lunes, 6 de octubre de 2014

Le dedico la muerte a la felicidad en mi vida.


No me ha dejado nada, no me ha servido para construir mi vida. Ha llegado a ser una gran escalera de cristal, tan grande que los reflejos que permite su estructura se pierden entre la confusión de relámpagos penetrantes e inexistentes, pero no por ello imperceptibles. Inexistentes porque en la ensoñación de la materialización de mis sentimientos, las intromisiones anormales no se encuentran en concordancia con las construcciones metódicas que le he hecho a través del tiempo; pero están ahí, se oyen como resultados de una onda lejana, como el salto que da un bus a un hueco, perceptible pero al mismo tiempo imposible de localizar. Como grandes y majestuosos dinosaurios que ahora se encuentran frágiles al tacto humano, mi escalera se le da por desintegrarse al pisar con fuerza y resolución; le han abierto grietas tan difíciles de esquivar, que al tratar de saltar entre escalones caídos me he visto descender con los fragmentos que mi propio peso ha visto fragmentar.
Me he visto en la capacidad de asumir el rango de General en esta batalla, me he armado con la desesperación, la saudade; la emoción y la incorregible capacidad de lo ilógico en mi vida. La primera batalla la he ganado destruyendo los principales pedazos que quedaban de la imperiosa escalera; decidí dejar los primeros pasos intactos, escalones de mi vida pasada que como fantasmas están ahí, pero su transparencia no evita la segmentación de toda la luz en el final del paisaje.
Tranquilamente me apeo de mi caballo de pesares y el suelo febril se siente, murmullos de conversaciones ahora acarician mis pies descalzos. Como bailes escondidos, que se vuelven invisibles por el hecho de que no podemos verlos; pero los sentimos, eso sí. Tanto la izquierda como la derecha no dejan de cosquillear ante tanta impaciencia, ¿será la venganza del sentimiento? o podrá ser que hasta ahora ha llegado ante mí el lamento de los recuerdos que se disipan en el calor de este bar de ilusiones enclaustradas. Entonces no son bailes, nadie baila en un funeral. Dudo aún más si lo que estoy sintiendo lo puedo estar sintiendo realmente, ¿cuándo existe entonces una "cosa", si no es por el simple hecho de que la imaginación llega hasta el extremo de la pseudorealidad?
Divagando se encuentra el General, no ha dado un paso en la villa que lo preside y ya el calor y la soledad lo llevan a mundos de pseudorealidad. Idiotez pura y simple si me dejan opinar, la realidad es como una cosa, existe porque está ahí. Yo siento porque mi cuerpo así lo está, no porque me imagino una rabia infundada que nace de las cenizas de la nada. Argumentos sin lógica que se caen con su propio peso y se vuelven pura retórica, semántica de la pobreza del pensamiento. Pobre General, parece que llegó a la época de la indecisión donde las acciones hechas caen bajo la grieta que se vuelve su corazón ya usado.
¿Cómo va a atacar a la felicidad, por qué pretende destruir algo que es simplemente un sentimiento? Parece que ahora sí he dado en el blanco: el General vuelve en sí, ahora el baile se ha convertido de nuevo en campo de batalla. Me he dado cuenta de algo, he destrozado a mi enemigo, lo he dejado moribundo ahí sin gloria, ¿dónde he de dirigirme ahora?, ¿cuál será ahora mi camino si ahora mi propio camino de Ícaro he destruido?
No, claro que no. ¡Por supuesto que no! la bajada me obnibuló casi por completo. No he destruido la felicidad, he destrozado su pseudorealidad, esa capacidad humana de poner por objetivo la utópica sensación de felicidad. Me he dado cuenta que la simple realización de la vida por esa meta es la manera más etérea de poder existir. El camino se había vuelto peligroso, frágil y perfecto en equivocaciones. Soy entonces el estratega de una nueva visión para mí, es ésta la realidad de la felicidad, la que no se convierte en un ídolo, no es para mí la estatua la que importa, o una placa que me diga: General, eres feliz. Es la acompañante, la que puede decir a la manera de un filósofo latinoamericano mucho mejor: "no es soberbia, es amor". Me he dado cuenta de ello cuando he emprendido mi batalla anteriormente descrita, no es la felicidad la escalera que sirve para ver más cerca el sol, es el baile que me hace sentir mejor.

martes, 2 de septiembre de 2014

Herzog Friedich

"-Zaz, ésta es la historia. Verdadera o falsa, cualquiera sabe. Pero como es una vieja historia, debes escucharla creyéndola verdadera, aunque sea falsa. ¿De acuerdo? (...)


