viernes, 12 de junio de 2015

Creando desasosiegos

“No podemos huir, por más de que intentemos, de la fraternidad universal. Nos amamos todos los unos a los otros, y la mentira es el beso que mutuamente intercambiamos.” Fernando Pessoa. Libro del desasosiego.

Sentado en un banco de madera, de aquellos que al no tener una tabla fija se sostienen por sucesiones de tablas acomodadas al paralelo y se levantan como olas incompletas, el hombre mira hacia el horizonte. Claro, si hubiera alguno, ya que la más lejana distancia que sus ojos llegarían a percibir se encuentra eclipsada por objetos que solo la perspectiva puede mover. Sin embargo podía recitar a ojo cerrado lo que turistas locales confundían con temor y desconfianza.
Si tuvieran el tiempo para sentarse con él y escucharlo, les diría que a su espalda se encuentra una pared, que blanca por el día y amarilla por la noche enmarca unos grafitis difíciles de entender; que en su mano del cigarrillo llegan sosegadas las ráfagas apagadas del característico frío capitalino, perdidas ante paredes de concreto e inestables vigas de hierro; que ante sus ojos se encuentra un degradé del color negro, el cual empieza con la punta de la cruz apuntando a un mapa celestial ausente y desciendo hasta un sendero que rodea al parque hasta llegar a su mano débil, en donde se ubican esperanzas de comerciantes neonatos.
Pero ahora que han caminado hasta acá, pueden escuchar una frase que ha creado una reverbación auditiva: El hombre puede hacer magia. ¿Qué, qué fue eso? se preguntarán con asombro al parar y entender cada una de las palabras que este señor casi sin abrir la boca ha dicho. Es claro que no el mundo no es uno de fantasía, donde la mentira disfrazada de ficción se apoya en cuestiones imposibles, como la magia.
Ahora que la atención les ha llegado, escuchemos con cuidado qué quiere decir, ¿será aquella magia que hace levitar objetos? O aquella que hace transformar a las personas en lobos esteparios difíciles de percibir y catalogar. No, es difícil pensar en algo así, menos para un adulto como él. Hay que dejar ese nivel de ficciones a aquellos incrédulos que ven a eso abstracto como algo real, no, eso no es para mí.
—Perdón, ¿le incomoda que me siente aquí?
—No, claro que no.
—Hace poco dijo usted que el hombre podía hacer magia.
—Claro que puede.
—No entiendo, ¿cómo un hombre puede llegar a hacer algo imposible?
—Mintiendo.
—¿Qué relación hay de lo uno a lo otro?

De pie el hombre mira hacia adelante, da unos pasos y se queda de pie. En todo ese proceso, que se caracteriza por la lentitud de mi proceso mental, la mentira llena de eco mi ser, no lo entiendo, ¿acaso la mentira no era mala? Recuerdo al Golem de Borges, la mentira, en este caso, es mala desde el mismo sabor de sus letras y desde el sencillo dictado de sus sílabas. 
—Ahora estoy en un lago no muy profundo, y estoy parado en una piedra no más grande que el área de mis piés—dijo con claridad. Era mentira, obviamente. El hombre se encontraba en la mitad del sendero que atravesaba el parque de un lado al otro.
—Si doy un paso más, me puedo mojar.
—No, no es así.
—Un rayo acaba de quemar la hoja que es el cielo en esta noche. Ha dejado una marca, una raya imposible de borrar que dibuja una cartografía más brillante que las estrellas, más claras que las nubes.
—¿De qué habla?
—Solo de lo que veo. Veo un cuadrado tan perfecto que se convierte en un círculo al parpadear. Una pintura tan bella que cuando cierro los ojos veo otra.
—¿Me cree estúpido? Aquí solo hay pasto, árboles y personas caminando de un lado al otro.
—Aquí hay magia,una que solo se alcanza a ver cuando se deja de lado aquello que es.
—Que montón de patrañas está diciendo, la magia consiste en ilusiones, mentiras tapadas por trucos ingeniosos.
—Es todo lo contrario, la realidad consiste en trucos ingeniosos de la naturaleza. La magia es la mentira de todo, la vedad en sí misma. Aquello que no conocemos y queremos. Lo que existe cuando no está acá, por eso está lloviendo y hay aquí un lago de fantasías más grandes que usted y yo.
—Me voy, esto es inútil, usted está loco temo decirle.

