Poco a poco, entre segundos que van pasando.
Sabemos que a cada rato pasan, a veces los contamos, otras los preguntamos; en momentos los pensamos, en otros tantos los imaginamos. Pero inevitablemente nos convertimos en seres bipolares. En unos estamos constantemente preguntándonos sobre el principio y el fin de lo que hacemos, de lo que somos, y en ese momento la experiencia del tiempo se materializa. Somos conscientes que respiramos, que crecemos.
En un segundo entonces he atracado en un golfo de conciencia, donde la extensión de lo real se convierte en una piscina que al mirar a tierra se encuentran todo tipo de animales distintos, degenerados de especies que ya conocía de otras islas, otras bahías, otras orillas. Ya sea entonces en el transporte público, en una reunión familiar, o tal vez viendo una revista, he encontrado líneas de crecimiento que han rayado una distancia entre las personas que conocía, y aquellas que estaba viendo al pasar el tiempo de un latido. Expresiones que notaban madurez donde no lo habían, miradas que demostraban interés dentro de la curiosidad, pasos que desprendían dudas cuando reinaba el narcisismo.
Pero hay momentos en donde el pecho se infla y el corazón sigue con inercia. La realidad entonces pasa de ser un círculo inspirado en las altas y distantes esferas celestiales, a estar organizada en fractales. Pequeñas organizaciones de la vida cotidiana se van apoyando mutuamente, una encima de la otra, pero todas dentro de ellas mismas. La conciencia de lo que estamos haciendo se vuelve entonces en un segundo la continuación de todas las actitudes totales de lo que somos. Al contrario del golfo, este momento en la vida constituye la peor de las tormentas a mar abierto de tipo novelesco. Es la confirmación de todos los males, pero la satisfacción de todos los poderes; miedo, peligro y pavor reinan a lado y lado, pero solo se puede llegar a "ser" cuando por la gallardía, la valentía y la disciplina de cada uno de los músculos en la nave pueden hacer la totalidad de las acciones que faltan por hacer. Es ahí cuando tiempo no existe, tiempo no es vida, tiempo es pensar, y pensar, en estos momentos, es perder.
Por estas razones es que los segundos son a la vez la muerte y la vida, así como la satisfacción en la depresión. Tal vez no estamos ni muertos ni vivos, sino simplemente estamos existiendo en este gran conjunto de lo tangible y lo intangible. Donde la conciencia reina y sirve, y posiblemente lo único que nos mantiene aquí, es el poder biológico de poder decir: "siguiente".
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