viernes, 13 de diciembre de 2013

Una invitación más

Pensamos en nostálgicos, en perdidos y en solitarios cuando en la vida —tal vez en un momento caminando, o en una fila interminable o en un trancón insoportable— nos preguntamos sobre aquellas personas que tienen el tiempo suficiente para "resolver el mundo". Son aquellos incansables artistas que para nosotros se convierten en gente aparte de esta existencia, son verdaderos incunables en un montón de libros abiertos, de novelas ya contadas y repasadas por gurús auto-ayudantes. Pero no quiero pensar en ellos,  no quiero imaginar que existen miradas, que por darse perdidas ser encuentran alejadas de la normalidad del mundo que construimos, me niego a entender que puedan existir personas que por amor a la vida, a la belleza y a la estética, puedan desligarse del mundo para encontrarlo fuera de lo que somos. Por eso vivo mejor en una conversación nivolesca de aquellas que no se dan con las personas, sino que se entretienen con las ideas, con la belleza de los sinónimos, con las disputas de los antagonismos, con la música de los hiatos; invito por este medio entonces a mirar al conocimiento como una forma más allá de la pesadez de los argumentos—aquellos que se inventan para distraer a las personas que quieren acceder a éstos, como rompecabezas indefendibles para aquellos que llegan con la estética intacta de la vida, del nacimiento, de saber que existe la realidad más allá de ellos mismos—más allá de los gritos cuando éstos no existen—inentendible forma humana de defensa (Yo siempre me pregunto, ¿defensa a qué? si aquel que más sabe no es más que por gracia de entender lo que en confianza mutua se crea anteriormente) ante la imposibilidad de entenderse a uno mismo—.
Si, invito a todos a que miren a la vida como una estética, como una forma de dibujar lo que se quiere, lo que por mucho tiempo se ha pensado y por último, lo que deseamos. Mi insistencia es la  de entender que el conocimiento no es nostálgico, no hace perder de la vida a aquellos que tanto se hunden en percibirla, es saber que la vida se puede dibujar, es inclusiva con los demás—no en uno—, con todos aquellos que son lo suficientemente descarados para mirarle el ombligo a la luna, de entender que existen miradas para las cuales no existen discrepancias, y de saber que una vida sana es conversación, es creación de lo que existe pero no es entendible.

jueves, 5 de diciembre de 2013

¿En qué piensas entonces?

Si alzo la vista no veo nada aparte de colores superpuestos, manchas blancas, terrenos azules y caminantes vestidos de sombreros amarillos, que caminan sin descanso entre el desierto sin oasis y sin direcciones estelares. Hago este ejercicio constantemente, esperando a que un día el reposo llegue para el vaquero incesante, que se quite el sombrero y empiece a ver a la distancia como las fogatas se extienden en el camino, entre lagunas de sombras de distancias. Cuando veo esto, espero pacientemente a que empiece a contar sus historias, a veces se demora horas, esperando a que los otros hayan terminado de contar las suyas, sin afán de empezar a inventar, sino con ansias de sentarse a recordar los eventos que pasan a sus pies, entre pasos del tiempo que el desierto refleja tan intensamente.
Es entonces en ese momento —cuando el frío más penetrante de la noche hace su llegada a la instancia rodeada de fuegos perpetuos y distantes— cuando el silencio se hace más estático y los cigarrillos (en el reflejo del desierto) se hacen más abundantes, que el vagabundo cuenta sus historias. Habla de "pillajes", de robos, de besos indeseados, de pérdidas sin retorno; cuenta historias de hombres más perdidos que él —ya que según él, él tiene un destino, un camino que llega cada día de su vida, que se extiende ante sí. Sin demora. Sin prisa—define perdidos a aquellos que con luz se pierden en la vida, que escogen vivir sin extenderse más allá de sí mismos, están perdidos en sus sombras y se ven a sí mismos constantemente tratando de aprobarse, de sentirse bien aún cuando la noche que se acerca los envuelve en una niebla; aquellos que sin ser alguien piensan ser otro más, una marioneta pobre de una intención sin fábula, sin objetivo más allá de crear la sombra que van a ver a la distancia de sus pies.
Escucho atentamente, sintiendo el frío tan particular de esta ciudad tan interminable como sus historias, es por eso que cada momento que reposa el caminante, yo me siento. Pienso en mis historias, y creo que estar perdido invoca algo más que no saber. El camino que uno invoca ante sí en los momentos de desespero más intensos, puede llegar a desencadenar dragones, que nacen de las montañas que al Oriente reposan. El camino —como la verdad en la vida y la felicidad en los ojos de quienes esperamos, me dijo el caminante mientras limpiaba su sombrero—lo elige uno, y es reflejado entre las emociones de perseverancia y persistencia que existen en la visión del camino —al ir diciendo estas palabras, el caminante se va con su caballo, va a su destino, me dice mientras me levanta la mano y siento que el calor despunta—, mientras uno va con las ganas de seguir adelante. Estar perdido no es no mirar el camino, es saber que se está en un camino distinto.