La luz es una
condición que en esta ciudad no puede darse por obtenida tan fácilmente, es una
ventaja que en Bogotá, en realidad, toca buscarla entre días perdidos,
escondidos entre tareas imposibles de llevar a cabo, viajes interminables entre
sus extremos y tiempos de espera infinitos ante el recibidor de muertes
anunciadas. Así he vivido toda mi existencia, he buscado la luz entre reflejos
de ventanas y relámpagos de agua que salen de los charcos permanentes asentados
en las calles de siglos pasados.
La he encontrado
mirándome por la noche, estancada en postes, aquellos que por arte de magia se
convierten en caminos de milagros entre callejones y parques inciertos, pero no
ha sido suficiente, es una luz que no alcanza a cubrir la distancia de una calle
y no logra cruzar las esquinas peligrosas de la inmensidad estacionada en
metales con mangos de plástico.
Igualmente he
tratado de crearla, me he sentado en el centro de la oscuridad encontrada en el
parque—que no es ni mucho menos parecida a la de la calle, ésta oscuridad se
encuentra en movimiento con el viento y transforma los sentidos, te invita a
oler, te invita a respirar y te permite saborear la profundidad de la soledad—y
sentado he abierto mis ojos tratando de encontrar un catalizador, cualquier
elemento, algo, ya sea pequeño, grande o monstruosamente invisible que sirva
como ignición ante el cual pueda yo arrojarme para prender la luz, pero no he
encontrado ninguno.
En la lluvia he
encontrado destellos diminutos , y aquí en Bogotá, he podido encontrar millones
diarios, pero son sonrisas efímeras en mis ojos, aquellas que apenas tocan el
suelo se estallan para dejar una mancha temporal pero molesta en la cara y en
la ropa, pero que al cabo de un tiempo se secan, dejan de existir y solo con un
acto de recuerdo intenso, podemos saber que en algún momento llovió y que
alguna vez pudimos encontrar un destello bajando hacia nosotros.
Y me decepciono al
notar que los milagrosos días de sol son aquí dolorosos, tanto que en los
puentes la reflexión es tan intensa que las personas deben caminar con los ojos
cerrados, buscando una persona a la cual agarrarse para siquiera caminar,
igualmente, sin estar caminando el dolor empieza a invadir y a desbordad las
capacidades humanas para soportarlo, es entonces una luz dañina, que no sirve para nada en la vida
diaria, retrasa las capacidades del hombre para pensar e imaginar, pero sobre
todo, genera en cada uno de nosotros las ganas de acostarnos para buscar la
oscuridad personal del sueño.
Renuncié entonces a
la luz en Bogotá, me refugié entre árboles grandes y me he dedicado a cerrar
los ojos y pensar en ella, porque aún así tenga los ojos cerrados, sé que en
realidad, el reflejo de esa memoria me puede dar la capacidad de encontrar más
allá de un destello, un roto entre estas nubes grises para seguir viviendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario