Se despidió y dijo gracias. Ella se volteó al oír esa palabra-fue la única vez-miró al piso y su semblante se tensionó, como cuando una persona lucha por intentar no decir lo que está pensando, frunció las cejas-¿estaba enojada?-pero se volteó de nuevo, no dijo nada y se fue. No la volvió a ver nunca más, pero sus sueños seguirían perdiéndose entre la tormenta de angustia y soledad, hasta que pudo seguir adelante, el navegante que llega al mar y ve por fin un pescado en su red.
Nunca supo por qué dijo gracias, estuvo pensando durante largo tiempo después de esa noche. Estuvo desvelándose meses completos, ignorando conversaciones, volando entre fiestas sin importancia y olvidando a personas recién conocidas. Pero durante todo ese tiempo pudo darse cuenta de algo, muchas veces las palabras están vacías de significado simples, son en este estado, una simpleza indiscutible.
El gracias no es gracias, no significó agradecer algo, la palabra se convierte en muchos casos en una expresión de emoción inconsciente, como un gran suspiro que es alcanzado por una mente ajena, y es percibido como un insulto, un sentimiento de impotencia y debilidad que escapa al momento y a la discusión previa, es entonces visto como una escapatoria a la presión de las olas que se alzan una y otra vez para ahogarte y dejarte vagando entre leguas de intolerancia y enfado.
Se dio cuenta que él no dijo nada, él simplemente sintió la brisa enfriar sus lágrimas y dejó escapar un suspiro, una emoción contenida que era imposible de decir, y una vida que lentamente desaparece con sus pasos.