Y en ese momento gritó:
-¡Que esto se vaya, me rehúso a seguir pensando en que existe un mañana, niego a la vida como niego al amor!-
Tomó luego un largo respiro antes de seguir, pero su voz no se ocultó, sino que se hizo llegar más lejos. Las vibraciones se abrieron como montañas en el día de la palabra y exhibieron lo siguiente:
-¡¿Para qué sentir?! No existe ninguna condición para poder seguir la vida que nos obligue a tener que sufrir el ahogo de un sentimiento. No he sentido la muerte pero la presiento cada vez que mi estomago se cierra y mi respiración se acorta y se agota. Es por eso que no le temo a la muerte, porque el verdadero dolor lo vivimos a diario y lo tragamos con lo que comemos esos días.-
Pero cuando volvió a mirar por la ventana, ya el sol había salido y su despertador estaba sonando. ¿Pero qué falta hacía? Siendo estos días aquellos donde una noche se convierte en un tiempo más de tortura pensativa y el sueño se vuelve otra oportunidad perdida.
Empezó a escribir, sentado todavía en la cama, y esto fue lo que pudo expresar:
Salen lentamente de mí
alcanzando las palabras de la pared
aquellas razones que no te dí
pero que siguen atormentando mi ser.
Y si miro para atrás,
no es para recordar un jamás,
es para acordar
un futuro que no pudo llegar.
Pero ahora no hay lugar
para aquel que sentimiento que voló,
porque ha olvidado la realidad
y me ha dejado un lugar para llorar.
Al acabar de escribir lloró un poco, pero terminó botando aquellas frases en pedazos pequeños por la ventana de su cuarto, fue ahí cuando se levantó y fue caminando hacia la salida. Decidió salir para lavarse de la inmundicia que sentía desde el día anterior. La últimas palabras que le escuché decir jamás fue cuando en el umbral de la puerta se volteó y me dijo: -Hasta aquí he decidido llegar-