domingo, 1 de junio de 2014

A Cool Breeze

El día terminaba como cualquier otro, el sol se apagaba lentamente y con él, los sueños de aspiraciones diarias que el amanecer había prometido. El viento y la lluvia cubrían el suelo con espejos distorsionados, que detallaban con mayor certeza las capacidades del alma bogotana que el mismo cielo engañoso encima de esta ciudad. La mentira es el norte, y más allá de eso, diría yo, es la falsedad de la naturaleza que se refleja en su forma física acá. ¿Qué se puede esperar de una ciudad donde ni el clima se puede organizar por una hora continua? Esta vez, a la caída de Saturno lo escoltaba una pared impenetrable de agua. La visión se tornó hacia las nubes. No puede haber mejor fotografía de Bogotá que su cielo, lo gris de la ciudad, de sus calles; la frialdad de sus habitantes; la tosquedad de su comportamiento y su desorganización atemporal son expresiones naturales, su ser no es el ethos del yo, es el ser comunión con la ciudad, con su naturaleza, con el ser imposible.
Habíase rendido hace tiempo a la bipolaridad, no lo culpo, considero que es la única manera de vivir aquí, en esta ciudad donde su fotografía son las nubes y su pié de página podría rezar algo así como un dicho, "acomódate, pero no te rindas ante ésta". Los viajes interminables en Transmilenio acompañados con su personalidad autodestructiva hacían de este personaje una persona indescifrable en su actitud frente a los demás. Había momentos en los que se mostraba hosco, "ogro" o simplemente inmamable; pero también se mostraba abierto, amable y confiable. No había una clave para él, podría hacer sol, granizar; o podría estar estudiando, hablando o simplemente pensando, cuando sentía que el mundo se le caía a pedazos, como si el cielo de sus aspiraciones se confundiera con el real y formara esta combinación una tormenta apoteósica sin chispa de calma en próximas venturas. Sentía además, que el corazón lo negaba, en esos momentos dejaba de sentir. La bipolaridad llegaba al extremo de pelear, no sin la mayor de las tristezas póstumas, con las únicas personas que se habían mantenido con él.
Consideraba a su vida como un fracaso. Había hecho lo imposible por hacer algo, por pensar en algo y muchas veces, por sentir algo especial, único para sí mismo y las personas que había conocido en su vida. Había ido y había vuelto tanto en el, como en el proceso de su vida, pero no podía mostrar nada. Ni para él, ni para nadie más su vida significaba algo más que el consumo de espacio y de aire: los comentarios bobos, los chistes flojos y apreciaciones vagas que intentaba disfrazar de erudición no ayudaban tampoco a cambiar eso.



