jueves, 29 de agosto de 2013

Sal

Y en ese momento gritó:
-¡Que esto se vaya, me rehúso a seguir pensando en que existe un mañana, niego a la vida como niego al amor!-
Tomó luego un largo respiro antes de seguir, pero su voz no se ocultó, sino que se hizo llegar más lejos. Las vibraciones se abrieron como montañas en el día de la palabra y exhibieron lo siguiente:
-¡¿Para qué sentir?! No existe  ninguna condición para poder seguir la vida que nos obligue a tener que sufrir el ahogo de un sentimiento. No he sentido la muerte pero la presiento cada vez que mi estomago se cierra y mi respiración se acorta y se agota. Es por eso que no le temo a la muerte, porque el verdadero dolor lo vivimos a diario y lo tragamos con lo que comemos esos días.-
Pero cuando volvió a mirar por la ventana, ya el sol había salido y su despertador estaba sonando. ¿Pero qué falta hacía? Siendo estos días aquellos donde una noche se convierte en un tiempo más de tortura pensativa y el sueño se vuelve otra oportunidad perdida.
Empezó a escribir, sentado todavía en la cama, y esto fue lo que pudo expresar:

Salen lentamente de mí
alcanzando las palabras de la pared
aquellas razones que no te dí
pero que siguen atormentando mi ser.

Y si miro para atrás,
no es para recordar un jamás,
es para acordar
un futuro que no pudo llegar.

Pero ahora no hay lugar
para aquel que sentimiento que voló,
porque ha olvidado la realidad
y me ha dejado un lugar para llorar.


Al acabar de escribir lloró un poco, pero terminó botando aquellas frases en pedazos pequeños por la ventana de su cuarto, fue ahí cuando se levantó y fue caminando hacia la salida. Decidió salir para lavarse de la inmundicia que sentía desde el día anterior. La últimas palabras que le escuché decir jamás fue cuando en el umbral de la puerta se volteó y me dijo: -Hasta aquí he decidido llegar-

miércoles, 14 de agosto de 2013

Hielo

Me siento a esperar a que una luz aparezca, en la oscuridad de un día que está pero que no ha llegado. Esa obsesión lingüística de determinar con palabras análogas cualquier fenómeno que sucede a diario, pero que rara vez somos capaces de identificar, ya sea porque no lo alcanzamos a concebir aún este afuera de nuestras ventanas, o sea tal vez, porque las regulaciones que desde los inicios de nuestra existencia han determinado las posibilidades de la reproducción de lo que somos, han determinado que no podamos apreciar con suficiente detenimiento aquella situación a la que nos ocultamos a diario, la madrugada.
¿Qué encuentran de "mañana" a una profunda noche en la que el frío se siente pero no se ve? No son como copos de nueve que caen plácidamente cuando son iluminados por las pequeñas pero abundantes farolas de los parques, donde podrían jugar fútbol un grupos de amigos del barrio, si no fueran porque las amenazas de esas leyes que existen pero que nadie se atreve a pronunciar, proscriben los bullicios innecesarios, ésos que convierten los sueños en cartas imposibles de leer. Tampoco como cubos de granizos, que se ven cuando las tejas del barrio se van rompiendo, o cuando con el golpe de la ventana despiertan a aquellos que serán los encargados de limpiarlas el día siguiente.
Es que la madrugada en Bogotá se demora en avisar, y la falta de luz no es en este caso un indicador suficiente para que nos demos cuenta que la hora de dormir ya pasada está. Son las lluvias plácidas que sirven de canto para dormir, son los programas de otra época que les recuerdan a los pocos nostálgicos y desocupados que todavía hay espacio en este mundo para ellos, y que les dan razones para pensar que todo tiempo pasado fue mejor, claro que eso también se explica por su desgano y su falta de fuerzas, cuando la verdadera mañana despierta, y también están los celadores con bufanda, que se resguardan en cubículos y ruanas a escuchar esos comentarios de generaciones pasadas, y se pierden nostálgicamente cuando ven un Renault 4, y se ocultan en la mística de una ciudad que parece no envejecer.
Pero yo les digo una cosa, para sentir la noche de Bogotá, no hace más falta que recordar cómo un amante nos pone un hielo en la nuca, que suavemente se va desplazando "hacia ese roto donde ya la espalda cambia de nombre", que va dejando un líquido que invade todos los pliegos de nuestra piel. Es por eso que la noche encuentro la pasión de alguien que puede ya no estar.

sábado, 10 de agosto de 2013

-¿Podrías esperarme una vez más?-
Esa frase fue la última que se le quedó en la memoria, mucho después  de que hubieran hablado y que él hubiera llegado a su casa. El bus no había ayudado, como era tan de noche no habían más de dos personas sentadas, incluyéndolo a él. El silencio de la noche parece agradable al lado de la desesperanza del conductor por recoger personas y el chirrido agónico que es la carranga y el vallenato que acompaña la trayectoria.
EL dolor de cabeza se había vuelto normal esta semana y los huecos en el camino no hacían más que aumentarlo cada vez más, además que no lo dejaban dormir. Su primer plan era ir a su casa, tomarse un dolex, ver una película y acostarse a dormir, o así era la rutina que había adquirido después de darse cuenta que estaba solo y que estaba empezando a dormirse una hora más tarde cada día que pasaba.
Pero cuando el bus se detuvo en un semáforo, vio por la ventana que en una pared había una cara alegre, era un hombre de no más de 40 años, tenía un gorro viejo en la cabeza y un vello facial de no menos de 3 semanas. Aunque estaba en la calle tan tarde, se veía tranquilo y alegre. Para este hombre no se movía el tiempo porque no le importaba la imagen exterior, yo no le importaba, ni cuántos buses pasaran por la calle.
Por eso se bajó, la anormalidad de lo que veía le impedía seguir sentado en el bus, quiso preguntarle muchas cosas, quiso tocarlo y sacudirlo para que pudiera parpadear, pero no se atrevió a atravesar el pasto que lo separaba de él. Simplemente lo miró hasta que sus ojos se cansaron de parpadear y su cuello dejara de moverse cuando oía cualquier carro pasar. Pensó en la conversación que había tenido unas horas antes y le preguntó:
-¿Te irás?-
Al oír su respuesta, trató de mirar si venía un bus. La calle estaba oscura. Empezó a caminar hacia su casa, pasó por el lugar que años atrás lo habían atracado y le habían quitado hasta los zapatos, pero pasó igualmente, la paranoia y el miedo se le habían desvanecido. Se alegró de sentir eso, al igual que lo sorprendió.

Hoy es un día para renacer, pensó mientras dictaba su monólogo antes de dormir, mañana puede que tenga confidencia en mí mismo. Tal vez es mejor no imaginar que el cielo se queme o que la luna nazca. No, las ganas de que algo suceda no significan nada, puede que la mente, al final de todo, no pueda mover para nada la materia.

domingo, 4 de agosto de 2013

Soneto sin título


Entonces me vi brillar solo, sin pensar
en la mirada del mar. ¿En dónde parar
cuando la vida no me deja parar?
Frente a un mundo lateral, bipolar.

En la hora donde la verdad vetusta
se desnuda, se despeina, se pierde
en la oscuridad aparente, total,
en la reflexión de la luz que no llega.

Mírame entonar la canción final
la que solo tu sabes cantar y bailar,
cuando ahora el dueto no está.

Y el sonido que la lluvia tapa,
se desvanece entre las calles largas.

Mientras corro sin lugar donde llegar.


-AC-