barrios comunes, de aquellos que no alcanzaban a tener una caja de arena. Yo siempre los he llamado parques de perros cuando es de noche, cuando la única actividad que puede encontrarse se pierde en la bolsa de los que paciente e impulsivamente salen con pijama y saco largo. Y parques de micro, por el día, cuando al almuerzo se escuchan los disparos dirigidos a los metales sin red y a los carros estacionados.
-No tranquilo, he sentido noches peores- me dijo sin mirarme. Con la cabeza dirigida al cielo siguió diciendo -En Bogotá se tiene que acostumbrarse a esto- la última sílaba la alargó en un suspiro prolongado, mientras bajaba la cabeza y me hacía una mueca de comedia gringa, parecida a cuando los actores llegaban a una casa nevada a pasar un invierno con sus suegros malos, fastidiosos y cómicos, mientras se frotaba con las manos los antebrazos. Todo un amor.

Así estaba yo perdido, pensando en las casualidades de encontrarme perdido, porque las calles se me hacían meros caminos, trochas que al caminar muestran el siguiente paso, pero que carecen de señales para saber dónde se está, solo una mirada hacia delante puede delatar algo que con los pies carecemos: las ganas de llegar. Aventurero aquel que escribe sin utilizar las manos, ni un teclado, porque es la vista y el sentimiento la cualidad primaria de estar. Escribir no es más que estar perdido, sentir con la planta del pie la realidad de estar en un camino sin saber a donde llegar, y pensar que la vida aunque esté a unos pasos más allá, necesita saber cómo llegar. Así que escribí al verte y me perdí contigo. Me olvidé que un camino no llega si no existen otros, millones de sentimientos que se pierden porque en la periferia de la sombra del camino se olvidan más que la propia existencia de estar caminando. Uno de ellos es el miedo.

Ese día caminé por las esquinas de mi vida, estaba experimentando de nuevo la mirada de una mujer que andaba igual de perdida que yo, y me di cuenta que entre los grandes orificios de los caminos y las calles, contienen visiones que se quedan suspendidas, realidades creadas por seres que desconocidos han vivido antes que tú y que se acuerdan de estar en la misma sensación. Fue mirando por los agujeros de esa esquina que lo vi, en ese momento no me fijé en nada más que su silueta, que oscura caminaba por una sombra menos oscura del barrio. Sus brazos se notaban cuando los alzaba, pero a 30 metros los guardó debajo de un gabán largo, para ese momento había atravesado una pequeña luz. Me fijé en su barba, que contrastaba con la mía, poblada, grande y se podría decir protuberante, por lo largo que era.
La ráfaga de millones de gritos vinieron a mí, supe en ese momento que en el lugar que estaba de pie habían pasado generaciones de impulsos negativos, montones de ideas perdidas en segundos de cuchillos y fierros largos, incontables sentimientos que quedan perdidos por siempre al ser borrados por la pisada inquisidora de un intruso en incontables vías, era el lugar de llegada de caminos largos, cortos y la inexistencia de un pensamiento racional que coincidiera con todas ellas. No sabía por qué lo sentía, ya lo habían atracado una vez, pero ya no pensaba en eso cuando caminaba, el peso inmoral del odio ya había dejado huella. Después me di cuenta que fue la intermitencia de la luz, y la percepción de no saber quién era lo que me hicieron saber en ese momento lo que nunca hubiera pensado a la luz del día, la sensación de odio y miedo que desbordan la capacidad humana de caminar pensando.

-Tómame la mano- dije mientras lo hacía. No quería pedir permiso, no había necesidad para pensar algo más.
No me respondió, simplemente agarró mi mano con fuerza mientras veíamos que él llegaba.
Nunca le vi sus ojos, para mí quedó como el hombre de la barba y el gabán largo que pasó por nuestro lado una noche fría en Bogotá. A él lo saludo, por mostrarme que mi camino tiene vergonzosos límites.

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