sábado, 10 de agosto de 2013

-¿Podrías esperarme una vez más?-
Esa frase fue la última que se le quedó en la memoria, mucho después  de que hubieran hablado y que él hubiera llegado a su casa. El bus no había ayudado, como era tan de noche no habían más de dos personas sentadas, incluyéndolo a él. El silencio de la noche parece agradable al lado de la desesperanza del conductor por recoger personas y el chirrido agónico que es la carranga y el vallenato que acompaña la trayectoria.
EL dolor de cabeza se había vuelto normal esta semana y los huecos en el camino no hacían más que aumentarlo cada vez más, además que no lo dejaban dormir. Su primer plan era ir a su casa, tomarse un dolex, ver una película y acostarse a dormir, o así era la rutina que había adquirido después de darse cuenta que estaba solo y que estaba empezando a dormirse una hora más tarde cada día que pasaba.
Pero cuando el bus se detuvo en un semáforo, vio por la ventana que en una pared había una cara alegre, era un hombre de no más de 40 años, tenía un gorro viejo en la cabeza y un vello facial de no menos de 3 semanas. Aunque estaba en la calle tan tarde, se veía tranquilo y alegre. Para este hombre no se movía el tiempo porque no le importaba la imagen exterior, yo no le importaba, ni cuántos buses pasaran por la calle.
Por eso se bajó, la anormalidad de lo que veía le impedía seguir sentado en el bus, quiso preguntarle muchas cosas, quiso tocarlo y sacudirlo para que pudiera parpadear, pero no se atrevió a atravesar el pasto que lo separaba de él. Simplemente lo miró hasta que sus ojos se cansaron de parpadear y su cuello dejara de moverse cuando oía cualquier carro pasar. Pensó en la conversación que había tenido unas horas antes y le preguntó:
-¿Te irás?-
Al oír su respuesta, trató de mirar si venía un bus. La calle estaba oscura. Empezó a caminar hacia su casa, pasó por el lugar que años atrás lo habían atracado y le habían quitado hasta los zapatos, pero pasó igualmente, la paranoia y el miedo se le habían desvanecido. Se alegró de sentir eso, al igual que lo sorprendió.

Hoy es un día para renacer, pensó mientras dictaba su monólogo antes de dormir, mañana puede que tenga confidencia en mí mismo. Tal vez es mejor no imaginar que el cielo se queme o que la luna nazca. No, las ganas de que algo suceda no significan nada, puede que la mente, al final de todo, no pueda mover para nada la materia.

No hay comentarios:

Publicar un comentario