domingo, 15 de marzo de 2015

Eje ambiental


Hay gran número de argumentos que muestran a las ciudades como un ser vivo, alguien que se mueve entre las personas, siendo como una sombra construyendo siluetas entre contornos informales, generando vigas entre zonas que se escapan de la proyección natural del sol. Pero sobre todo es la sensación de estabilidad impotente que resulta de la rutina y la extravagante inmensidad que suele ser la ciudad latinoamericana por excelencia. Esa capital que todo lo siente, todo lo archiva y nada lo sabe; que crece y aguarda entre sábanas periféricas extendidas, alabada sea esa imagen de sinfonía de la destrucción que sentimos al compás de grandes novelas, películas, canciones y cantidades absurdas de palabras que salen de los chistes diarios y las quejas recurrentes de los que tenemos que habitar en esta organización anárquica. O eso es lo que nos llega.

Pero lo anárquico es uno de esos aspectos del caos que al vivirlos resultan organizados en su mismo ser. Rolos, nos llamamos aquellas personas que decimos conocer esta ciudad, expertos en el conocimiento impráctico que es coger un Transmilenio y saber dónde para, poder ayudar a una  extranjera cuando la vemos confundida entre puntos negros de una pequeña recta blanca. Pero no hay un nombre en realidad que demuestre la facilidad de sentir a la ciudad, saberla llevar o cogerle el tiro a lo que entre andenes pasa.
Al salir del cualquier lugar en el centro de la ciudad, uno se puede dar cuenta de ello, hay grupos de gente casi albinas cambiado hacia un degradé característico en personas que no pueden acercarse más al antónimo de campesino colombiano. Hay otro par de personas que caminan mirando al piso, conociendo por primera vez por donde camina, saludando a huecos familiares nunca antes vistos o a pequeñas subidas de terreno que suelen llegar inesperadamente. Otro que se queda mirando a espectaculos dignos de cualquier feria de pueblo, de hecho solo caminar por la séptima puede uno encontrarse con mimos, grupos de vallenato, rock o el que canta villancicos y alabanzas, hay también shows artísticos, comediantes, ventas de jugos y sus frutas originarias. Pero estamos nosotros, quienes caminamos rápido para pasar entre todas las demás personas, sin mirar más allá del futuro que nos espera en un bus y en la seguridad de poder bajarnos con facilidad, resoplamos ante grupos demasiado grandes o ruidos demasiado molestos, o a olores demasiado fuertes, o a realidades demasiado tangibles.


Yo sí les tengo nombre a aquellas personas que logran alcanzar esa sensibilidad que requiere esta ciudad, que no es ninguna de las divisiones que antes miraba, no tiene mucho que ver con eso. Son los laguneros quienes presuponen que su vida diaria en esta metrópoli hace parte ya de sus procesos biológicos. Y su secreto es porque saben que entre sociedades anárquicas existen métodos de correspondencia mutua entre todas las unidades que hacen parte de esta, y aunque no lo sepan, hay un lenguaje común que mueve la vida diaria de cada una de ellas. Son laguneros porque saben que el gran discurso de Bogotá no son los pitos y las malas miradas, sino es la gran hipocresía de la calma de un espejo de agua. Cada uno de ellos hace una apuesta demasiado grande de soportar, y coge diariamente un bote sin remos en la esquina más iluminada de un lago, queriendo ir al otro lado. Al principio la vista sabe bien que desde la orilla reconoció una roca y la evita sin mayor esfuerzo. Pero por cada vez que rema, la sombra que el bote lanza se va diluyendo con las olas que produce su esfuerzo y la velocidad renace en una insatisfacción de no conocer si ya ha dado la vuelta o si esa orilla es la orilla a la que va, o si en realidad es a la que precisamente no quiere atracar. Y se pregunta, ¿cómo puede ser tan difícil, si desde el principio se veía como una piscina? Y sí, hay más preguntas que nacen, pero lo más importante es que se ha dado cuenta que donde vive no es la más incurable de las grandes desorganizaciones que tiene el mundo y que su vista alcanza. No, es la gran decepción de ver una calle así como una ola, de manera inofensiva, ¡pero puede verla, está ahí al frente!. Es conocer el destino sin poder esperar a cabalidad una imagen perfecta de otra orilla u otra entrada sin grandes cambios. Pero sobre todo, es tener conciencia que tarde o temprano va a tener que nadar entre olas reales, visibles entre el esfuerzo de su cuerpo y ¿qué va a hacer en ese momento?

domingo, 8 de marzo de 2015

¿Eres tu?