Entre las malezas de brazos había salido aireado, triunfante. Su respiración se relajaba a medida que se alejaba de ese monstruo rojo, insoportable.  Como cualquier otro día, en Bogotá llovía, en realidad solo lloviznaba, pero el humor es un poder natural de los hombres frente a la naturaleza, y ese día moldeaba su percepción exterior. Con una mirada cruel coloreaba el cielo de un negro profundo, amenazante.  Sentía, con las manos gigantes de la rabia acumulada y la pesadez de las personas estresadas, su cuerpo empapado. Y su día, no podía sino actualizarse con una mirada fugaz al charco.
Caminaba hacia su casa mientras pensaba sobre la extensión y la amplitud de la vida. La vida, según creía este desdichado personaje, era la capacidad personar para generar un gran marco, tan amplio como su perspectiva ocular y tan ancho como su profundidad intelectual. Un sentimentalista al final de todo, pensaba en el tiempo no como un terreno de posibilidades infinitas, sino como una herramienta secundaria, tal vez únicamente como un monóculo, el cual con aumento lograba dimensionar (en un momento de relajación o de apreciación) las verdaderas esquinas del magnífico cuadro. Le gustaba la estética, ya que no identificaba al cuadro como una construcción que discernía entre lo bello y lo feo, sino como la visualización del todo, de la vida de por sí. Y era un soñador, ya que se imaginaba las etapas finales de la vida como una presentación en forma física de una gran obra. Bipolaridad subjetiva llamaba él a la suya.
Mientras terminaba estas ideologías fútiles, llegaba al parque. El camino hacia allí era determinado por el clima. En los días soleados, en los cuales no había  llovido todavía (aclaración sobrante para los rolos) se podía atravesar el puente de la calle principal sin tener que correr; cuando llovía, en cambio, el puente se convertía en una cascada, y la persona que lo atravesaba era la que se atrevía a ponerse por debajo de ésta con el pleno de ropa. En estos casos, conocía una serie de corredores entre las casas adyacentes a la suya. Se demoraba unos veinte minutos más, pero los techos intercalados le permitían vivir sin gripa otro día.
Caminaba por el segundo corredor entre una casa de tres pisos, de fachada azul y jardín amplio, y otra igual de grande, pero gris y sin apenas espacio para una ventana colindante con la calle. Esta configuración obligaba a las personas a caminar pegado a la pared de la izquierda, que dejaba espacio suficiente en su techo para resguardar a los pasantes. Maldijo la inútil anti-estética del otro edificio por dentro mientras pegaba su hombro a la pared y caminaba hacia delante.
Oyó pasos encharcados que se acercaban desde el camino que había recorrido. Eran pasos tan pesados como las esperanzas en tiempos de llovizna, y arrastrados como el alma de los hombres cuando el gris del cielo se impone sobre la naturaleza anormal de la vida cotidiana. Antes de intentar ver cualquier cosa que podría aparecer detrás suyo sintió miedo. Una ráfaga de viento frío inundó sus pulmones pequeños a causa de las gripas constantes que le acontecían en esta ciudad, se heló por dentro y esperó lo peor. En dos pasos había reflexionado sobre los cuentos de robos, atracos, peleas, y secuestradas que parecían diarios en su casa. Recordó además una vez que le había pasado, esa vez había quedado sin zapatos, sin chaqueta, sin billetera y sin celular, sintió aún más miedo.
Respiró hondo antes de voltear la cabeza, en su cuerpo no solo entró el aire frío de la noche joven, restos del agua joven que ascendía lentamente, ya que este venía acompañado de pequeñas aspiraciones de sentimientos encontrados, que al estallarse formaron dentro de el una maraña de escaramuzas. El caballero de armas dobladas, despuntadas y guerras perdidas siempre acompañadas con escapadas heroicas se quedó mudo y tieso.



Vio a alguien a la deriva, cruzando entre mareas de calles silenciosas y casas prácticamente desiertas. Lo sintió lejano, como perdido entre la embestida de las fuerzas sobrenaturales de las cortinas cerradas, las luces apagadas y la imposibilidad de un norte eterno que permitiera su pronto rescate. Se sintió en esos momentos como un ángel, mirando a la caída desenfrenada de un alma debajo y sobre las capas de un infierno palpable. Se propuso alcanzarlo, redimir a los Titanes y ayudarlo a esparcir el tiempo y el espacio de la vida frente al ser social, lo inmaterial que le faltaba para sostenerse en la baranda del impresionante mar. Se sintió grande y fuerte como jamás lo había experimentado, era vida, amor, fortuna, deseo; pero a la vez ignorancia, frialdad, miedo y maldad. Se sentía como un hombre completo, se elevó en la perfección de su reflejo que era la otra persona y así lo externo en sí mismo danzó entre Saramago, Gardel, Syd Barret.
Cauteloso se fue acercando entre vueltas ante el samaritano (¿Valdrá la pena?) mientras descendía de nubes de polvo reflexionaba (He de encontrar la palabra adecuada, ¿Hola?, ¿Buenas noches?) ya casi aterrizando en planos húmedos se acomodó al paso del caminante (La Tragedia llega a su fin, que entre la Épica).



