"-Zaz, ésta es la historia. Verdadera o falsa, cualquiera sabe. Pero como es una vieja historia, debes escucharla creyéndola verdadera, aunque sea falsa. ¿De acuerdo? (...)
Era ya la quinta vez en la semana que llegaba a ese lugar, era su único lugar para desentenderse del lugar donde estaba viviendo actualmente. La silueta en la que se había convertido vagaba lentamente hacia la vetusta entrada, pasos lentos para un hombre que no tiene afán, pasos de muerto en vida; suspiros de moribundo, como si cada una de las rocas del camino se encontrara parte de su vida, y él iba pisando todos sus recuerdos más próximos. Por eso lo hacía con lentitud, iba midiendo cada uno de los pasos, reviviendo la angustia, tristeza, y soledad. Su espíritu se debatía sobre una balanza, las constantes pisadas iban al mismo tiempo adelgazando como aliviando su ser. En el primer escalón se encontraba definitivamente con el mismo peso en su cuerpo como en su corazón, pero su ser se había convertido en pisadas que en rocas quedan borradas al mismo tacto.
Escalones, cierto. Se le olvidaba cada vez que decidía venir que aparte de subir durante media hora una colina tenía que subir para llegar a la cima de la torre. Parece estúpido el pensar ahora que eso se le olvidaba, pero yo lo defiendo, entre tantas montañas el fin del pasto da comienzo casi siempre a una línea de árboles, no a una torre de ladrillos del siglo quince, o dieciséis, sinceramente ya me olvidé de ese detalle. Se llamaba algoTurm, y en algún momento llegué a contar cuántos escalones había allí, me acuerdo que en el docientos había una pequeña ventana a la izquierda si uno iba subiendo y que no había un cuatrocientos.
Al terminar de contar llegaba a una puerta de metal. Me imaginaba a una gran entrada hacia un castillo (no era tan descabellado, al fin y al cabo la torre había sido construida como proyecto para un posible castillo, entre el siglo XVI y XVII) con las escaleras como si fuera mi gran obstáculo para entrar, como si estuviera nadando para poder salvarme de la barbarie y la pobreza. Era pesada, pero no como para tener que empujarla con ayuda de destacamentos y poleas de gran resistencia; se hacía difícil cuando venteaba, pero no le hacía caso y me decía a mí mismo, con clara equivocación, que el clima no tenía nada que ver con las manifestaciones de las grandes fuerzas de la naturaleza—el viento, así como la lluvia, el sol o el granizo son claras profecías del futuro inmediato. Indiferencia ante ello me ha llevado a decepciones sobre la vida tan irremediables como la misma manifestación del evento—y la ráfaga me azotaba con la misma intensidad con la que yo era capaz de ingresar a ese mundo fantástico que era la cima de la torre.
¡Victoria, magnífica victoria! suena acalorado el público invisible que me espera en la cúpula de la carrera auto-impuesta que me ha llevado hasta allí. Suena una deliciosa música que me recibe como un héroe, un hombre de leyenda y me levantan en el aire millones de brazos. No estoy en una colina fría y oscura, he sido impulsado por cuatrocientos sirvientes al redondo coliseo, no a batallar me han dicho, sino a recibir con honores la corona de la virtud y la estética. Me levantan en el pedestal sagrado, lo han decorado de gárgolas de piedra que expulsando ráfagas de viento y fuego han arrasado con el mal que ha habitado en las grandes planicies por las que ahora me encuentro; el mural no acaba ahí me doy cuenta, ahora las grandes gárgolas en formas de vetustos dragones han reposado sobre la escena de batalla y desgastados se han convertido en montañas, sus escamas han escapado a su cuerpo y han formado volcanes, árboles; ríos se crean de las últimas segregaciones de su sangre y forman lagos de encantamientos y brebajes nunca antes apreciados; en uno en particular, el más grande de todos se levanta una silla de plata, alta como el pico de cualquiera de las montañas y más bella que cualquiera de las anteriores. Debo sentarme ahí, es el manifiesto de la naturaleza, en la mitad del coliseo encarnado en montañas fantásticas y lagos dorados.Veo al descender mis ojos, los espejos rotos de tantas personas, de constelaciones de preocupaciones y tragedias que como reflejo inundan el pensamiento de un Rey. Y mi cuerpo, equilibrado ya por haber caminado el sendero de las penas humanas se eleva sobre ellas, y lanzo fuego y viento; inundaciones de llantos se crean, ¡Ahí va la tristeza humana!
Al terminar de contar llegaba a una puerta de metal. Me imaginaba a una gran entrada hacia un castillo (no era tan descabellado, al fin y al cabo la torre había sido construida como proyecto para un posible castillo, entre el siglo XVI y XVII) con las escaleras como si fuera mi gran obstáculo para entrar, como si estuviera nadando para poder salvarme de la barbarie y la pobreza. Era pesada, pero no como para tener que empujarla con ayuda de destacamentos y poleas de gran resistencia; se hacía difícil cuando venteaba, pero no le hacía caso y me decía a mí mismo, con clara equivocación, que el clima no tenía nada que ver con las manifestaciones de las grandes fuerzas de la naturaleza—el viento, así como la lluvia, el sol o el granizo son claras profecías del futuro inmediato. Indiferencia ante ello me ha llevado a decepciones sobre la vida tan irremediables como la misma manifestación del evento—y la ráfaga me azotaba con la misma intensidad con la que yo era capaz de ingresar a ese mundo fantástico que era la cima de la torre.
¡Victoria, magnífica victoria! suena acalorado el público invisible que me espera en la cúpula de la carrera auto-impuesta que me ha llevado hasta allí. Suena una deliciosa música que me recibe como un héroe, un hombre de leyenda y me levantan en el aire millones de brazos. No estoy en una colina fría y oscura, he sido impulsado por cuatrocientos sirvientes al redondo coliseo, no a batallar me han dicho, sino a recibir con honores la corona de la virtud y la estética. Me levantan en el pedestal sagrado, lo han decorado de gárgolas de piedra que expulsando ráfagas de viento y fuego han arrasado con el mal que ha habitado en las grandes planicies por las que ahora me encuentro; el mural no acaba ahí me doy cuenta, ahora las grandes gárgolas en formas de vetustos dragones han reposado sobre la escena de batalla y desgastados se han convertido en montañas, sus escamas han escapado a su cuerpo y han formado volcanes, árboles; ríos se crean de las últimas segregaciones de su sangre y forman lagos de encantamientos y brebajes nunca antes apreciados; en uno en particular, el más grande de todos se levanta una silla de plata, alta como el pico de cualquiera de las montañas y más bella que cualquiera de las anteriores. Debo sentarme ahí, es el manifiesto de la naturaleza, en la mitad del coliseo encarnado en montañas fantásticas y lagos dorados.Veo al descender mis ojos, los espejos rotos de tantas personas, de constelaciones de preocupaciones y tragedias que como reflejo inundan el pensamiento de un Rey. Y mi cuerpo, equilibrado ya por haber caminado el sendero de las penas humanas se eleva sobre ellas, y lanzo fuego y viento; inundaciones de llantos se crean, ¡Ahí va la tristeza humana!