viernes, 12 de junio de 2015

Creando desasosiegos

“No podemos huir, por más de que intentemos, de la fraternidad universal. Nos amamos todos los unos a los otros, y la mentira es el beso que mutuamente intercambiamos.” Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Sentado en un banco de madera, de aquellos que al no tener una tabla fija se sostienen por sucesiones de tablas acomodadas al paralelo y se levantan como olas incompletas, el hombre mira hacia el horizonte. Claro, si hubiera alguno, ya que la más lejana distancia que sus ojos llegarían a percibir se encuentra eclipsada por objetos que solo la perspectiva puede mover. Sin embargo podía recitar a ojo cerrado lo que turistas locales confundían con temor y desconfianza.
Si tuvieran el tiempo para sentarse con él y escucharlo, les diría que a su espalda se encuentra una pared, que blanca por el día y amarilla por la noche enmarca unos grafitis difíciles de entender; que en su mano del cigarrillo llegan sosegadas las ráfagas apagadas del característico frío capitalino, perdidas ante paredes de concreto e inestables vigas de hierro; que ante sus ojos se encuentra un degradé del color negro, el cual empieza con la punta de la cruz apuntando a un mapa celestial ausente y desciendo hasta un sendero que rodea al parque hasta llegar a su mano débil, en donde se ubican esperanzas de comerciantes neonatos.
Pero ahora que han caminado hasta acá, pueden escuchar una frase que ha creado una reverbación auditiva: El hombre puede hacer magia. ¿Qué, qué fue eso? se preguntarán con asombro al parar y entender cada una de las palabras que este señor casi sin abrir la boca ha dicho. Es claro que no el mundo no es uno de fantasía, donde la mentira disfrazada de ficción se apoya en cuestiones imposibles, como la magia.
Ahora que la atención les ha llegado, escuchemos con cuidado qué quiere decir, ¿será aquella magia que hace levitar objetos? O aquella que hace transformar a las personas en lobos esteparios difíciles de percibir y catalogar. No, es difícil pensar en algo así, menos para un adulto como él. Hay que dejar ese nivel de ficciones a aquellos incrédulos que ven a eso abstracto como algo real, no, eso no es para mí.
—Perdón, ¿le incomoda que me siente aquí?
—No, claro que no.
—Hace poco dijo usted que el hombre podía hacer magia.
—Claro que puede.
—No entiendo, ¿cómo un hombre puede llegar a hacer algo imposible?
—Mintiendo.
—¿Qué relación hay de lo uno a lo otro?

De pie el hombre mira hacia adelante, da unos pasos y se queda de pie. En todo ese proceso, que se caracteriza por la lentitud de mi proceso mental, la mentira llena de eco mi ser, no lo entiendo, ¿acaso la mentira no era mala? Recuerdo al Golem de Borges, la mentira, en este caso, es mala desde el mismo sabor de sus letras y desde el sencillo dictado de sus sílabas. 
—Ahora estoy en un lago no muy profundo, y estoy parado en una piedra no más grande que el área de mis piés—dijo con claridad. Era mentira, obviamente. El hombre se encontraba en la mitad del sendero que atravesaba el parque de un lado al otro.
—Si doy un paso más, me puedo mojar.
—No, no es así.
—Un rayo acaba de quemar la hoja que es el cielo en esta noche. Ha dejado una marca, una raya imposible de borrar que dibuja una cartografía más brillante que las estrellas, más claras que las nubes.
—¿De qué habla?
—Solo de lo que veo. Veo un cuadrado tan perfecto que se convierte en un círculo al parpadear. Una pintura tan bella que cuando cierro los ojos veo otra.
—¿Me cree estúpido? Aquí solo hay pasto, árboles y personas caminando de un lado al otro.
—Aquí hay magia,una que solo se alcanza a ver cuando se deja de lado aquello que es.
—Que montón de patrañas está diciendo, la magia consiste en ilusiones, mentiras tapadas por trucos ingeniosos.
—Es todo lo contrario, la realidad consiste en trucos ingeniosos de la naturaleza. La magia es la mentira de todo, la vedad en sí misma. Aquello que no conocemos y queremos. Lo que existe cuando no está acá, por eso está lloviendo y hay aquí un lago de fantasías más grandes que usted y yo.
—Me voy, esto es inútil, usted está loco temo decirle.