¿Ves alguna sonrisa
que solitaria arranca
que se detiene si la alcanzas?
¿O sientes una mirada
que te sigue si te cansas
y vuela si la atrapas?

Es verdad,
Es difícil escapar de aquella cárcel
como es de frágil la voluntad de escaparse,
pero no importa, tu sigues adelante.

Tal vez has sido de esas,
que para respirar han bajado la mirada
y que para descansar,
han intentado soñar con esa mirada extraña.

Aquella que a través de milenios encuentras,
que los cuerpos ocultan
y que a veces desaparece,
dejándote ahogada entre cuerpos inertes,
porque son esos ojos y esa boca
lo que te puede salvar de poder llegar.

Una y otra, otra más y ya llegas
¿A dónde vas si no te dejas atrapar,
si para parar has tenido que andar?
De nuevo al pasar, y por fin al terminar,
entre escalas de cristal
y movimientos al azar.

domingo, 1 de marzo de 2015

Esquizofrenia

Poco a poco, entre segundos que van pasando.
Sabemos que a cada rato pasan, a veces los contamos, otras los preguntamos; en momentos los pensamos, en otros tantos los imaginamos. Pero inevitablemente nos convertimos en seres bipolares. En unos estamos constantemente preguntándonos sobre el principio y el fin de lo que hacemos, de lo que somos, y en ese momento la experiencia del tiempo se materializa. Somos conscientes que respiramos, que crecemos. 
En un segundo entonces he atracado en un golfo de conciencia, donde la extensión de lo real se convierte en una piscina que al mirar a tierra se encuentran todo tipo de animales distintos, degenerados de especies que ya conocía de otras islas, otras bahías, otras orillas. Ya sea entonces en el transporte público, en una reunión familiar, o tal vez viendo una revista, he encontrado líneas de crecimiento que han rayado una distancia entre las personas que conocía, y aquellas que estaba viendo al pasar el tiempo de un latido. Expresiones que notaban madurez donde no lo habían, miradas que demostraban interés dentro de la curiosidad, pasos que desprendían dudas cuando reinaba el narcisismo.
Pero hay momentos en donde el pecho se infla y el corazón sigue con inercia. La realidad entonces pasa de ser un círculo inspirado en las altas y distantes esferas celestiales, a  estar organizada en fractales. Pequeñas organizaciones de la vida cotidiana se van apoyando mutuamente, una encima de la otra, pero todas dentro de ellas mismas. La conciencia de lo que estamos haciendo se vuelve entonces en un segundo la continuación de todas las actitudes totales de lo que somos. Al contrario del golfo, este momento en la vida constituye la peor de las tormentas a mar abierto de tipo novelesco. Es la confirmación de todos los males, pero la satisfacción de todos los poderes; miedo, peligro y pavor reinan a lado y lado, pero solo se puede llegar a "ser" cuando por la gallardía, la valentía y la disciplina de cada uno de los músculos en la nave pueden hacer la totalidad de las acciones que faltan por hacer. Es ahí cuando tiempo no existe, tiempo no es vida, tiempo es pensar, y pensar, en estos momentos, es perder. 
Por estas razones es que los segundos son a la vez la muerte y la vida, así como la satisfacción en la depresión. Tal vez no estamos ni muertos ni vivos, sino simplemente estamos existiendo en este gran conjunto de lo tangible y lo intangible. Donde la conciencia reina y sirve, y posiblemente lo único que nos mantiene aquí, es el poder biológico de poder decir: "siguiente".