-Buenas noches-
-¿Qué quiere?-
Una ceja parada
-Hablar con usted-
El susto incrementado
-¿Qué la pasa, se volvió loco o qué?-
-Tranquilo, ¿si le gasto un tinto se permitiría hablar conmigo?-
-No me escuchó la primera vez, ¿qué quiere?-
Un toque de desesperación
-Nada en especial, lo vi en realidad como medio perdido (déjese llevar)-
Susurro andante
La cafetería a la que fueron era agradable, amena en horas donde la noche ya entraba a la cotidianidad atravesando la etapa general de fastidio causado por la resolana. Olía a tinto tan fuerte como los olores desprendidos de los puestos de mcdonalds o subway, eso le gustaba.
-Antes de que pregunte, un tinto negro y sin azúcar para mí. Por favor.-
-Claro, ya voy a pedirlo-
Se le pasó por la cabeza pararse e irse. No entendía por qué lo había seguido, no era de esos, pero desistió al no tener nada mejor que hacer y sobre todo al verse tan cerca de su casa, cualquier excusa pequeña podría llevarlo rápidamente a un refugio seguro.
-Gracias-
El primer sorbo siempre engaña, ya sea por caliente o por frío.
-¿Quería hablar? lo espero-
-¿Cómo se llama?-
-No interesa-
-¿Cuántos años tiene?-
-Tampoco interesa-
-¿Quién le escribiría con burla macabra aquella palabra de Melancolía?
-¿Qué?, ¿Está loco?-
Se paró instintivamente ante la repulsión, no de lo inesperado, sino de la comodidad de lo conocido
-Creo que usted sabe ...-
Otra ceja levantada
-Cierto, Guillermo Valencia. Pero ¿Qué tiene que ver?-
-Toda, la vida es un rito. Las personas danzan en la desesperación por pedir a naturaleza la posibilidad de alcanzar algo sobrenatural.-
-Se le acaba el tiempo con el tinto y sigo sin entenderlo-
-Es el rito de la Melancolía, el que usted hacía caminando esta noche-
-Bueno, ¿pero qué tiene que ver eso con usted? ¿Va simplemente hablando con el que se le aparezca en su camino?-
-No, no eso sí sería una locura-
-... ¿Entonces?-
-Solo un consejo. La vida son sabores, los hay tan desagradables como deliciosos ¿Muy filosófico, no? Le falta la extensión de Wittgenstein, la imaginación de Saramago y la certeza de Victor Hugo. Aunque no, no lo creo, la existencia es tan corta como su propia palabra. Las emociones repuntan en un segundo y se van como un doloroso grito que nace en la expectativa de una reacción inmediata de la visión periférica del peligro. Es por eso que las memorias cambian, la conciencia se moldea, la fijación y los gustos evolucionan. Es por eso que no se puede pintar una vida, se retratan emociones, se fotografían momentos; pero la realidad escapa las manos de cualquier portador. Es un ser inexistente, pero en la vida del ser humano se vuelve algo constante que se materializa bajo nuestras propias narices, pienso ergo existo. -
-¿Por qué entonces sabores?-
-Es sencilla la respuesta, porque son las vías de comunicación que crean las constancias de la vida. A los sentimientos los catalogamos por amargos, dulces o simplemente ácidos a la percepción o a su mismo recuerdo; nos deleitamos con un amor duradero de la misma manera como nos ocultamos cuando tomamos un Transmilenio. ¿Qué son las memorias entonces más allá de la evocación de una sensación de amargura o dulzura? o los flashes de recuerdos al probar de nuevo un alimento que ya había sido dado por perdido, o un simple olor que nos transporta de manera inmediata a lugares olvidados ya cotidianamente-
-No quiero sonar mala gente pero, ¿de qué me puede servir esto?-
-Ya le había dicho que la gente vive como en un ritual y que el suyo era el de la Melancolía. Si el baile es un rezo para superar a Ícaro, el misterio de los sabores es el secreto para construir unas alas lo suficientemente fuertes para realizar ese sueño.-
-No lo entiendo, ¿cómo?-
-¡Sálgase de esa caminata pesada le digo! la danza fúnebre que es su vida se desgasta a diario, vive pensando que la vida es inercia pero no, déjese llevar por lo sobrenatural, que no es más que la definición misma de la vida. Exista ahora en lo inmaterial, en lo que ve pero no siente, no disfruta. ¡Sea ahora un inmortal!-