Era ya la quinta vez en la semana que llegaba a ese lugar, era su único lugar para desentenderse del lugar donde estaba viviendo actualmente. La silueta en la que se había convertido vagaba lentamente hacia la vetusta entrada, pasos lentos para un hombre que no tiene afán, pasos de muerto en vida; suspiros de moribundo, como si cada una de las rocas del camino se encontrara parte de su vida, y él iba pisando todos sus recuerdos más próximos. Por eso lo hacía con lentitud, iba midiendo cada uno de los pasos, reviviendo la angustia, tristeza, y soledad. Su espíritu se debatía sobre una balanza, las constantes pisadas iban al mismo tiempo adelgazando como aliviando su ser. En el primer escalón se encontraba definitivamente con el mismo peso en su cuerpo como en su corazón, pero su ser se había convertido en pisadas que en rocas quedan borradas al mismo tacto.
Escalones, cierto. Se le olvidaba cada vez que decidía venir que aparte de subir durante media hora una colina tenía que subir para llegar a la cima de la torre. Parece estúpido el pensar ahora que eso se le olvidaba, pero yo lo defiendo, entre tantas montañas el fin del pasto da comienzo casi siempre a una línea de árboles, no a una torre de ladrillos del siglo quince, o dieciséis, sinceramente ya me olvidé de ese detalle. Se llamaba algoTurm, y en algún momento llegué a contar cuántos escalones había allí, me acuerdo que en el docientos había una pequeña ventana a la izquierda si uno iba subiendo y que no había un cuatrocientos.
Al terminar de contar llegaba a una puerta de metal. Me imaginaba a una gran entrada hacia un castillo (no era tan descabellado, al fin y al cabo la torre había sido construida como proyecto para un posible castillo, entre el siglo XVI y XVII) con las escaleras como si fuera mi gran obstáculo para entrar, como si estuviera nadando para poder salvarme de la barbarie y la pobreza. Era pesada, pero no como para tener que empujarla con ayuda de destacamentos y poleas de gran resistencia; se hacía difícil cuando venteaba, pero no le hacía caso y me decía a mí mismo, con clara equivocación, que el clima no tenía nada que ver con las manifestaciones de las grandes fuerzas de la naturaleza—el viento, así como la lluvia, el sol o el granizo son claras profecías del futuro inmediato. Indiferencia ante ello me ha llevado a decepciones sobre la vida tan irremediables como la misma manifestación del evento—y la ráfaga me azotaba con la misma intensidad con la que yo era capaz de ingresar a ese mundo fantástico que era la cima de la torre.

¡Victoria, magnífica victoria! suena acalorado el público invisible que me espera en la cúpula de la carrera auto-impuesta que me ha llevado hasta allí. Suena una deliciosa música que me recibe como un héroe, un hombre de leyenda y me levantan en el aire millones de brazos. No estoy en una colina fría y oscura, he sido impulsado por cuatrocientos sirvientes al redondo coliseo, no a batallar me han dicho, sino a recibir con honores la corona de la virtud y la estética. Me levantan en el pedestal sagrado, lo han decorado de gárgolas de piedra que expulsando ráfagas de viento y fuego han arrasado con el mal que ha habitado en las grandes planicies por las que ahora me encuentro; el mural no acaba ahí me doy cuenta, ahora las grandes gárgolas en formas de vetustos dragones han reposado sobre la escena de batalla y desgastados se han convertido en montañas, sus escamas han escapado a su cuerpo y han formado volcanes, árboles; ríos se crean de las últimas segregaciones de su sangre y forman lagos de encantamientos y brebajes nunca antes apreciados; en uno en particular, el más grande de todos se levanta una silla de plata, alta como el pico de cualquiera de las montañas y más bella que cualquiera de las anteriores. Debo sentarme ahí, es el manifiesto de la naturaleza, en la mitad del coliseo encarnado en montañas fantásticas y lagos dorados.Veo al descender mis ojos, los espejos rotos de tantas personas, de constelaciones de preocupaciones y tragedias que como reflejo inundan el pensamiento de un Rey. Y mi cuerpo, equilibrado ya por haber caminado el sendero de las penas humanas se eleva sobre ellas, y lanzo fuego y viento; inundaciones de llantos se crean, ¡Ahí va la tristeza humana!

