Bajo los escombros de
la vetusta edificación que milagrosamente se mantenía en pie, en la cual
Hefesto podría mirarla en el epílogo del tiempo, en la vejez de la razón, en
donde ni los hombres ni la historia se encuentran sino que la razón y el
pensamiento se separan de la fijación física,
franquean el mundo de las ideas, destruyen las figuras entre sombras, y
se conjuran en la inmensidad perpetua de una nada colosal, se hallaban unas
escaleras ocultadas por una trampilla de madera sin cerrojo. Las escaleras
bajaban en forma de caracol, eran en total 30 escalones que a diferencia de sus
pares exteriores se mantenían intactos en el tiempo, salvo las decoraciones que
hace rato se habían despedido de todo el edificio. Terremotos, inundaciones y
remolinos, parecía que no había poder humano, sobrehumano o natural que pudiera
derrotar a estas simples escaleras, tiempo después se dirá que Horus se
desencantó de la realidad de este pequeño orificio de tal manera que lo dejó a
la merced de su propia existencia. Un pequeño hueco se encontraba al final del
último escalón, el cual desembocaba en un largo túnel, si de mediciones se
entendiera en esta oscuridad se podría imaginar una distancia de medio
kilómetro horizontal.
-AC-
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