Me disculparán si les interrumpo este penoso intento de relato. Mi compañero, aquel que se acaba de ir con palabras de frustración no alcanza tal vez a comprender, déjenme les explico. No quiero hacerlos ver como ilusos, ni mucho menos soy yo el loco que anda diciendo irresponsabilidades ante todos ustedes. 
Para mi sí existe un lago a mis pies, ese lago que tiene unas piedras de diferentes circunferencias y tonalidades que siguen un camino. Está lloviendo y del cielo caen gota a gota esperanzas hechas en las promesas de un mejor mañana, ese que se promete una y otra vez por parejas nacientes que vienen acá a refrendar acuerdos hechos por sus impacientes miradas. Un relámpago dibuja fronteras mucho más lejanas que aquellas que el reflejo de la escasa luz provoca en mis ojos.
El mundo está hecho por la magia que crean los hombres con su pensamiento, es la esencia del arte, aquella capacidad de mentir lo más bellamente posible hasta llegar al punto de crear imágenes que reflejen con más veracidad lo que nuestro corazón cree que siente. Los hombres somos magos, y con la naturaleza de las cosas jugamos a diario para hacer la ficción más mentirosa, y por lo tanto, más cercana a la realidad del ser en nosotros, expandiendo aquellos límites de los territorios que conocemos.

domingo, 15 de marzo de 2015

Eje ambiental


Hay gran número de argumentos que muestran a las ciudades como un ser vivo, alguien que se mueve entre las personas, siendo como una sombra construyendo siluetas entre contornos informales, generando vigas entre zonas que se escapan de la proyección natural del sol. Pero sobre todo es la sensación de estabilidad impotente que resulta de la rutina y la extravagante inmensidad que suele ser la ciudad latinoamericana por excelencia. Esa capital que todo lo siente, todo lo archiva y nada lo sabe; que crece y aguarda entre sábanas periféricas extendidas, alabada sea esa imagen de sinfonía de la destrucción que sentimos al compás de grandes novelas, películas, canciones y cantidades absurdas de palabras que salen de los chistes diarios y las quejas recurrentes de los que tenemos que habitar en esta organización anárquica. O eso es lo que nos llega.

Pero lo anárquico es uno de esos aspectos del caos que al vivirlos resultan organizados en su mismo ser. Rolos, nos llamamos aquellas personas que decimos conocer esta ciudad, expertos en el conocimiento impráctico que es coger un Transmilenio y saber dónde para, poder ayudar a una  extranjera cuando la vemos confundida entre puntos negros de una pequeña recta blanca. Pero no hay un nombre en realidad que demuestre la facilidad de sentir a la ciudad, saberla llevar o cogerle el tiro a lo que entre andenes pasa.
Al salir del cualquier lugar en el centro de la ciudad, uno se puede dar cuenta de ello, hay grupos de gente casi albinas cambiado hacia un degradé característico en personas que no pueden acercarse más al antónimo de campesino colombiano. Hay otro par de personas que caminan mirando al piso, conociendo por primera vez por donde camina, saludando a huecos familiares nunca antes vistos o a pequeñas subidas de terreno que suelen llegar inesperadamente. Otro que se queda mirando a espectaculos dignos de cualquier feria de pueblo, de hecho solo caminar por la séptima puede uno encontrarse con mimos, grupos de vallenato, rock o el que canta villancicos y alabanzas, hay también shows artísticos, comediantes, ventas de jugos y sus frutas originarias. Pero estamos nosotros, quienes caminamos rápido para pasar entre todas las demás personas, sin mirar más allá del futuro que nos espera en un bus y en la seguridad de poder bajarnos con facilidad, resoplamos ante grupos demasiado grandes o ruidos demasiado molestos, o a olores demasiado fuertes, o a realidades demasiado tangibles.


