viernes, 29 de agosto de 2014

Cachaco

En ese momento no era más que una conversación, un tinto, un té y la sombra de un par de expectativas destrozadas al fondo del frío corredor que separaba a la estancia de lo que no está. Me dirán que este es un pasaje para nada extraño, común, y exagerado para diferenciar a lo que existe de lo que no, pero me defiendo, la naturaleza del corredor que habitaba en la vista de aquellos hombres ese día no delineaba la habitud de lo cotidiano. ¿Qué tiene de especial, entonces, el paisaje que delimitaba el contorno de las acciones que se van a presentar a continuación? La respuesta aunque complicada al principio, puede resultar obvia al analista desinteresado por la cualidad material y enfocado a la naturaleza estética de los contornos coordinados de lo normal: la hipocresía.
Les daré algunos ejemplos: el tapiz que decoraba la humilde estancia en la que nos encontrábamos se encontraba desgastado, roído en muchas partes y desgarrados en otras. Si afinaban la vista como yo lo estaba haciendo en ese momento, podían ver el cadáver de la estancia. No soy experto, pero se resaltaba unas desgastadas tablas de madera verticales, no más anchas que una mano. La mesera sonreía cuando la insultaban; los otros clientes reían de desgracias nacionales; pero sobre todo estábamos mi amigo y yo sentados tranquilamente, como si ese lugar fabricara en el sentimiento humano poder suficiente para mantener a alguien más de unos segundos que se necesitan para abrir y cerrar la puerta. Como acto final decidimos quedarnos.
Se hacía de noche cuando decidimos pasarnos a tomar un par de cervezas. En el lugar las servían calientes, en botella y nos preguntaron si queríamos pitillos; declinamos amablemente mientras dábamos el primer de los pocos sorbos que le dimos. Estábamos cansados, el ambiente en su pesadez no nos dejaba pensar. Estábamos callados, pensativos, en periodo de espera a una coyuntura, algo que sacara del encanto de la hipocresía a este localucho. Callados mirábamos las botellas medio vacías, pegajosas al tacto.
Afuera llovía y yo empezaba a sudar del calor, sin razón empecé a mirar el reloj. Contaba segundos, esperaba algo que no podía imaginar. Escuchaba palabras que mi compañero me mandaba, insultos, desgracias. Hablaba con otra persona, una mujer que gritaba más duro que el, no entendía, no había canciones, ni rocola, ni mucho menos unos parlantes para poner algo de radio.
Segunda cerveza, me quito el saco. Un hombre se levanta a 5 metros a mi izquierda.
"—¡Todos aquí somos unos malditos buenos para nada, imbéciles, salgan de una puta vez a vivir!—"
La verdad había hablado. Salió con pasos pesados del local.

Risas y nuevas botellas, yo pedí mi cuarta. Me acordé de las palabras que había escuchado hacía poco. El hombre que recordaba seguía ahí, hablaba con mi amigo, lo saludaba como si se hubieran conocido antes. Me lo habré imaginado, pensé, es que no hay mejor lugar que el hogar; ¡Marcela!, grité, guárdame la quinta que ya empiezo a contar chistes.