(...)- Y yo, que he preparado los útiles de trabajo de mi vida, mi hoja y mi estilográfica, me dispongo a responder: -¡Sí!-" K.Oe

viernes, 29 de agosto de 2014

Cachaco

En ese momento no era más que una conversación, un tinto, un té y la sombra de un par de expectativas destrozadas al fondo del frío corredor que separaba a la estancia de lo que no está. Me dirán que este es un pasaje para nada extraño, común, y exagerado para diferenciar a lo que existe de lo que no, pero me defiendo, la naturaleza del corredor que habitaba en la vista de aquellos hombres ese día no delineaba la habitud de lo cotidiano. ¿Qué tiene de especial, entonces, el paisaje que delimitaba el contorno de las acciones que se van a presentar a continuación? La respuesta aunque complicada al principio, puede resultar obvia al analista desinteresado por la cualidad material y enfocado a la naturaleza estética de los contornos coordinados de lo normal: la hipocresía.
Les daré algunos ejemplos: el tapiz que decoraba la humilde estancia en la que nos encontrábamos se encontraba desgastado, roído en muchas partes y desgarrados en otras. Si afinaban la vista como yo lo estaba haciendo en ese momento, podían ver el cadáver de la estancia. No soy experto, pero se resaltaba unas desgastadas tablas de madera verticales, no más anchas que una mano. La mesera sonreía cuando la insultaban; los otros clientes reían de desgracias nacionales; pero sobre todo estábamos mi amigo y yo sentados tranquilamente, como si ese lugar fabricara en el sentimiento humano poder suficiente para mantener a alguien más de unos segundos que se necesitan para abrir y cerrar la puerta. Como acto final decidimos quedarnos.
Se hacía de noche cuando decidimos pasarnos a tomar un par de cervezas. En el lugar las servían calientes, en botella y nos preguntaron si queríamos pitillos; declinamos amablemente mientras dábamos el primer de los pocos sorbos que le dimos. Estábamos cansados, el ambiente en su pesadez no nos dejaba pensar. Estábamos callados, pensativos, en periodo de espera a una coyuntura, algo que sacara del encanto de la hipocresía a este localucho. Callados mirábamos las botellas medio vacías, pegajosas al tacto.
Afuera llovía y yo empezaba a sudar del calor, sin razón empecé a mirar el reloj. Contaba segundos, esperaba algo que no podía imaginar. Escuchaba palabras que mi compañero me mandaba, insultos, desgracias. Hablaba con otra persona, una mujer que gritaba más duro que el, no entendía, no había canciones, ni rocola, ni mucho menos unos parlantes para poner algo de radio.
Segunda cerveza, me quito el saco. Un hombre se levanta a 5 metros a mi izquierda.
"—¡Todos aquí somos unos malditos buenos para nada, imbéciles, salgan de una puta vez a vivir!—"
La verdad había hablado. Salió con pasos pesados del local.

Risas y nuevas botellas, yo pedí mi cuarta. Me acordé de las palabras que había escuchado hacía poco. El hombre que recordaba seguía ahí, hablaba con mi amigo, lo saludaba como si se hubieran conocido antes. Me lo habré imaginado, pensé, es que no hay mejor lugar que el hogar; ¡Marcela!, grité, guárdame la quinta que ya empiezo a contar chistes.