Yo sí les tengo nombre a aquellas personas que logran alcanzar esa sensibilidad que requiere esta ciudad, que no es ninguna de las divisiones que antes miraba, no tiene mucho que ver con eso. Son los laguneros quienes presuponen que su vida diaria en esta metrópoli hace parte ya de sus procesos biológicos. Y su secreto es porque saben que entre sociedades anárquicas existen métodos de correspondencia mutua entre todas las unidades que hacen parte de esta, y aunque no lo sepan, hay un lenguaje común que mueve la vida diaria de cada una de ellas. Son laguneros porque saben que el gran discurso de Bogotá no son los pitos y las malas miradas, sino es la gran hipocresía de la calma de un espejo de agua. Cada uno de ellos hace una apuesta demasiado grande de soportar, y coge diariamente un bote sin remos en la esquina más iluminada de un lago, queriendo ir al otro lado. Al principio la vista sabe bien que desde la orilla reconoció una roca y la evita sin mayor esfuerzo. Pero por cada vez que rema, la sombra que el bote lanza se va diluyendo con las olas que produce su esfuerzo y la velocidad renace en una insatisfacción de no conocer si ya ha dado la vuelta o si esa orilla es la orilla a la que va, o si en realidad es a la que precisamente no quiere atracar. Y se pregunta, ¿cómo puede ser tan difícil, si desde el principio se veía como una piscina? Y sí, hay más preguntas que nacen, pero lo más importante es que se ha dado cuenta que donde vive no es la más incurable de las grandes desorganizaciones que tiene el mundo y que su vista alcanza. No, es la gran decepción de ver una calle así como una ola, de manera inofensiva, ¡pero puede verla, está ahí al frente!. Es conocer el destino sin poder esperar a cabalidad una imagen perfecta de otra orilla u otra entrada sin grandes cambios. Pero sobre todo, es tener conciencia que tarde o temprano va a tener que nadar entre olas reales, visibles entre el esfuerzo de su cuerpo y ¿qué va a hacer en ese momento?

domingo, 8 de marzo de 2015

¿Eres tu?

¿Ves alguna sonrisa
que solitaria arranca
que se detiene si la alcanzas?
¿O sientes una mirada
que te sigue si te cansas
y vuela si la atrapas?

Es verdad,
Es difícil escapar de aquella cárcel
como es de frágil la voluntad de escaparse,
pero no importa, tu sigues adelante.

Tal vez has sido de esas,
que para respirar han bajado la mirada
y que para descansar,
han intentado soñar con esa mirada extraña.

Aquella que a través de milenios encuentras,
que los cuerpos ocultan
y que a veces desaparece,
dejándote ahogada entre cuerpos inertes,
porque son esos ojos y esa boca
lo que te puede salvar de poder llegar.

Una y otra, otra más y ya llegas
¿A dónde vas si no te dejas atrapar,
si para parar has tenido que andar?
De nuevo al pasar, y por fin al terminar,
entre escalas de cristal
y movimientos al azar.

domingo, 1 de marzo de 2015

Esquizofrenia

Poco a poco, entre segundos que van pasando.
Sabemos que a cada rato pasan, a veces los contamos, otras los preguntamos; en momentos los pensamos, en otros tantos los imaginamos. Pero inevitablemente nos convertimos en seres bipolares. En unos estamos constantemente preguntándonos sobre el principio y el fin de lo que hacemos, de lo que somos, y en ese momento la experiencia del tiempo se materializa. Somos conscientes que respiramos, que crecemos. 
En un segundo entonces he atracado en un golfo de conciencia, donde la extensión de lo real se convierte en una piscina que al mirar a tierra se encuentran todo tipo de animales distintos, degenerados de especies que ya conocía de otras islas, otras bahías, otras orillas. Ya sea entonces en el transporte público, en una reunión familiar, o tal vez viendo una revista, he encontrado líneas de crecimiento que han rayado una distancia entre las personas que conocía, y aquellas que estaba viendo al pasar el tiempo de un latido. Expresiones que notaban madurez donde no lo habían, miradas que demostraban interés dentro de la curiosidad, pasos que desprendían dudas cuando reinaba el narcisismo.
Pero hay momentos en donde el pecho se infla y el corazón sigue con inercia. La realidad entonces pasa de ser un círculo inspirado en las altas y distantes esferas celestiales, a  estar organizada en fractales. Pequeñas organizaciones de la vida cotidiana se van apoyando mutuamente, una encima de la otra, pero todas dentro de ellas mismas. La conciencia de lo que estamos haciendo se vuelve entonces en un segundo la continuación de todas las actitudes totales de lo que somos. Al contrario del golfo, este momento en la vida constituye la peor de las tormentas a mar abierto de tipo novelesco. Es la confirmación de todos los males, pero la satisfacción de todos los poderes; miedo, peligro y pavor reinan a lado y lado, pero solo se puede llegar a "ser" cuando por la gallardía, la valentía y la disciplina de cada uno de los músculos en la nave pueden hacer la totalidad de las acciones que faltan por hacer. Es ahí cuando tiempo no existe, tiempo no es vida, tiempo es pensar, y pensar, en estos momentos, es perder. 
Por estas razones es que los segundos son a la vez la muerte y la vida, así como la satisfacción en la depresión. Tal vez no estamos ni muertos ni vivos, sino simplemente estamos existiendo en este gran conjunto de lo tangible y lo intangible. Donde la conciencia reina y sirve, y posiblemente lo único que nos mantiene aquí, es el poder biológico de poder decir: "siguiente".

