"... ¿Qué haces mirando más allá de la ventana? Si ni sentado en la cima de la montaña, llegas a apreciar lo que el mundo te depara ..." Leía una y otra vez en la carta que me habías enviado, precisamente sentado en mi habitación, sobre la cama que habías dejado, y mirando las ventanas que tanto despreciabas. Me invadían una serie de emociones extrañas, apartadas de la realidad que pensaba que habitaba en mí. Como una catarata llegaban las desesperaciones de una memoria que se hacía cada vez más vetusta, intranquila y enferma con el pasar de las memorias, una por una creaban un engranaje funesto y desgraciado que hacía girar en mí las preguntas que tú me hacías una y otra vez, "¿a dónde quieres llegar?, ¿a qué, o a quién esperas para poder iniciar tu vida? ... la paciencia puede ser una virtud, — me decía constantemente — pero no puedes exagerar el paso del tiempo, recuerda que no habrá un momento en tu vida en la que podrás llegar a ser un inmortal, dale, ¡empieza a vivir entonces!".
La máquina en la que se me había convertido mi cabeza me llevaba cada vez más rápido al infortunio de la locura, las palabras (convertidas ahora en susurros, a veces ecos que rebotaban en el metal de los engranajes) que repetidas se transformaban en monstruos, licántropos que me devoraban las ganas de vivir, sirenas que liberaban gritos de suicidios o muchas veces en ogros, que con trampas desarrollaban en mí la necesidad artificial de volver a ti. En ese momento consideraba que las descripciones de Hesíodo no tenían nada que ver con montañas alejadas o con cielos, nubes, rayos, vientos, mares, infiernos, lagos, flautas, amores y odios; sino que eran la suave memoria de las batallas internas que acaecían entre las diferentes mitologías que se localizaban dentro mio. Si ahora pudiera decirle algo a esa persona, pensando con mayor detenimiento en las implicaciones tan delicadas que tienen las palabras y sobre todo en el sentimiento que tienen las palabras en los distintos momentos de una conversación (susurros que pueden ser gritos incontrolados, adjetivos que no se limita a caracterizar, sino a profundizar las lesiones personales, y la consideración del nombre, como herramienta primordial para transmitir el enojo) le diría que no es solo importante salir a devorar un mundo ya descompuesto y en proceso eterno de rapiña, y por lo tanto unirse al coro de cuervos que permanecen en nuestras cabezas; sino por el contrario, determinar con detenimiento la máquina silenciosa que genera la comunión del mundo. Para transformar los sonidos en canciones no es necesario transformar el mundo, es encontrar la melodía que acopla a la mente lo necesario para que esta suene y se transmita con tenacidad al exterior.
La máquina en la que se me había convertido mi cabeza me llevaba cada vez más rápido al infortunio de la locura, las palabras (convertidas ahora en susurros, a veces ecos que rebotaban en el metal de los engranajes) que repetidas se transformaban en monstruos, licántropos que me devoraban las ganas de vivir, sirenas que liberaban gritos de suicidios o muchas veces en ogros, que con trampas desarrollaban en mí la necesidad artificial de volver a ti. En ese momento consideraba que las descripciones de Hesíodo no tenían nada que ver con montañas alejadas o con cielos, nubes, rayos, vientos, mares, infiernos, lagos, flautas, amores y odios; sino que eran la suave memoria de las batallas internas que acaecían entre las diferentes mitologías que se localizaban dentro mio. Si ahora pudiera decirle algo a esa persona, pensando con mayor detenimiento en las implicaciones tan delicadas que tienen las palabras y sobre todo en el sentimiento que tienen las palabras en los distintos momentos de una conversación (susurros que pueden ser gritos incontrolados, adjetivos que no se limita a caracterizar, sino a profundizar las lesiones personales, y la consideración del nombre, como herramienta primordial para transmitir el enojo) le diría que no es solo importante salir a devorar un mundo ya descompuesto y en proceso eterno de rapiña, y por lo tanto unirse al coro de cuervos que permanecen en nuestras cabezas; sino por el contrario, determinar con detenimiento la máquina silenciosa que genera la comunión del mundo. Para transformar los sonidos en canciones no es necesario transformar el mundo, es encontrar la melodía que acopla a la mente lo necesario para que esta suene y se transmita con tenacidad al exterior.
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