domingo, 1 de junio de 2014

A Cool Breeze

El día terminaba como cualquier otro, el sol se apagaba lentamente y con él, los sueños de aspiraciones diarias que el amanecer había prometido. El viento y la lluvia cubrían el suelo con espejos distorsionados, que detallaban con mayor certeza las capacidades del alma bogotana que el mismo cielo engañoso encima de esta ciudad. La mentira es el norte, y más allá de eso, diría yo, es la falsedad de la naturaleza que se refleja en su forma física acá. ¿Qué se puede esperar de una ciudad donde ni el clima se puede organizar por una hora continua? Esta vez, a la caída de Saturno lo escoltaba una pared impenetrable de agua. La visión se tornó hacia las nubes. No puede haber mejor fotografía de Bogotá que su cielo, lo gris de la ciudad, de sus calles; la frialdad de sus habitantes; la tosquedad de su comportamiento y su desorganización atemporal son expresiones naturales, su ser no es el ethos del yo, es el ser comunión con la ciudad, con su naturaleza, con el ser imposible.
Habíase rendido hace tiempo a la bipolaridad, no lo culpo, considero que es la única manera de vivir aquí, en esta ciudad donde su fotografía son las nubes y su pié de página podría rezar algo así como un dicho, "acomódate, pero no te rindas ante ésta". Los viajes interminables en Transmilenio acompañados con su personalidad autodestructiva hacían de este personaje una persona indescifrable en su actitud frente a los demás. Había momentos en los que se mostraba hosco, "ogro" o simplemente inmamable; pero también se mostraba abierto, amable y confiable. No había una clave para él, podría hacer sol, granizar; o podría estar estudiando, hablando o simplemente pensando, cuando sentía que el mundo se le caía a pedazos, como si el cielo de sus aspiraciones se confundiera con el real y formara esta combinación una tormenta apoteósica sin chispa de calma en próximas venturas. Sentía además, que el corazón lo negaba, en esos momentos dejaba de sentir. La bipolaridad llegaba al extremo de pelear, no sin la mayor de las tristezas póstumas, con las únicas personas que se habían mantenido con él.
Consideraba a su vida como un fracaso. Había hecho lo imposible por hacer algo, por pensar en algo y muchas veces, por sentir algo especial, único para sí mismo y las personas que había conocido en su vida. Había ido y había vuelto tanto en el, como en el proceso de su vida, pero no podía mostrar nada. Ni para él, ni para nadie más su vida significaba algo más que el consumo de espacio y de aire: los comentarios bobos, los chistes flojos y apreciaciones vagas que intentaba disfrazar de erudición no ayudaban tampoco a cambiar eso.



Entre las malezas de brazos había salido aireado, triunfante. Su respiración se relajaba a medida que se alejaba de ese monstruo rojo, insoportable.  Como cualquier otro día, en Bogotá llovía, en realidad solo lloviznaba, pero el humor es un poder natural de los hombres frente a la naturaleza, y ese día moldeaba su percepción exterior. Con una mirada cruel coloreaba el cielo de un negro profundo, amenazante.  Sentía, con las manos gigantes de la rabia acumulada y la pesadez de las personas estresadas, su cuerpo empapado. Y su día, no podía sino actualizarse con una mirada fugaz al charco.
Caminaba hacia su casa mientras pensaba sobre la extensión y la amplitud de la vida. La vida, según creía este desdichado personaje, era la capacidad personar para generar un gran marco, tan amplio como su perspectiva ocular y tan ancho como su profundidad intelectual. Un sentimentalista al final de todo, pensaba en el tiempo no como un terreno de posibilidades infinitas, sino como una herramienta secundaria, tal vez únicamente como un monóculo, el cual con aumento lograba dimensionar (en un momento de relajación o de apreciación) las verdaderas esquinas del magnífico cuadro. Le gustaba la estética, ya que no identificaba al cuadro como una construcción que discernía entre lo bello y lo feo, sino como la visualización del todo, de la vida de por sí. Y era un soñador, ya que se imaginaba las etapas finales de la vida como una presentación en forma física de una gran obra. Bipolaridad subjetiva llamaba él a la suya.
Mientras terminaba estas ideologías fútiles, llegaba al parque. El camino hacia allí era determinado por el clima. En los días soleados, en los cuales no había  llovido todavía (aclaración sobrante para los rolos) se podía atravesar el puente de la calle principal sin tener que correr; cuando llovía, en cambio, el puente se convertía en una cascada, y la persona que lo atravesaba era la que se atrevía a ponerse por debajo de ésta con el pleno de ropa. En estos casos, conocía una serie de corredores entre las casas adyacentes a la suya. Se demoraba unos veinte minutos más, pero los techos intercalados le permitían vivir sin gripa otro día.
Caminaba por el segundo corredor entre una casa de tres pisos, de fachada azul y jardín amplio, y otra igual de grande, pero gris y sin apenas espacio para una ventana colindante con la calle. Esta configuración obligaba a las personas a caminar pegado a la pared de la izquierda, que dejaba espacio suficiente en su techo para resguardar a los pasantes. Maldijo la inútil anti-estética del otro edificio por dentro mientras pegaba su hombro a la pared y caminaba hacia delante.
Oyó pasos encharcados que se acercaban desde el camino que había recorrido. Eran pasos tan pesados como las esperanzas en tiempos de llovizna, y arrastrados como el alma de los hombres cuando el gris del cielo se impone sobre la naturaleza anormal de la vida cotidiana. Antes de intentar ver cualquier cosa que podría aparecer detrás suyo sintió miedo. Una ráfaga de viento frío inundó sus pulmones pequeños a causa de las gripas constantes que le acontecían en esta ciudad, se heló por dentro y esperó lo peor. En dos pasos había reflexionado sobre los cuentos de robos, atracos, peleas, y secuestradas que parecían diarios en su casa. Recordó además una vez que le había pasado, esa vez había quedado sin zapatos, sin chaqueta, sin billetera y sin celular, sintió aún más miedo.
Respiró hondo antes de voltear la cabeza, en su cuerpo no solo entró el aire frío de la noche joven, restos del agua joven que ascendía lentamente, ya que este venía acompañado de pequeñas aspiraciones de sentimientos encontrados, que al estallarse formaron dentro de el una maraña de escaramuzas. El caballero de armas dobladas, despuntadas y guerras perdidas siempre acompañadas con escapadas heroicas se quedó mudo y tieso.



