lunes, 20 de enero de 2014

Op. 125

Estaba cansado de pensar. Estaba cansado de escuchar. Estaba cansado de mirar. Mantenía mi cabeza recostada sobre el frío cristal que intentaba separarme de la tempestad que hace rato ya había empezado. A veces, cuando solía alejarme e ir hacia el campo y atravesaba las montañas y sentía la niebla atravesar mis pulmones, pensaba en las otras veinte personas que compartían indirectamente mi viaje, que veían mi cara desaparecer del tope del asiento y alojarse en la incómoda posición que me obligaba a estar. Pensaba en sus miradas interrumpidas por los sonidos que como ecos atravesaban las pesadas cortinas. Sentía que no entendían la facilidad con la que yo me alojaba tan tristemente en el viaje, con sus cejas arqueadas me preguntaban una y otra vez: ¿es que piensa este hombre que va a descansar aquí? Miradas perversas, llenas de deseos malignos, de verme regresar a mi posición original, de sentir que hago parte de todos aquellos ingratos, a los que la noche de manera infortunada los agarra entre la niebla y la tela.
Una de esas noches, de lluvia perpetua que no alcanza a ser tormenta, ni chubasco, ni llovizna, ni nada en absoluto mas que el deseo inútil de la naturaleza de hacernos sentir mojados y deprimidos, el conductor se detuvo en una estación pequeña, de esas que hay de vez en cuando en vías grandes y nuevas. Era la primera vez que veía que alguien las utilizaba en mitad de la noche, así que le di gusto a la única persona que estaba todavía despierta y me incorporé de mi yoga inventado para tratar de analizar a la persona que iba a subirse. Cuando lo vi por primera vez, recordé a Santiago, el personaje de la pequeña novela de Hemmingway. Era una persona ya muy mayor, un abuelo, como le diríamos normalmente. Tenía un sombrero grande que combinaba con las botas de goma aún más grandes que tenía puestas para la lluvia. Su cara parecía de cera quemada, porque tenía una que otra mancha natural que contrastaba con su blancura nata, que acompañaba con una barba grande y blanca. De cariño le puse Santiago, para hacer la referencia rápida en mi cabeza con el cuento que había leído hace tanto tiempo.
Santiago se volteó al entrar por las escaleras del bus, saludó al conductor levantando la cabeza y sonriéndole pasivamente. Se volteó de nuevo y fue ahí cuando me fije en lo que llevaba en la mano, era un violín desgastado, arañado por el tiempo y por la distancia de los buses en los que había viajado. La noche y el contraste de las pocas luces que tenía encendido el conductor dentro del bus le daban un aspecto reluciente al instrumento, brillaba con una incandescencia que no había encontrado jamás. Pero la brillantez de su única cuerda fue lo que atrajo la mayor cantidad de mis miradas. Sí, el violín contaba solo con una cuerda, si no estoy mal era la tercera, o la segunda; quisiera poder haber visto mejor pero la distancia que había entre Santiago y yo no dejaba notar eso con precisión.
Hizo una pequeña venia (¡Iba enserio a tocar! pensé con una voz interna asombrada y casi tartamudeando de la emoción, ¡iba a tocar con una sola cuerda!) hacia el conductor y hacia el público que de activos solo quedábamos una persona más y yo. Hizo una nota introductoria, una pasada neutra; se aclaró la garganta (¿Cantará? seguí pensando) y afinó su voz gracias a un todo medio que interpretó en otra pasada. Me miró y dijo las frases que más estaba esperando en ese momento:
Oh Freunde, nicht diese Töne!
Sondern lasst uns angenehmere anstimmen und freundenvollere!
Y acompañado del Si, Do y Re, la melodía perfecta iba encanjando paso a paso en mi cabeza. Sin pestañear más de dos veces y sin desafinar más de una Santiago interpretaba la mejor versión del Himno de la Alegría que había oído en mi vida. Cuando terminó con: Freunde, schöner Götterfunken, Götterfunken,  el otro pasajero ya se había dormido, el conductor había dejado de cantar acapella con él y yo sentía como cada recuerdo de mi vida había sido pintado con esa melodía. Sentía que la, hasta ese momento, corta vida que había tenido se inundaba entre las frases en alemán y la combinación de notas que esa cuerda habían podido liberar. Entendí desde ese momento, que el tono que tanto denigraba al principio de la canción no era la música que había podido componer tan gran músico si hubiera tenido todas las cuerdas, era la niebla que le oprimía el pecho todas las noches que cantaba y el frío que le hacía congelar los dedos que intentaban interpretar el Si una y otra vez dentro de tan complicada operación monógama. Entendí que los amigos a los que le cantaba no eran los pasajeros o ¿qué podría yo tener de amistad con aquel virtuoso aparte del máximo respeto? No, ninguna. Los amigos eran los sonidos que interpretaba, los nuevos que convocaba entre tanto caos que dentro del bus se generaba, no por nada un portugués dijo no hace mucho que "el caos es un orden por descifrar", un orden que organizaba Santiago de manera espectacular con sus dedos tiesas, sus pulmones débiles y su cuerda frágil.

