Dedicado especialmente a
Carlos Cortés, Daniel Osorio y Jorge Armando Castro Parrales
Miré
hacia la izquierda y no había montañas, miré hacia arriba y no había nubes,
miré hacia el frente y no había fin. En ese momento paré y le pedí a uno de mis
compañeros que me diera un cigarrillo, lo dejé en mis dedos mientras esperaba a
que las otras personas nos alcanzaran. Los caminantes éramos cuatro: un fraile,
un egresado de mi colegio, mi amigo y yo y estábamos a cargo de una vereda del
municipio de San Luis de Palenque, en Casanare. Nuestra misión consistía en tratar
de reunir la mayor cantidad de personas que estuvieran dispuestas a hacer una
procesión en el único colegio de la vereda. Cuando nos alcanzaron seguimos
caminando a ver si en algún momento encontrábamos una casa, ya que no habíamos
llevado ninguna comida y esperábamos que a donde llegáramos nos pudieran dar
cualquier cosa. Además, llevábamos un par de días haciendo lo mismo y ya
empezábamos a sentirnos bastante cansados, el calor nos impedía a veces mirar
más allá de un par de pasos y el único refugio que encontrábamos en el llano perpetuo,
era mojar nuestras camisas con los pocos riachuelos que encontrábamos en el camino, para improvisar un turbante y
desear que no se secara muy rápido.
Al
finalizar la tarde ya habíamos visitado un par de casas y pudimos hablar con un
par de familias, una de ellas nos invitó a rezar el rosario y nos ofreció un
almuerzo que aunque escaso, nos permitía tener la oportunidad de llegar de
nuevo a la escuela donde nos estábamos quedando sin desmayarnos en el camino. Sin embargo aún nos quedaba un largo tramo que
recorrer y varias casas más que visitar. Cuando llegamos a la siguiente casa
nos recibió un señor mayor que estaba acompañado de su esposa, nos atendieron
perfectamente, nos dieron chicha caliente y nos invitaron a sentar. Nosotros le
empezamos a contar el mismo discurso que le dábamos a todas las personas que
nos encontrábamos, pero el señor nos paró y nos dijo que el ya sabía para que
habíamos venido, ya que la noticia de unos extranjeros de la capital caminando
todo el día no era común en la vereda.
“No
voy a ir” nos dijo, y nosotros nos quedábamos callados ya que hasta el momento
nadie nos había dicho que no. “No voy a ir” siguió, “porque este pueblo está
maldito de traidores, asesinos y torturadores”, Jorge (el fraile) le dijo:
“señor, esta es una celebración para todos y nosotros no queremos que nadie
quede por fuera” – “¿por fuera?” respondió el señor con una risa larga y aguda,
“yo no soy más ajeno que ustedes a esta tierra, la gente a no me va a extrañar,
se lo aseguro señor” – alguien de nosotros le dijo después “¿No hay nada que
podamos hacer para convencerlo?” – “lo siento, pero no” respondió él “pero no
se preocupen es una historia larga y antigua” – “¿qué pasó señor?” preguntó
Carlos, mi amigo.
El
sol estaba ya rojo al final del horizonte cuando el señor se levantó de donde
estaba sentado, nos dio la espalda y se subió lentamente la camiseta con ayuda
de su esposa. Cuando se la quitó por completo pudimos ver su espalda, y nos
sorprendimos porque aunque su piel en su cuerpo se intuía moreno, esta parte
tenía muchos espacios completamente blancos, que su esposa numeró con cuidado:
“22 cicatrices” nos dijo y se fue de la casa con los ojos aguados.
Cuando
se volvió a poner la camiseta, se sentó y nos empezó a contar su historia:
“hace ya varios años, el vecino empezó a molestar con mi finca, me mandaba las
vacas y a mí me tocaba ir a sacarlas. Después de un tiempo, vinieron personas
extrañas a mover las cercas que había puesto ahí, traté de hablar con ellos
pero me amenazaron diciéndome que no me metiera. Esa misma noche vinieron a mi
casa a decirme que eran parte de las FARC y que no querían verme otra vez” en
ese momento se levantó y nos señaló una valla que apenas se podía ver y nos
dijo “Allá se quedaron esa noche mientras yo buscaba a unos amigos que tenían
problemas con esas mismas personas, uno de ellos se hablaba con los
paramilitares de la zona y por la mañana ya estaban acá”.
Prendí
el cigarrillo que había guardado desde la mañana mientras el tomaba un trago de
chicha y seguía con su historia “ese día nos alistamos con las armas y
caminamos a la valla, y mientras la empezamos a mover a donde era llegaron los
otros. Cuando nos vieron empezaron a dispararnos, nosotros se los devolvimos
mientras nos acostábamos en el piso. Ese día mataron a dos amigos míos y yo
empecé a correr a mi casa para ver cómo estaba mi esposa. Cuando corría me
dispararon tantas veces que me levanté 5 días después en mi cama, con mi esposa
al lado. ¿Ganamos? Pregunté y me dijeron que no tendría muchos más problemas”.
Dijo eso último mientras me fumaba el último cacho del cigarrillo con el cuncho
de chicha que quedaba en mi vaso.
Mi
amigo y yo aún seguíamos pálidos cuando llegamos a la escuela para dormir, el
señor finalmente nos había invitado a comer pero todos nos rehusamos. Jorge nos
mandó a dormir y yo me acosté en mi sleeping. No podía dejar de pensar en las
cicatrices, las veía sangrar, veía la espalda roja, veía el cuerpo en el piso,
veía a la esposa salir de su casa y correr a abrazarlo, veía los brazos de su esposa
rojos, hasta que vi el amanecer rojo salir de nuevo por la planicie.