lunes, 17 de marzo de 2014

Reminiscencias

En la cima del campanario un gallo no canta. Inmóvil se mantiene mirando al norte. No espera a la mañana, no canta, no grazna. Espera al viento, pero hoy no llega, la neblina cubre como una muralla las montañas, las defiende de los ojos que aburridos se levantan de monotonía de los grandes discursos, de las grandes multitudes y de peleas, que al ser incontables en este burgo extendido hacia el infinito se mezclan con la persona que no quiere, que no desea estar más allá de lo espeso de su mirada al detallar lo que no está.
Hoy se queda quieto, hoy no mira a las corrientes; mira al tiempo, al hierro forjado que lo mantiene en pié, al nacimiento de los pájaros que acompañan su viaje, a los sonidos (si alguna vez existen) de los redobles y a las personas enranuadas que tuvieron la capacidad de alzar su mirada en búsqueda del final de la neblina —condición inmortal de este valle—y espera. Años derramados en los ladrillos de una vetusta pared. Sombras que se confunden con manchas de la sociedad y de la vida que la cubre. Palos, postes, antenas y basura la decoran. Pero cuando la niebla se disipa el gallo parece alejarse, escalar y alcanzar la cima más allá de las montañas, que aparecen como lienzo de pintura, tan virgen como veces que el campanario ha funcionado.

Ha escalado, ha volado el gallo inmóvil, ha alcanzado el cielo pero se ha estrellado con otra muralla, más grande, más gruesa, ha chocado con Bogotá, con las nubes que hoy impiden soñar.