Hay gran número de argumentos que muestran a las ciudades como un ser vivo, alguien que se mueve entre las personas, siendo como una sombra construyendo siluetas entre contornos informales, generando vigas entre zonas que se escapan de la proyección natural del sol. Pero sobre todo es la sensación de estabilidad impotente que resulta de la rutina y la extravagante inmensidad que suele ser la ciudad latinoamericana por excelencia. Esa capital que todo lo siente, todo lo archiva y nada lo sabe; que crece y aguarda entre sábanas periféricas extendidas, alabada sea esa imagen de sinfonía de la destrucción que sentimos al compás de grandes novelas, películas, canciones y cantidades absurdas de palabras que salen de los chistes diarios y las quejas recurrentes de los que tenemos que habitar en esta organización anárquica. O eso es lo que nos llega.
Pero lo anárquico es uno de esos aspectos del caos que al vivirlos resultan organizados en su mismo ser. Rolos, nos llamamos aquellas personas que decimos conocer esta ciudad, expertos en el conocimiento impráctico que es coger un Transmilenio y saber dónde para, poder ayudar a una extranjera cuando la vemos confundida entre puntos negros de una pequeña recta blanca. Pero no hay un nombre en realidad que demuestre la facilidad de sentir a la ciudad, saberla llevar o cogerle el tiro a lo que entre andenes pasa.
Al salir del cualquier lugar en el centro de la ciudad, uno se puede dar cuenta de ello, hay grupos de gente casi albinas cambiado hacia un degradé característico en personas que no pueden acercarse más al antónimo de campesino colombiano. Hay otro par de personas que caminan mirando al piso, conociendo por primera vez por donde camina, saludando a huecos familiares nunca antes vistos o a pequeñas subidas de terreno que suelen llegar inesperadamente. Otro que se queda mirando a espectaculos dignos de cualquier feria de pueblo, de hecho solo caminar por la séptima puede uno encontrarse con mimos, grupos de vallenato, rock o el que canta villancicos y alabanzas, hay también shows artísticos, comediantes, ventas de jugos y sus frutas originarias. Pero estamos nosotros, quienes caminamos rápido para pasar entre todas las demás personas, sin mirar más allá del futuro que nos espera en un bus y en la seguridad de poder bajarnos con facilidad, resoplamos ante grupos demasiado grandes o ruidos demasiado molestos, o a olores demasiado fuertes, o a realidades demasiado tangibles.
Yo sí les tengo nombre a aquellas personas que logran alcanzar esa sensibilidad que requiere esta ciudad, que no es ninguna de las divisiones que antes miraba, no tiene mucho que ver con eso. Son los laguneros quienes presuponen que su vida diaria en esta metrópoli hace parte ya de sus procesos biológicos. Y su secreto es porque saben que entre sociedades anárquicas existen métodos de correspondencia mutua entre todas las unidades que hacen parte de esta, y aunque no lo sepan, hay un lenguaje común que mueve la vida diaria de cada una de ellas. Son laguneros porque saben que el gran discurso de Bogotá no son los pitos y las malas miradas, sino es la gran hipocresía de la calma de un espejo de agua. Cada uno de ellos hace una apuesta demasiado grande de soportar, y coge diariamente un bote sin remos en la esquina más iluminada de un lago, queriendo ir al otro lado. Al principio la vista sabe bien que desde la orilla reconoció una roca y la evita sin mayor esfuerzo. Pero por cada vez que rema, la sombra que el bote lanza se va diluyendo con las olas que produce su esfuerzo y la velocidad renace en una insatisfacción de no conocer si ya ha dado la vuelta o si esa orilla es la orilla a la que va, o si en realidad es a la que precisamente no quiere atracar. Y se pregunta, ¿cómo puede ser tan difícil, si desde el principio se veía como una piscina? Y sí, hay más preguntas que nacen, pero lo más importante es que se ha dado cuenta que donde vive no es la más incurable de las grandes desorganizaciones que tiene el mundo y que su vista alcanza. No, es la gran decepción de ver una calle así como una ola, de manera inofensiva, ¡pero puede verla, está ahí al frente!. Es conocer el destino sin poder esperar a cabalidad una imagen perfecta de otra orilla u otra entrada sin grandes cambios. Pero sobre todo, es tener conciencia que tarde o temprano va a tener que nadar entre olas reales, visibles entre el esfuerzo de su cuerpo y ¿qué va a hacer en ese momento?
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