Vio a alguien a la deriva, cruzando entre mareas de calles silenciosas y casas prácticamente desiertas. Lo sintió lejano, como perdido entre la embestida de las fuerzas sobrenaturales de las cortinas cerradas, las luces apagadas y la imposibilidad de un norte eterno que permitiera su pronto rescate. Se sintió en esos momentos como un ángel, mirando a la caída desenfrenada de un alma debajo y sobre las capas de un infierno palpable. Se propuso alcanzarlo, redimir a los Titanes y ayudarlo a esparcir el tiempo y el espacio de la vida frente al ser social, lo inmaterial que le faltaba para sostenerse en la baranda del impresionante mar. Se sintió grande y fuerte como jamás lo había experimentado, era vida, amor, fortuna, deseo; pero a la vez ignorancia, frialdad, miedo y maldad. Se sentía como un hombre completo, se elevó en la perfección de su reflejo que era la otra persona y así lo externo en sí mismo danzó entre Saramago, Gardel, Syd Barret.
Cauteloso se fue acercando entre vueltas ante el samaritano (¿Valdrá la pena?) mientras descendía de nubes de polvo reflexionaba (He de encontrar la palabra adecuada, ¿Hola?, ¿Buenas noches?) ya casi aterrizando en planos húmedos se acomodó al paso del caminante (La Tragedia llega a su fin, que entre la Épica).