lunes, 6 de octubre de 2014

Le dedico la muerte a la felicidad en mi vida.


No me ha dejado nada, no me ha servido para construir mi vida. Ha llegado a ser una gran escalera de cristal, tan grande que los reflejos que permite su estructura se pierden entre la confusión de relámpagos penetrantes e inexistentes, pero no por ello imperceptibles. Inexistentes porque en la ensoñación de la materialización de mis sentimientos, las intromisiones anormales no se encuentran en concordancia con las construcciones metódicas que le he hecho a través del tiempo; pero están ahí, se oyen como resultados de una onda lejana, como el salto que da un bus a un hueco, perceptible pero al mismo tiempo imposible de localizar. Como grandes y majestuosos dinosaurios que ahora se encuentran frágiles al tacto humano, mi escalera se le da por desintegrarse al pisar con fuerza y resolución; le han abierto grietas tan difíciles de esquivar, que al tratar de saltar entre escalones caídos me he visto descender con los fragmentos que mi propio peso ha visto fragmentar.
Me he visto en la capacidad de asumir el rango de General en esta batalla, me he armado con la desesperación, la saudade; la emoción y la incorregible capacidad de lo ilógico en mi vida. La primera batalla la he ganado destruyendo los principales pedazos que quedaban de la imperiosa escalera; decidí dejar los primeros pasos intactos, escalones de mi vida pasada que como fantasmas están ahí, pero su transparencia no evita la segmentación de toda la luz en el final del paisaje.
Tranquilamente me apeo de mi caballo de pesares y el suelo febril se siente, murmullos de conversaciones ahora acarician mis pies descalzos. Como bailes escondidos, que se vuelven invisibles por el hecho de que no podemos verlos; pero los sentimos, eso sí. Tanto la izquierda como la derecha no dejan de cosquillear ante tanta impaciencia, ¿será la venganza del sentimiento? o podrá ser que hasta ahora ha llegado ante mí el lamento de los recuerdos que se disipan en el calor de este bar de ilusiones enclaustradas. Entonces no son bailes, nadie baila en un funeral. Dudo aún más si lo que estoy sintiendo lo puedo estar sintiendo realmente, ¿cuándo existe entonces una "cosa", si no es por el simple hecho de que la imaginación llega hasta el extremo de la pseudorealidad?
Divagando se encuentra el General, no ha dado un paso en la villa que lo preside y ya el calor y la soledad lo llevan a mundos de pseudorealidad. Idiotez pura y simple si me dejan opinar, la realidad es como una cosa, existe porque está ahí. Yo siento porque mi cuerpo así lo está, no porque me imagino una rabia infundada que nace de las cenizas de la nada. Argumentos sin lógica que se caen con su propio peso y se vuelven pura retórica, semántica de la pobreza del pensamiento. Pobre General, parece que llegó a la época de la indecisión donde las acciones hechas caen bajo la grieta que se vuelve su corazón ya usado.
¿Cómo va a atacar a la felicidad, por qué pretende destruir algo que es simplemente un sentimiento? Parece que ahora sí he dado en el blanco: el General vuelve en sí, ahora el baile se ha convertido de nuevo en campo de batalla. Me he dado cuenta de algo, he destrozado a mi enemigo, lo he dejado moribundo ahí sin gloria, ¿dónde he de dirigirme ahora?, ¿cuál será ahora mi camino si ahora mi propio camino de Ícaro he destruido?
No, claro que no. ¡Por supuesto que no! la bajada me obnibuló casi por completo. No he destruido la felicidad, he destrozado su pseudorealidad, esa capacidad humana de poner por objetivo la utópica sensación de felicidad. Me he dado cuenta que la simple realización de la vida por esa meta es la manera más etérea de poder existir. El camino se había vuelto peligroso, frágil y perfecto en equivocaciones. Soy entonces el estratega de una nueva visión para mí, es ésta la realidad de la felicidad, la que no se convierte en un ídolo, no es para mí la estatua la que importa, o una placa que me diga: General, eres feliz. Es la acompañante, la que puede decir a la manera de un filósofo latinoamericano mucho mejor: "no es soberbia, es amor". Me he dado cuenta de ello cuando he emprendido mi batalla anteriormente descrita, no es la felicidad la escalera que sirve para ver más cerca el sol, es el baile que me hace sentir mejor.

