Me siento a esperar a que una luz aparezca, en la oscuridad de un día que está pero que no ha llegado. Esa obsesión lingüística de determinar con palabras análogas cualquier fenómeno que sucede a diario, pero que rara vez somos capaces de identificar, ya sea porque no lo alcanzamos a concebir aún este afuera de nuestras ventanas, o sea tal vez, porque las regulaciones que desde los inicios de nuestra existencia han determinado las posibilidades de la reproducción de lo que somos, han determinado que no podamos apreciar con suficiente detenimiento aquella situación a la que nos ocultamos a diario, la madrugada.
¿Qué encuentran de "mañana" a una profunda noche en la que el frío se siente pero no se ve? No son como copos de nueve que caen plácidamente cuando son iluminados por las pequeñas pero abundantes farolas de los parques, donde podrían jugar fútbol un grupos de amigos del barrio, si no fueran porque las amenazas de esas leyes que existen pero que nadie se atreve a pronunciar, proscriben los bullicios innecesarios, ésos que convierten los sueños en cartas imposibles de leer. Tampoco como cubos de granizos, que se ven cuando las tejas del barrio se van rompiendo, o cuando con el golpe de la ventana despiertan a aquellos que serán los encargados de limpiarlas el día siguiente.
Es que la madrugada en Bogotá se demora en avisar, y la falta de luz no es en este caso un indicador suficiente para que nos demos cuenta que la hora de dormir ya pasada está. Son las lluvias plácidas que sirven de canto para dormir, son los programas de otra época que les recuerdan a los pocos nostálgicos y desocupados que todavía hay espacio en este mundo para ellos, y que les dan razones para pensar que todo tiempo pasado fue mejor, claro que eso también se explica por su desgano y su falta de fuerzas, cuando la verdadera mañana despierta, y también están los celadores con bufanda, que se resguardan en cubículos y ruanas a escuchar esos comentarios de generaciones pasadas, y se pierden nostálgicamente cuando ven un Renault 4, y se ocultan en la mística de una ciudad que parece no envejecer.
Pero yo les digo una cosa, para sentir la noche de Bogotá, no hace más falta que recordar cómo un amante nos pone un hielo en la nuca, que suavemente se va desplazando "hacia ese roto donde ya la espalda cambia de nombre", que va dejando un líquido que invade todos los pliegos de nuestra piel. Es por eso que la noche encuentro la pasión de alguien que puede ya no estar.
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