-Buenas noches-
-¿Qué quiere?-
Una ceja parada
-Hablar con usted-
El susto incrementado
-¿Qué la pasa, se volvió loco o qué?-
-Tranquilo, ¿si le gasto un tinto se permitiría hablar conmigo?-
-No me escuchó la primera vez, ¿qué quiere?-
Un toque de desesperación
-Nada en especial, lo vi en realidad como medio perdido (déjese llevar)-
Susurro andante
La cafetería a la que fueron era agradable, amena en horas donde la noche ya entraba a la cotidianidad atravesando la etapa general de fastidio causado por la resolana. Olía a tinto tan fuerte como los olores desprendidos de los puestos de mcdonalds o subway, eso le gustaba.
-Antes de que pregunte, un tinto negro y sin azúcar para mí. Por favor.-
-Claro, ya voy a pedirlo-
Se le pasó por la cabeza pararse e irse. No entendía por qué lo había seguido, no era de esos, pero desistió al no tener nada mejor que hacer y sobre todo al verse tan cerca de su casa, cualquier excusa pequeña podría llevarlo rápidamente a un refugio seguro.
-Gracias-
El primer sorbo siempre engaña, ya sea por caliente o por frío.
-¿Quería hablar? lo espero-
-¿Cómo se llama?-
-No interesa-
-¿Cuántos años tiene?-
-Tampoco interesa-
-¿Quién le escribiría con burla macabra aquella palabra de Melancolía?
-¿Qué?, ¿Está loco?-
Se paró instintivamente ante la repulsión, no de lo inesperado, sino de la comodidad de lo conocido
-Creo que usted sabe ...-
Otra ceja levantada
-Cierto, Guillermo Valencia. Pero ¿Qué tiene que ver?-
-Toda, la vida es un rito. Las personas danzan en la desesperación por pedir a naturaleza la posibilidad de alcanzar algo sobrenatural.-
-Se le acaba el tiempo con el tinto y sigo sin entenderlo-
-Es el rito de la Melancolía, el que usted hacía caminando esta noche-
-Bueno, ¿pero qué tiene que ver eso con usted? ¿Va simplemente hablando con el que se le aparezca en su camino?-
-No, no eso sí sería una locura-
-... ¿Entonces?-
-Solo un consejo. La vida son sabores, los hay tan desagradables como deliciosos ¿Muy filosófico, no? Le falta la extensión de Wittgenstein, la imaginación de Saramago y la certeza de Victor Hugo. Aunque no, no lo creo, la existencia es tan corta como su propia palabra. Las emociones repuntan en un segundo y se van como un doloroso grito que nace en la expectativa de una reacción inmediata de la visión periférica del peligro. Es por eso que las memorias cambian, la conciencia se moldea, la fijación y los gustos evolucionan. Es por eso que no se puede pintar una vida, se retratan emociones, se fotografían momentos; pero la realidad escapa las manos de cualquier portador. Es un ser inexistente, pero en la vida del ser humano se vuelve algo constante que se materializa bajo nuestras propias narices, pienso ergo existo. -
-¿Por qué entonces sabores?-
-Es sencilla la respuesta, porque son las vías de comunicación que crean las constancias de la vida. A los sentimientos los catalogamos por amargos, dulces o simplemente ácidos a la percepción o a su mismo recuerdo; nos deleitamos con un amor duradero de la misma manera como nos ocultamos cuando tomamos un Transmilenio. ¿Qué son las memorias entonces más allá de la evocación de una sensación de amargura o dulzura? o los flashes de recuerdos al probar de nuevo un alimento que ya había sido dado por perdido, o un simple olor que nos transporta de manera inmediata a lugares olvidados ya cotidianamente-
-No quiero sonar mala gente pero, ¿de qué me puede servir esto?-
-Ya le había dicho que la gente vive como en un ritual y que el suyo era el de la Melancolía. Si el baile es un rezo para superar a Ícaro, el misterio de los sabores es el secreto para construir unas alas lo suficientemente fuertes para realizar ese sueño.-
-No lo entiendo, ¿cómo?-
-¡Sálgase de esa caminata pesada le digo! la danza fúnebre que es su vida se desgasta a diario, vive pensando que la vida es inercia pero no, déjese llevar por lo sobrenatural, que no es más que la definición misma de la vida. Exista ahora en lo inmaterial, en lo que ve pero no siente, no disfruta. ¡Sea ahora un inmortal!-

lunes, 17 de marzo de 2014

Reminiscencias

En la cima del campanario un gallo no canta. Inmóvil se mantiene mirando al norte. No espera a la mañana, no canta, no grazna. Espera al viento, pero hoy no llega, la neblina cubre como una muralla las montañas, las defiende de los ojos que aburridos se levantan de monotonía de los grandes discursos, de las grandes multitudes y de peleas, que al ser incontables en este burgo extendido hacia el infinito se mezclan con la persona que no quiere, que no desea estar más allá de lo espeso de su mirada al detallar lo que no está.
Hoy se queda quieto, hoy no mira a las corrientes; mira al tiempo, al hierro forjado que lo mantiene en pié, al nacimiento de los pájaros que acompañan su viaje, a los sonidos (si alguna vez existen) de los redobles y a las personas enranuadas que tuvieron la capacidad de alzar su mirada en búsqueda del final de la neblina —condición inmortal de este valle—y espera. Años derramados en los ladrillos de una vetusta pared. Sombras que se confunden con manchas de la sociedad y de la vida que la cubre. Palos, postes, antenas y basura la decoran. Pero cuando la niebla se disipa el gallo parece alejarse, escalar y alcanzar la cima más allá de las montañas, que aparecen como lienzo de pintura, tan virgen como veces que el campanario ha funcionado.

Ha escalado, ha volado el gallo inmóvil, ha alcanzado el cielo pero se ha estrellado con otra muralla, más grande, más gruesa, ha chocado con Bogotá, con las nubes que hoy impiden soñar.

lunes, 17 de febrero de 2014

Canción eterna

No es solo un pájaro que cae en el balcón,
ni un simple aroma que se desliza entre árboles fijos.
Existe más allá del parque, de su puesto,
que no es un límite, sino un extremo.
Crece entre miradas encontradas (se pierde),
y estalla ¡grande es quien lo halla!
Se dispersa, nos engaña. Sigue, se desplaza.
¿Nos espera? No, me aguarda.