Me disculparán si les interrumpo este penoso intento de relato. Mi compañero, aquel que se acaba de ir con palabras de frustración no alcanza tal vez a comprender, déjenme les explico. No quiero hacerlos ver como ilusos, ni mucho menos soy yo el loco que anda diciendo irresponsabilidades ante todos ustedes. 
Para mi sí existe un lago a mis pies, ese lago que tiene unas piedras de diferentes circunferencias y tonalidades que siguen un camino. Está lloviendo y del cielo caen gota a gota esperanzas hechas en las promesas de un mejor mañana, ese que se promete una y otra vez por parejas nacientes que vienen acá a refrendar acuerdos hechos por sus impacientes miradas. Un relámpago dibuja fronteras mucho más lejanas que aquellas que el reflejo de la escasa luz provoca en mis ojos.
El mundo está hecho por la magia que crean los hombres con su pensamiento, es la esencia del arte, aquella capacidad de mentir lo más bellamente posible hasta llegar al punto de crear imágenes que reflejen con más veracidad lo que nuestro corazón cree que siente. Los hombres somos magos, y con la naturaleza de las cosas jugamos a diario para hacer la ficción más mentirosa, y por lo tanto, más cercana a la realidad del ser en nosotros, expandiendo aquellos límites de los territorios que conocemos.

domingo, 15 de marzo de 2015

Eje ambiental


Hay gran número de argumentos que muestran a las ciudades como un ser vivo, alguien que se mueve entre las personas, siendo como una sombra construyendo siluetas entre contornos informales, generando vigas entre zonas que se escapan de la proyección natural del sol. Pero sobre todo es la sensación de estabilidad impotente que resulta de la rutina y la extravagante inmensidad que suele ser la ciudad latinoamericana por excelencia. Esa capital que todo lo siente, todo lo archiva y nada lo sabe; que crece y aguarda entre sábanas periféricas extendidas, alabada sea esa imagen de sinfonía de la destrucción que sentimos al compás de grandes novelas, películas, canciones y cantidades absurdas de palabras que salen de los chistes diarios y las quejas recurrentes de los que tenemos que habitar en esta organización anárquica. O eso es lo que nos llega.

Pero lo anárquico es uno de esos aspectos del caos que al vivirlos resultan organizados en su mismo ser. Rolos, nos llamamos aquellas personas que decimos conocer esta ciudad, expertos en el conocimiento impráctico que es coger un Transmilenio y saber dónde para, poder ayudar a una  extranjera cuando la vemos confundida entre puntos negros de una pequeña recta blanca. Pero no hay un nombre en realidad que demuestre la facilidad de sentir a la ciudad, saberla llevar o cogerle el tiro a lo que entre andenes pasa.
Al salir del cualquier lugar en el centro de la ciudad, uno se puede dar cuenta de ello, hay grupos de gente casi albinas cambiado hacia un degradé característico en personas que no pueden acercarse más al antónimo de campesino colombiano. Hay otro par de personas que caminan mirando al piso, conociendo por primera vez por donde camina, saludando a huecos familiares nunca antes vistos o a pequeñas subidas de terreno que suelen llegar inesperadamente. Otro que se queda mirando a espectaculos dignos de cualquier feria de pueblo, de hecho solo caminar por la séptima puede uno encontrarse con mimos, grupos de vallenato, rock o el que canta villancicos y alabanzas, hay también shows artísticos, comediantes, ventas de jugos y sus frutas originarias. Pero estamos nosotros, quienes caminamos rápido para pasar entre todas las demás personas, sin mirar más allá del futuro que nos espera en un bus y en la seguridad de poder bajarnos con facilidad, resoplamos ante grupos demasiado grandes o ruidos demasiado molestos, o a olores demasiado fuertes, o a realidades demasiado tangibles.