martes, 2 de septiembre de 2014

Herzog Friedich

"-Zaz, ésta es la historia. Verdadera o falsa, cualquiera sabe. Pero como es una vieja historia, debes escucharla creyéndola verdadera, aunque sea falsa. ¿De acuerdo? (...)


Era ya la quinta vez en la semana que llegaba a ese lugar, era su único lugar para desentenderse del lugar donde estaba viviendo actualmente. La silueta en la que se había convertido vagaba lentamente hacia la vetusta entrada, pasos lentos para un hombre que no tiene afán, pasos de muerto en vida; suspiros de moribundo, como si cada una de las rocas del camino se encontrara parte de su vida, y él iba pisando todos sus recuerdos más próximos. Por eso lo hacía con lentitud, iba midiendo cada uno de los pasos, reviviendo la angustia, tristeza, y soledad. Su espíritu se debatía sobre una balanza, las constantes pisadas iban al mismo tiempo adelgazando como aliviando su ser. En el primer escalón se encontraba definitivamente con el mismo peso en su cuerpo como en su corazón, pero su ser se había convertido en pisadas que en rocas quedan borradas al mismo tacto.
Escalones, cierto. Se le olvidaba cada vez que decidía venir que aparte de subir durante media hora una colina tenía que subir para llegar a la cima de la torre. Parece estúpido el pensar ahora que eso se le olvidaba, pero yo lo defiendo, entre tantas montañas el fin del pasto da comienzo casi siempre a una línea de árboles, no a una torre de ladrillos del siglo quince, o dieciséis, sinceramente ya me olvidé de ese detalle. Se llamaba algoTurm, y en algún momento llegué a contar cuántos escalones había allí, me acuerdo que en el docientos había una pequeña ventana a la izquierda si uno iba subiendo y que no había un cuatrocientos.
Al terminar de contar llegaba a una puerta de metal. Me imaginaba a una gran entrada hacia un castillo (no era tan descabellado, al fin y al cabo la torre había sido construida como proyecto para un posible castillo, entre el siglo XVI y XVII) con las escaleras como si fuera mi gran obstáculo para entrar, como si estuviera nadando para poder salvarme de la barbarie y la pobreza. Era pesada, pero no como para tener que empujarla con ayuda de destacamentos y poleas de gran resistencia; se hacía difícil cuando venteaba, pero no le hacía caso y me decía a mí mismo, con clara equivocación, que el clima no tenía nada que ver con las manifestaciones de las grandes fuerzas de la naturaleza—el viento, así como la lluvia, el sol o el granizo son claras profecías del futuro inmediato. Indiferencia ante ello me ha llevado a decepciones sobre la vida tan irremediables como la misma manifestación del evento—y la ráfaga me azotaba con la misma intensidad con la que yo era capaz de ingresar a ese mundo fantástico que era la cima de la torre.

