jueves, 3 de octubre de 2013

Buscando un clima

La luz es una condición que en esta ciudad no puede darse por obtenida tan fácilmente, es una ventaja que en Bogotá, en realidad, toca buscarla entre días perdidos, escondidos entre tareas imposibles de llevar a cabo, viajes interminables entre sus extremos y tiempos de espera infinitos ante el recibidor de muertes anunciadas. Así he vivido toda mi existencia, he buscado la luz entre reflejos de ventanas y relámpagos de agua que salen de los charcos permanentes asentados en las calles de siglos pasados.

La he encontrado mirándome por la noche, estancada en postes, aquellos que por arte de magia se convierten en caminos de milagros entre callejones y parques inciertos, pero no ha sido suficiente, es una luz que no alcanza a cubrir la distancia de una calle y no logra cruzar las esquinas peligrosas de la inmensidad estacionada en metales con mangos de plástico.

Igualmente he tratado de crearla, me he sentado en el centro de la oscuridad encontrada en el parque—que no es ni mucho menos parecida a la de la calle, ésta oscuridad se encuentra en movimiento con el viento y transforma los sentidos, te invita a oler, te invita a respirar y te permite saborear la profundidad de la soledad—y sentado he abierto mis ojos tratando de encontrar un catalizador, cualquier elemento, algo, ya sea pequeño, grande o monstruosamente invisible que sirva como ignición ante el cual pueda yo arrojarme para prender la luz, pero no he encontrado ninguno.

En la lluvia he encontrado destellos diminutos , y aquí en Bogotá, he podido encontrar millones diarios, pero son sonrisas efímeras en mis ojos, aquellas que apenas tocan el suelo se estallan para dejar una mancha temporal pero molesta en la cara y en la ropa, pero que al cabo de un tiempo se secan, dejan de existir y solo con un acto de recuerdo intenso, podemos saber que en algún momento llovió y que alguna vez pudimos encontrar un destello bajando hacia nosotros.

Y me decepciono al notar que los milagrosos días de sol son aquí dolorosos, tanto que en los puentes la reflexión es tan intensa que las personas deben caminar con los ojos cerrados, buscando una persona a la cual agarrarse para siquiera caminar, igualmente, sin estar caminando el dolor empieza a invadir y a desbordad las capacidades humanas para soportarlo, es entonces una  luz dañina, que no sirve para nada en la vida diaria, retrasa las capacidades del hombre para pensar e imaginar, pero sobre todo, genera en cada uno de nosotros las ganas de acostarnos para buscar la oscuridad personal del sueño.

Renuncié entonces a la luz en Bogotá, me refugié entre árboles grandes y me he dedicado a cerrar los ojos y pensar en ella, porque aún así tenga los ojos cerrados, sé que en realidad, el reflejo de esa memoria me puede dar la capacidad de encontrar más allá de un destello, un roto entre estas nubes grises para seguir viviendo.

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