No me ha dejado nada, no me ha servido para construir mi vida. Ha llegado a ser una gran escalera de cristal, tan grande que los reflejos que permite su estructura se pierden entre la confusión de relámpagos penetrantes e inexistentes, pero no por ello imperceptibles. Inexistentes porque en la ensoñación de la materialización de mis sentimientos, las intromisiones anormales no se encuentran en concordancia con las construcciones metódicas que le he hecho a través del tiempo; pero están ahí, se oyen como resultados de una onda lejana, como el salto que da un bus a un hueco, perceptible pero al mismo tiempo imposible de localizar. Como grandes y majestuosos dinosaurios que ahora se encuentran frágiles al tacto humano, mi escalera se le da por desintegrarse al pisar con fuerza y resolución; le han abierto grietas tan difíciles de esquivar, que al tratar de saltar entre escalones caídos me he visto descender con los fragmentos que mi propio peso ha visto fragmentar.
Me he visto en la capacidad de asumir el rango de General en esta batalla, me he armado con la desesperación, la saudade; la emoción y la incorregible capacidad de lo ilógico en mi vida. La primera batalla la he ganado destruyendo los principales pedazos que quedaban de la imperiosa escalera; decidí dejar los primeros pasos intactos, escalones de mi vida pasada que como fantasmas están ahí, pero su transparencia no evita la segmentación de toda la luz en el final del paisaje.
Tranquilamente me apeo de mi caballo de pesares y el suelo febril se siente, murmullos de conversaciones ahora acarician mis pies descalzos. Como bailes escondidos, que se vuelven invisibles por el hecho de que no podemos verlos; pero los sentimos, eso sí. Tanto la izquierda como la derecha no dejan de cosquillear ante tanta impaciencia, ¿será la venganza del sentimiento? o podrá ser que hasta ahora ha llegado ante mí el lamento de los recuerdos que se disipan en el calor de este bar de ilusiones enclaustradas. Entonces no son bailes, nadie baila en un funeral. Dudo aún más si lo que estoy sintiendo lo puedo estar sintiendo realmente, ¿cuándo existe entonces una "cosa", si no es por el simple hecho de que la imaginación llega hasta el extremo de la pseudorealidad?
Divagando se encuentra el General, no ha dado un paso en la villa que lo preside y ya el calor y la soledad lo llevan a mundos de pseudorealidad. Idiotez pura y simple si me dejan opinar, la realidad es como una cosa, existe porque está ahí. Yo siento porque mi cuerpo así lo está, no porque me imagino una rabia infundada que nace de las cenizas de la nada. Argumentos sin lógica que se caen con su propio peso y se vuelven pura retórica, semántica de la pobreza del pensamiento. Pobre General, parece que llegó a la época de la indecisión donde las acciones hechas caen bajo la grieta que se vuelve su corazón ya usado.
¿Cómo va a atacar a la felicidad, por qué pretende destruir algo que es simplemente un sentimiento? Parece que ahora sí he dado en el blanco: el General vuelve en sí, ahora el baile se ha convertido de nuevo en campo de batalla. Me he dado cuenta de algo, he destrozado a mi enemigo, lo he dejado moribundo ahí sin gloria, ¿dónde he de dirigirme ahora?, ¿cuál será ahora mi camino si ahora mi propio camino de Ícaro he destruido?
No, claro que no. ¡Por supuesto que no! la bajada me obnibuló casi por completo. No he destruido la felicidad, he destrozado su pseudorealidad, esa capacidad humana de poner por objetivo la utópica sensación de felicidad. Me he dado cuenta que la simple realización de la vida por esa meta es la manera más etérea de poder existir. El camino se había vuelto peligroso, frágil y perfecto en equivocaciones. Soy entonces el estratega de una nueva visión para mí, es ésta la realidad de la felicidad, la que no se convierte en un ídolo, no es para mí la estatua la que importa, o una placa que me diga: General, eres feliz. Es la acompañante, la que puede decir a la manera de un filósofo latinoamericano mucho mejor: "no es soberbia, es amor". Me he dado cuenta de ello cuando he emprendido mi batalla anteriormente descrita, no es la felicidad la escalera que sirve para ver más cerca el sol, es el baile que me hace sentir mejor.
Tranquilamente me apeo de mi caballo de pesares y el suelo febril se siente, murmullos de conversaciones ahora acarician mis pies descalzos. Como bailes escondidos, que se vuelven invisibles por el hecho de que no podemos verlos; pero los sentimos, eso sí. Tanto la izquierda como la derecha no dejan de cosquillear ante tanta impaciencia, ¿será la venganza del sentimiento? o podrá ser que hasta ahora ha llegado ante mí el lamento de los recuerdos que se disipan en el calor de este bar de ilusiones enclaustradas. Entonces no son bailes, nadie baila en un funeral. Dudo aún más si lo que estoy sintiendo lo puedo estar sintiendo realmente, ¿cuándo existe entonces una "cosa", si no es por el simple hecho de que la imaginación llega hasta el extremo de la pseudorealidad?
Divagando se encuentra el General, no ha dado un paso en la villa que lo preside y ya el calor y la soledad lo llevan a mundos de pseudorealidad. Idiotez pura y simple si me dejan opinar, la realidad es como una cosa, existe porque está ahí. Yo siento porque mi cuerpo así lo está, no porque me imagino una rabia infundada que nace de las cenizas de la nada. Argumentos sin lógica que se caen con su propio peso y se vuelven pura retórica, semántica de la pobreza del pensamiento. Pobre General, parece que llegó a la época de la indecisión donde las acciones hechas caen bajo la grieta que se vuelve su corazón ya usado.
¿Cómo va a atacar a la felicidad, por qué pretende destruir algo que es simplemente un sentimiento? Parece que ahora sí he dado en el blanco: el General vuelve en sí, ahora el baile se ha convertido de nuevo en campo de batalla. Me he dado cuenta de algo, he destrozado a mi enemigo, lo he dejado moribundo ahí sin gloria, ¿dónde he de dirigirme ahora?, ¿cuál será ahora mi camino si ahora mi propio camino de Ícaro he destruido?
No, claro que no. ¡Por supuesto que no! la bajada me obnibuló casi por completo. No he destruido la felicidad, he destrozado su pseudorealidad, esa capacidad humana de poner por objetivo la utópica sensación de felicidad. Me he dado cuenta que la simple realización de la vida por esa meta es la manera más etérea de poder existir. El camino se había vuelto peligroso, frágil y perfecto en equivocaciones. Soy entonces el estratega de una nueva visión para mí, es ésta la realidad de la felicidad, la que no se convierte en un ídolo, no es para mí la estatua la que importa, o una placa que me diga: General, eres feliz. Es la acompañante, la que puede decir a la manera de un filósofo latinoamericano mucho mejor: "no es soberbia, es amor". Me he dado cuenta de ello cuando he emprendido mi batalla anteriormente descrita, no es la felicidad la escalera que sirve para ver más cerca el sol, es el baile que me hace sentir mejor.