Y abro la ventana, se desliza,
respiro ya no un aroma, un extraño.
¿Será que veo? y me volteo,
atrás existe, sin estima ni prisa.

Percibo lo que escucho, allá,
¡Sí!, se acerca desde las lindes de las montañas
entre profundos huecos y medianas vallas,
las notas del desastre. De lo que pasa.
Incolora, qué leyenda tan grande.
Informe, amorfa. No entiendo si aguda o grave.

Me lleva con un sordo arrastre,
y se pierde (conmigo, con todos).

lunes, 20 de enero de 2014

Op. 125

Estaba cansado de pensar. Estaba cansado de escuchar. Estaba cansado de mirar. Mantenía mi cabeza recostada sobre el frío cristal que intentaba separarme de la tempestad que hace rato ya había empezado. A veces, cuando solía alejarme e ir hacia el campo y atravesaba las montañas y sentía la niebla atravesar mis pulmones, pensaba en las otras veinte personas que compartían indirectamente mi viaje, que veían mi cara desaparecer del tope del asiento y alojarse en la incómoda posición que me obligaba a estar. Pensaba en sus miradas interrumpidas por los sonidos que como ecos atravesaban las pesadas cortinas. Sentía que no entendían la facilidad con la que yo me alojaba tan tristemente en el viaje, con sus cejas arqueadas me preguntaban una y otra vez: ¿es que piensa este hombre que va a descansar aquí? Miradas perversas, llenas de deseos malignos, de verme regresar a mi posición original, de sentir que hago parte de todos aquellos ingratos, a los que la noche de manera infortunada los agarra entre la niebla y la tela.
Una de esas noches, de lluvia perpetua que no alcanza a ser tormenta, ni chubasco, ni llovizna, ni nada en absoluto mas que el deseo inútil de la naturaleza de hacernos sentir mojados y deprimidos, el conductor se detuvo en una estación pequeña, de esas que hay de vez en cuando en vías grandes y nuevas. Era la primera vez que veía que alguien las utilizaba en mitad de la noche, así que le di gusto a la única persona que estaba todavía despierta y me incorporé de mi yoga inventado para tratar de analizar a la persona que iba a subirse. Cuando lo vi por primera vez, recordé a Santiago, el personaje de la pequeña novela de Hemmingway. Era una persona ya muy mayor, un abuelo, como le diríamos normalmente. Tenía un sombrero grande que combinaba con las botas de goma aún más grandes que tenía puestas para la lluvia. Su cara parecía de cera quemada, porque tenía una que otra mancha natural que contrastaba con su blancura nata, que acompañaba con una barba grande y blanca. De cariño le puse Santiago, para hacer la referencia rápida en mi cabeza con el cuento que había leído hace tanto tiempo.
Santiago se volteó al entrar por las escaleras del bus, saludó al conductor levantando la cabeza y sonriéndole pasivamente. Se volteó de nuevo y fue ahí cuando me fije en lo que llevaba en la mano, era un violín desgastado, arañado por el tiempo y por la distancia de los buses en los que había viajado. La noche y el contraste de las pocas luces que tenía encendido el conductor dentro del bus le daban un aspecto reluciente al instrumento, brillaba con una incandescencia que no había encontrado jamás. Pero la brillantez de su única cuerda fue lo que atrajo la mayor cantidad de mis miradas. Sí, el violín contaba solo con una cuerda, si no estoy mal era la tercera, o la segunda; quisiera poder haber visto mejor pero la distancia que había entre Santiago y yo no dejaba notar eso con precisión.
Hizo una pequeña venia (¡Iba enserio a tocar! pensé con una voz interna asombrada y casi tartamudeando de la emoción, ¡iba a tocar con una sola cuerda!) hacia el conductor y hacia el público que de activos solo quedábamos una persona más y yo. Hizo una nota introductoria, una pasada neutra; se aclaró la garganta (¿Cantará? seguí pensando) y afinó su voz gracias a un todo medio que interpretó en otra pasada. Me miró y dijo las frases que más estaba esperando en ese momento:
Oh Freunde, nicht diese Töne!
Sondern lasst uns angenehmere anstimmen und freundenvollere!
Y acompañado del Si, Do y Re, la melodía perfecta iba encanjando paso a paso en mi cabeza. Sin pestañear más de dos veces y sin desafinar más de una Santiago interpretaba la mejor versión del Himno de la Alegría que había oído en mi vida. Cuando terminó con: Freunde, schöner Götterfunken, Götterfunken,  el otro pasajero ya se había dormido, el conductor había dejado de cantar acapella con él y yo sentía como cada recuerdo de mi vida había sido pintado con esa melodía. Sentía que la, hasta ese momento, corta vida que había tenido se inundaba entre las frases en alemán y la combinación de notas que esa cuerda habían podido liberar. Entendí desde ese momento, que el tono que tanto denigraba al principio de la canción no era la música que había podido componer tan gran músico si hubiera tenido todas las cuerdas, era la niebla que le oprimía el pecho todas las noches que cantaba y el frío que le hacía congelar los dedos que intentaban interpretar el Si una y otra vez dentro de tan complicada operación monógama. Entendí que los amigos a los que le cantaba no eran los pasajeros o ¿qué podría yo tener de amistad con aquel virtuoso aparte del máximo respeto? No, ninguna. Los amigos eran los sonidos que interpretaba, los nuevos que convocaba entre tanto caos que dentro del bus se generaba, no por nada un portugués dijo no hace mucho que "el caos es un orden por descifrar", un orden que organizaba Santiago de manera espectacular con sus dedos tiesas, sus pulmones débiles y su cuerda frágil.