domingo, 12 de enero de 2014

Batalla

"... ¿Qué haces mirando más allá de la ventana? Si ni sentado en la cima de la montaña, llegas a apreciar lo que el mundo te depara ..." Leía una y otra vez en la carta que me habías enviado, precisamente sentado en mi habitación, sobre la cama que habías dejado, y mirando las ventanas que tanto despreciabas. Me invadían una serie de emociones extrañas, apartadas de la realidad que pensaba que habitaba en mí. Como una catarata llegaban las desesperaciones de una memoria que se hacía cada vez más vetusta, intranquila y enferma con el pasar de las memorias, una por una creaban un engranaje funesto y desgraciado que hacía girar en mí las preguntas que tú me hacías una y otra vez, "¿a dónde quieres llegar?, ¿a qué, o a quién esperas para poder iniciar tu vida? ... la paciencia puede ser una virtud, — me decía constantemente — pero no puedes exagerar el paso del tiempo, recuerda que no habrá un momento en tu vida en la que podrás llegar a ser un inmortal, dale, ¡empieza a vivir entonces!".
La máquina en la que se me había convertido mi cabeza me llevaba cada vez más rápido al infortunio de la locura, las palabras (convertidas ahora en susurros, a veces ecos que rebotaban en el metal de los engranajes) que repetidas se transformaban en monstruos, licántropos que me devoraban las ganas de vivir, sirenas que liberaban gritos de suicidios o muchas veces en ogros, que con trampas desarrollaban en mí la necesidad artificial de volver a ti. En ese momento consideraba que las descripciones de Hesíodo no tenían nada que ver con montañas alejadas o con cielos, nubes, rayos, vientos, mares, infiernos, lagos, flautas, amores y odios; sino que eran la suave memoria de las batallas internas que acaecían entre las diferentes mitologías que se localizaban dentro mio. Si ahora pudiera decirle algo a esa persona, pensando con mayor detenimiento en las implicaciones tan delicadas que tienen las palabras y sobre todo en el sentimiento que tienen las palabras en los distintos momentos de una conversación (susurros que pueden ser gritos incontrolados, adjetivos que no se limita a caracterizar, sino a profundizar las lesiones personales, y la consideración del nombre, como herramienta primordial para transmitir el enojo) le diría que no es solo importante salir a devorar un mundo ya descompuesto y en proceso eterno de rapiña, y por lo tanto unirse al coro de cuervos que permanecen en nuestras cabezas; sino por el contrario, determinar con detenimiento la máquina silenciosa que genera la comunión del mundo. Para transformar los sonidos en canciones no es necesario transformar el mundo, es encontrar la melodía que acopla a la mente lo necesario para que esta suene y se transmita con tenacidad al exterior.