domingo, 27 de octubre de 2013

Señas

Se despidió y dijo gracias. Ella se volteó al oír esa palabra-fue la única vez-miró al piso y su semblante se tensionó, como cuando una persona lucha por intentar no decir lo que está pensando, frunció las cejas-¿estaba enojada?-pero se volteó de nuevo, no dijo nada y se fue. No la volvió a ver nunca más, pero sus sueños seguirían perdiéndose entre la tormenta de angustia y soledad, hasta que pudo seguir adelante, el navegante que llega al mar y ve por fin un pescado en su red.
Nunca supo por qué dijo gracias, estuvo pensando durante largo tiempo después de esa noche. Estuvo desvelándose meses completos, ignorando conversaciones, volando entre fiestas sin importancia y olvidando a personas recién conocidas. Pero durante todo ese tiempo pudo darse cuenta de algo, muchas veces las palabras están vacías de significado simples, son en este estado, una simpleza indiscutible.
El gracias no es gracias, no significó agradecer algo, la palabra se convierte en muchos casos en una expresión de emoción inconsciente, como un gran suspiro que es alcanzado por una mente ajena, y es percibido como un insulto, un sentimiento de impotencia y debilidad que escapa al momento y a la discusión previa, es entonces visto como una escapatoria a la presión de las olas que se alzan una y otra vez para ahogarte y dejarte vagando entre leguas de intolerancia y enfado.
Se dio cuenta que él no dijo nada, él simplemente sintió la brisa enfriar sus lágrimas y dejó escapar un suspiro, una emoción contenida que era imposible de decir, y una vida que lentamente desaparece con sus pasos.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Mírame

Parpadea y sigue caminando. Rutina del día, pereza de noche. Igual sigo haciéndolo, como cualquier otro, transporte,estudio, transporte de nuevo y casa (mas bien un otro, una serie de eventos, una línea que a través del día se encorva, que cuando se encuentra se vuelve a alargar, vuelve a empezar). Existe otra manera de ver la vida, una que no implica estar acosando a la mirada en la búsqueda de una silla vacía, ni la de esforzar al cuerpo a tener pereza de una clase que ya la ves perdida o sobre todo, condenar al corazón a esperar una respuesta que nunca llega.
Yo te digo, es hora de que al caminar no tengas que mirar para abajo durante todo el recorrido, y perderte aquella mirada que te espera sonriendo al lado tuyo, y que en realidad, el único movimiento que debes hacer para darte cuenta de ello es levantar la cabeza, y darte cuenta de lo que te rodea, una mano y un corazón expectantes. Porque si caminas y parpadeas mirando hacia abajo, verás el reflejo de cómo la otra persona se va caminando hacia el otro lado.
No es solo eso, existe en realidad otras maneras de enfocarte en lo que quieres mirar, créeme, los charcos y las líneas partidas de los andenes no te pueden decir donde ir, ni cómo caminar a donde quieres llegar. Tu destino está al frente tuyo y eres aún muy débil para levantar la cabeza. ¿Quieres vivir? el mundo y la vida no te aparecen como personajes inventados en una serie, en el momento oportuno y donde deberían estar, pero mira hacia delante y búscala, tal vez te des cuenta que los caminos son más cortos y que la persona que caminaba contigo sigue estando ahí, y fíjate, te puede estar sonriendo...

¿Y tú?

Mira como no soy,
no me conozcas
y si no estoy,
no corras

Créeme, existo
dentro de la imagen
que te muestro.

Un sutil parpadeo,
sonrisas discretas.
Yo las manejo,
montón de mentiras.

¿Existe la verdad?
Se que vivo
¿Y los demás?
Eso creo...

Hay un brillo
en tu ser,
ese que miro
¿Y lo que eres?

Si te veo,
y te siento
¿Por qué no estás?
no estás...

jueves, 3 de octubre de 2013

Buscando un clima

La luz es una condición que en esta ciudad no puede darse por obtenida tan fácilmente, es una ventaja que en Bogotá, en realidad, toca buscarla entre días perdidos, escondidos entre tareas imposibles de llevar a cabo, viajes interminables entre sus extremos y tiempos de espera infinitos ante el recibidor de muertes anunciadas. Así he vivido toda mi existencia, he buscado la luz entre reflejos de ventanas y relámpagos de agua que salen de los charcos permanentes asentados en las calles de siglos pasados.

La he encontrado mirándome por la noche, estancada en postes, aquellos que por arte de magia se convierten en caminos de milagros entre callejones y parques inciertos, pero no ha sido suficiente, es una luz que no alcanza a cubrir la distancia de una calle y no logra cruzar las esquinas peligrosas de la inmensidad estacionada en metales con mangos de plástico.

Igualmente he tratado de crearla, me he sentado en el centro de la oscuridad encontrada en el parque—que no es ni mucho menos parecida a la de la calle, ésta oscuridad se encuentra en movimiento con el viento y transforma los sentidos, te invita a oler, te invita a respirar y te permite saborear la profundidad de la soledad—y sentado he abierto mis ojos tratando de encontrar un catalizador, cualquier elemento, algo, ya sea pequeño, grande o monstruosamente invisible que sirva como ignición ante el cual pueda yo arrojarme para prender la luz, pero no he encontrado ninguno.

En la lluvia he encontrado destellos diminutos , y aquí en Bogotá, he podido encontrar millones diarios, pero son sonrisas efímeras en mis ojos, aquellas que apenas tocan el suelo se estallan para dejar una mancha temporal pero molesta en la cara y en la ropa, pero que al cabo de un tiempo se secan, dejan de existir y solo con un acto de recuerdo intenso, podemos saber que en algún momento llovió y que alguna vez pudimos encontrar un destello bajando hacia nosotros.

Y me decepciono al notar que los milagrosos días de sol son aquí dolorosos, tanto que en los puentes la reflexión es tan intensa que las personas deben caminar con los ojos cerrados, buscando una persona a la cual agarrarse para siquiera caminar, igualmente, sin estar caminando el dolor empieza a invadir y a desbordad las capacidades humanas para soportarlo, es entonces una  luz dañina, que no sirve para nada en la vida diaria, retrasa las capacidades del hombre para pensar e imaginar, pero sobre todo, genera en cada uno de nosotros las ganas de acostarnos para buscar la oscuridad personal del sueño.

Renuncié entonces a la luz en Bogotá, me refugié entre árboles grandes y me he dedicado a cerrar los ojos y pensar en ella, porque aún así tenga los ojos cerrados, sé que en realidad, el reflejo de esa memoria me puede dar la capacidad de encontrar más allá de un destello, un roto entre estas nubes grises para seguir viviendo.