domingo, 12 de enero de 2014

Batalla

"... ¿Qué haces mirando más allá de la ventana? Si ni sentado en la cima de la montaña, llegas a apreciar lo que el mundo te depara ..." Leía una y otra vez en la carta que me habías enviado, precisamente sentado en mi habitación, sobre la cama que habías dejado, y mirando las ventanas que tanto despreciabas. Me invadían una serie de emociones extrañas, apartadas de la realidad que pensaba que habitaba en mí. Como una catarata llegaban las desesperaciones de una memoria que se hacía cada vez más vetusta, intranquila y enferma con el pasar de las memorias, una por una creaban un engranaje funesto y desgraciado que hacía girar en mí las preguntas que tú me hacías una y otra vez, "¿a dónde quieres llegar?, ¿a qué, o a quién esperas para poder iniciar tu vida? ... la paciencia puede ser una virtud, — me decía constantemente — pero no puedes exagerar el paso del tiempo, recuerda que no habrá un momento en tu vida en la que podrás llegar a ser un inmortal, dale, ¡empieza a vivir entonces!".
La máquina en la que se me había convertido mi cabeza me llevaba cada vez más rápido al infortunio de la locura, las palabras (convertidas ahora en susurros, a veces ecos que rebotaban en el metal de los engranajes) que repetidas se transformaban en monstruos, licántropos que me devoraban las ganas de vivir, sirenas que liberaban gritos de suicidios o muchas veces en ogros, que con trampas desarrollaban en mí la necesidad artificial de volver a ti. En ese momento consideraba que las descripciones de Hesíodo no tenían nada que ver con montañas alejadas o con cielos, nubes, rayos, vientos, mares, infiernos, lagos, flautas, amores y odios; sino que eran la suave memoria de las batallas internas que acaecían entre las diferentes mitologías que se localizaban dentro mio. Si ahora pudiera decirle algo a esa persona, pensando con mayor detenimiento en las implicaciones tan delicadas que tienen las palabras y sobre todo en el sentimiento que tienen las palabras en los distintos momentos de una conversación (susurros que pueden ser gritos incontrolados, adjetivos que no se limita a caracterizar, sino a profundizar las lesiones personales, y la consideración del nombre, como herramienta primordial para transmitir el enojo) le diría que no es solo importante salir a devorar un mundo ya descompuesto y en proceso eterno de rapiña, y por lo tanto unirse al coro de cuervos que permanecen en nuestras cabezas; sino por el contrario, determinar con detenimiento la máquina silenciosa que genera la comunión del mundo. Para transformar los sonidos en canciones no es necesario transformar el mundo, es encontrar la melodía que acopla a la mente lo necesario para que esta suene y se transmita con tenacidad al exterior.