-¿Podrías esperarme
una vez más?-
Esa frase fue la
última que se le quedó en la memoria, mucho después de que hubieran hablado y que él hubiera
llegado a su casa. El bus no había ayudado, como era tan de noche no habían más
de dos personas sentadas, incluyéndolo a él. El silencio de la noche parece
agradable al lado de la desesperanza del conductor por recoger personas y el
chirrido agónico que es la carranga y el vallenato que acompaña la trayectoria.
EL dolor de cabeza
se había vuelto normal esta semana y los huecos en el camino no hacían más que
aumentarlo cada vez más, además que no lo dejaban dormir. Su primer plan era ir
a su casa, tomarse un dolex, ver una película y acostarse a dormir, o así era
la rutina que había adquirido después de darse cuenta que estaba solo y que
estaba empezando a dormirse una hora más tarde cada día que pasaba.
Pero cuando el bus
se detuvo en un semáforo, vio por la ventana que en una pared había una cara
alegre, era un hombre de no más de 40 años, tenía un gorro viejo en la cabeza y
un vello facial de no menos de 3 semanas. Aunque estaba en la calle tan tarde,
se veía tranquilo y alegre. Para este hombre no se movía el tiempo porque no le
importaba la imagen exterior, yo no le importaba, ni cuántos buses pasaran por
la calle.
Por eso se bajó, la
anormalidad de lo que veía le impedía seguir sentado en el bus, quiso
preguntarle muchas cosas, quiso tocarlo y sacudirlo para que pudiera parpadear,
pero no se atrevió a atravesar el pasto que lo separaba de él. Simplemente lo
miró hasta que sus ojos se cansaron de parpadear y su cuello dejara de moverse
cuando oía cualquier carro pasar. Pensó en la conversación que había tenido
unas horas antes y le preguntó:
-¿Te irás?-
Al oír su respuesta,
trató de mirar si venía un bus. La calle estaba oscura. Empezó a caminar hacia
su casa, pasó por el lugar que años atrás lo habían atracado y le habían
quitado hasta los zapatos, pero pasó igualmente, la paranoia y el miedo se le
habían desvanecido. Se alegró de sentir eso, al igual que lo sorprendió.
Hoy es un día para
renacer, pensó mientras dictaba su monólogo antes de dormir, mañana puede que
tenga confidencia en mí mismo. Tal vez es mejor no imaginar que el cielo se
queme o que la luna nazca. No, las ganas de que algo suceda no significan nada,
puede que la mente, al final de todo, no pueda mover para nada la materia.
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