¡Victoria, magnífica victoria! suena acalorado el público invisible que me espera en la cúpula de la carrera auto-impuesta que me ha llevado hasta allí. Suena una deliciosa música que me recibe como un héroe, un hombre de leyenda y me levantan en el aire millones de brazos. No estoy en una colina fría y oscura, he sido impulsado por cuatrocientos sirvientes al redondo coliseo, no a batallar me han dicho, sino a recibir con honores la corona de la virtud y la estética. Me levantan en el pedestal sagrado, lo han decorado de gárgolas de piedra que expulsando ráfagas de viento y fuego han arrasado con el mal que ha habitado en las grandes planicies por las que ahora me encuentro; el mural no acaba ahí me doy cuenta, ahora las grandes gárgolas en formas de vetustos dragones han reposado sobre la escena de batalla y desgastados se han convertido en montañas, sus escamas han escapado a su cuerpo y han formado volcanes, árboles; ríos se crean de las últimas segregaciones de su sangre y forman lagos de encantamientos y brebajes nunca antes apreciados; en uno en particular, el más grande de todos se levanta una silla de plata, alta como el pico de cualquiera de las montañas y más bella que cualquiera de las anteriores. Debo sentarme ahí, es el manifiesto de la naturaleza, en la mitad del coliseo encarnado en montañas fantásticas y lagos dorados.Veo al descender mis ojos, los espejos rotos de tantas personas, de constelaciones de preocupaciones y tragedias que como reflejo inundan el pensamiento de un Rey. Y mi cuerpo, equilibrado ya por haber caminado el sendero de las penas humanas se eleva sobre ellas, y lanzo fuego y viento; inundaciones de llantos se crean, ¡Ahí va la tristeza humana!

(...)- Y yo, que he preparado los útiles de trabajo de mi vida, mi hoja y mi estilográfica, me dispongo a responder: -¡Sí!-" K.Oe

viernes, 29 de agosto de 2014

Cachaco

En ese momento no era más que una conversación, un tinto, un té y la sombra de un par de expectativas destrozadas al fondo del frío corredor que separaba a la estancia de lo que no está. Me dirán que este es un pasaje para nada extraño, común, y exagerado para diferenciar a lo que existe de lo que no, pero me defiendo, la naturaleza del corredor que habitaba en la vista de aquellos hombres ese día no delineaba la habitud de lo cotidiano. ¿Qué tiene de especial, entonces, el paisaje que delimitaba el contorno de las acciones que se van a presentar a continuación? La respuesta aunque complicada al principio, puede resultar obvia al analista desinteresado por la cualidad material y enfocado a la naturaleza estética de los contornos coordinados de lo normal: la hipocresía.
Les daré algunos ejemplos: el tapiz que decoraba la humilde estancia en la que nos encontrábamos se encontraba desgastado, roído en muchas partes y desgarrados en otras. Si afinaban la vista como yo lo estaba haciendo en ese momento, podían ver el cadáver de la estancia. No soy experto, pero se resaltaba unas desgastadas tablas de madera verticales, no más anchas que una mano. La mesera sonreía cuando la insultaban; los otros clientes reían de desgracias nacionales; pero sobre todo estábamos mi amigo y yo sentados tranquilamente, como si ese lugar fabricara en el sentimiento humano poder suficiente para mantener a alguien más de unos segundos que se necesitan para abrir y cerrar la puerta. Como acto final decidimos quedarnos.
Se hacía de noche cuando decidimos pasarnos a tomar un par de cervezas. En el lugar las servían calientes, en botella y nos preguntaron si queríamos pitillos; declinamos amablemente mientras dábamos el primer de los pocos sorbos que le dimos. Estábamos cansados, el ambiente en su pesadez no nos dejaba pensar. Estábamos callados, pensativos, en periodo de espera a una coyuntura, algo que sacara del encanto de la hipocresía a este localucho. Callados mirábamos las botellas medio vacías, pegajosas al tacto.
Afuera llovía y yo empezaba a sudar del calor, sin razón empecé a mirar el reloj. Contaba segundos, esperaba algo que no podía imaginar. Escuchaba palabras que mi compañero me mandaba, insultos, desgracias. Hablaba con otra persona, una mujer que gritaba más duro que el, no entendía, no había canciones, ni rocola, ni mucho menos unos parlantes para poner algo de radio.
Segunda cerveza, me quito el saco. Un hombre se levanta a 5 metros a mi izquierda.
"—¡Todos aquí somos unos malditos buenos para nada, imbéciles, salgan de una puta vez a vivir!—"
La verdad había hablado. Salió con pasos pesados del local.

Risas y nuevas botellas, yo pedí mi cuarta. Me acordé de las palabras que había escuchado hacía poco. El hombre que recordaba seguía ahí, hablaba con mi amigo, lo saludaba como si se hubieran conocido antes. Me lo habré imaginado, pensé, es que no hay mejor lugar que el hogar; ¡Marcela!, grité, guárdame la quinta que ya empiezo a contar chistes.