Yo sí les tengo nombre a aquellas personas que logran alcanzar esa sensibilidad que requiere esta ciudad, que no es ninguna de las divisiones que antes miraba, no tiene mucho que ver con eso. Son los laguneros quienes presuponen que su vida diaria en esta metrópoli hace parte ya de sus procesos biológicos. Y su secreto es porque saben que entre sociedades anárquicas existen métodos de correspondencia mutua entre todas las unidades que hacen parte de esta, y aunque no lo sepan, hay un lenguaje común que mueve la vida diaria de cada una de ellas. Son laguneros porque saben que el gran discurso de Bogotá no son los pitos y las malas miradas, sino es la gran hipocresía de la calma de un espejo de agua. Cada uno de ellos hace una apuesta demasiado grande de soportar, y coge diariamente un bote sin remos en la esquina más iluminada de un lago, queriendo ir al otro lado. Al principio la vista sabe bien que desde la orilla reconoció una roca y la evita sin mayor esfuerzo. Pero por cada vez que rema, la sombra que el bote lanza se va diluyendo con las olas que produce su esfuerzo y la velocidad renace en una insatisfacción de no conocer si ya ha dado la vuelta o si esa orilla es la orilla a la que va, o si en realidad es a la que precisamente no quiere atracar. Y se pregunta, ¿cómo puede ser tan difícil, si desde el principio se veía como una piscina? Y sí, hay más preguntas que nacen, pero lo más importante es que se ha dado cuenta que donde vive no es la más incurable de las grandes desorganizaciones que tiene el mundo y que su vista alcanza. No, es la gran decepción de ver una calle así como una ola, de manera inofensiva, ¡pero puede verla, está ahí al frente!. Es conocer el destino sin poder esperar a cabalidad una imagen perfecta de otra orilla u otra entrada sin grandes cambios. Pero sobre todo, es tener conciencia que tarde o temprano va a tener que nadar entre olas reales, visibles entre el esfuerzo de su cuerpo y ¿qué va a hacer en ese momento?

domingo, 8 de marzo de 2015

¿Eres tu?

¿Ves alguna sonrisa
que solitaria arranca
que se detiene si la alcanzas?
¿O sientes una mirada
que te sigue si te cansas
y vuela si la atrapas?

Es verdad,
Es difícil escapar de aquella cárcel
como es de frágil la voluntad de escaparse,
pero no importa, tu sigues adelante.

Tal vez has sido de esas,
que para respirar han bajado la mirada
y que para descansar,
han intentado soñar con esa mirada extraña.

Aquella que a través de milenios encuentras,
que los cuerpos ocultan
y que a veces desaparece,
dejándote ahogada entre cuerpos inertes,
porque son esos ojos y esa boca
lo que te puede salvar de poder llegar.

Una y otra, otra más y ya llegas
¿A dónde vas si no te dejas atrapar,
si para parar has tenido que andar?
De nuevo al pasar, y por fin al terminar,
entre escalas de cristal
y movimientos al azar.

domingo, 1 de marzo de 2015

Esquizofrenia

Poco a poco, entre segundos que van pasando.
Sabemos que a cada rato pasan, a veces los contamos, otras los preguntamos; en momentos los pensamos, en otros tantos los imaginamos. Pero inevitablemente nos convertimos en seres bipolares. En unos estamos constantemente preguntándonos sobre el principio y el fin de lo que hacemos, de lo que somos, y en ese momento la experiencia del tiempo se materializa. Somos conscientes que respiramos, que crecemos. 
En un segundo entonces he atracado en un golfo de conciencia, donde la extensión de lo real se convierte en una piscina que al mirar a tierra se encuentran todo tipo de animales distintos, degenerados de especies que ya conocía de otras islas, otras bahías, otras orillas. Ya sea entonces en el transporte público, en una reunión familiar, o tal vez viendo una revista, he encontrado líneas de crecimiento que han rayado una distancia entre las personas que conocía, y aquellas que estaba viendo al pasar el tiempo de un latido. Expresiones que notaban madurez donde no lo habían, miradas que demostraban interés dentro de la curiosidad, pasos que desprendían dudas cuando reinaba el narcisismo.
Pero hay momentos en donde el pecho se infla y el corazón sigue con inercia. La realidad entonces pasa de ser un círculo inspirado en las altas y distantes esferas celestiales, a  estar organizada en fractales. Pequeñas organizaciones de la vida cotidiana se van apoyando mutuamente, una encima de la otra, pero todas dentro de ellas mismas. La conciencia de lo que estamos haciendo se vuelve entonces en un segundo la continuación de todas las actitudes totales de lo que somos. Al contrario del golfo, este momento en la vida constituye la peor de las tormentas a mar abierto de tipo novelesco. Es la confirmación de todos los males, pero la satisfacción de todos los poderes; miedo, peligro y pavor reinan a lado y lado, pero solo se puede llegar a "ser" cuando por la gallardía, la valentía y la disciplina de cada uno de los músculos en la nave pueden hacer la totalidad de las acciones que faltan por hacer. Es ahí cuando tiempo no existe, tiempo no es vida, tiempo es pensar, y pensar, en estos momentos, es perder. 
Por estas razones es que los segundos son a la vez la muerte y la vida, así como la satisfacción en la depresión. Tal vez no estamos ni muertos ni vivos, sino simplemente estamos existiendo en este gran conjunto de lo tangible y lo intangible. Donde la conciencia reina y sirve, y posiblemente lo único que nos mantiene aquí, es el poder biológico de poder decir: "siguiente".